Es cierto que el mundo, en que hoy vivimos, es deudor de Roma pero, a fuerza de ser más concreto, lo es del mundo románico que se desarrolla en los siglos XI, XII y buena parte del XIII. En este tiempo se dan las bases para la formación de las primeras nacionalidades y, en ella, se sientan también las bases, todavía no resueltas, del enfrentamiento de nuestra cultura con el Islam.
El románico es un arte que se desarrolla en los reinos cristianos y tiene cierto parecido con el que se utilizaba en Roma, a lo que hay que añadir las particularidades regionales y las influencias de los pueblos que rodean al antiguo imperio, como son las influencias bizantinas y musulmanas. El gran aporte de Roma a la historia es la institución del Estado con todo lo que ello lo hace posible: las legiones, el latín, el derecho y las obras públicas. Roma fue una civilización eminentemente urbana.
Tras la caida de Roma todo este aparato se viene abajo. La vida se traslada al ámbito rural, la vida humana vale poco pues la muerte y destrucción es generalizada. Vivir es una pesada carga y se piensa, recordando profecías bíblicas, que se acerca el fin del mundo. Está próximo al año 1000 y el miedo se instala en las gentes. Algunos monjes deciden abandonar las relaciones con los demás en un proceso de intentar la salvación a ultranza y se van a vivir en soledad. Son los eremitas.
La dominación visigoda (no tan bárbaros) supone una cierta estabilidad social y, también, religiosa. Son arrianos que, finalmente, adoptaron el credo católico con Recaredo y su sociedad es una sociedad rural, heredera de la villa del periodo tardorromano. Su arte influirá en forma importante en el románico.
San Juan de Baños, exterior
San Juan de Baños, interior
La arquitectura romana era esencialmente de grandes obras civiles, ahora, la pequeña iglesia, será la protagonista. San Juan de Baños (Baños de Cerrato, Palencia)es un valioso ejemplo de arquitectura visigoda. Es construida en tiempos de Recesvinto (661), de planta basilical, con tres naves y crucero que dieron lugar a un triple ábside. Hoy, tras sucesivas reconstrucciones, sólo se conserva el testero central plano. Se observan contrafuertes para ayudar a los muros exteriores y el arco de herradura, característico visigodo. El material utilizado para construir este templo, como en buena parte del periodo romano, es el de antiguos edificios romanos.La ornamentación la podemos ver en los capiteles, siendo de motivos vegetales.
San Pedro de la Nave, exterior
San Pedro de la Nave, interior
San Pedro de la Nave (Campillo, Zamora)es otra iglesia visigoda construída en los años próximos a la invasión árabe, claro exponente del prerrománico hispano. De tres naves con crucero que se prolonga con dos pórticos de medio punto y ábside central cuadrado.En ella podemos observar cómo los visigodos labraban los sillares a base de varios motivos: ruedas solares, cruces, flores, racimos, rostros humanos o aves. Dispuestos en bandas en las que también aparecen motivos dela iconografía cristiana del s II dC, como Daniel en el foso de los leones, el sacrificio de Isaac o representaciones de San Pedro y San Pablo.
Los árabes llegan en el 711 sin ánimo alguno de marcharse tras la derrota de Rodrigo. Su interés expansivo se viene al traste con la derrota que les infringe Carlos Martel en Francia. Ante esto retroceden y se afincan en territorio español, produciéndose un largo enfrentamiento entre distintas ideologías, la cristina y la musulmana.
El arco de herradurano es exclusivo de la civilización islámica, ya se utilizaba en el imperio romano y los visigodos lo empleaban siempre. Pero no todo fue lucha, hubieron permeabilidades y las influencias cordobesas van a canalizarse por medio del arte mozárabe.
San Miguel de Escalada, exterior
San Miguel de Escalada, interior
La iglesia mozárabe de San Miguel de Escalada (Gradefes, León), construida a principios del s X, durante el reinado de Alfonso III, ya tiene elementos románicos. La iglesia de San Cebrián de Mazote (población de Valladolid) fue construida también el siglo X y es la iglesia mozárabe de mayor tamaño que ha llegado hasta nuestros días. Es de planta basilical, de tres naves, y en ella podemos observar arquerías de herradura de estilo cordobés y visigodo.
San Cebrián de Mazote, exterior
San Cebrián de Mazote, interior
A las influencias visigodas y mozárabes hay que añadir las que aporta el arte de la realeza asturiana, primer reino cristiano autóctono que pudo resistir al invasor. Se da desde los años 716 al 842 y durante este tiempo sus monarcas perseveran en recuperar el prestigio visigodo. Las techumbres se cubren con bóvedas de medio cañón que se apoyan en arcos fajones y pilastras adosadas al muro que es reforzado, exteriormente, con contrafuertes. Inicialmente es utilizado el arco de medio punto que, al final del periodo, se abandonaría por el de herradura como consecuencia de influencias mozárabes. La planta es basilical, de tres naves con crucero, separadas por pilares, y por lo general con tres ábsides planos. Los muros se construyen con mamposteria o sillarejo y, una vez estucados, son decorados interiormente con pinturas de temática tardorromana. El sillar sólo se utiliza en las esquinas y contrafuertes y el edificio resultante siempre da una sensación de fuerte verticalidad. Se construyen gran cantidad de iglesias, Santa María del Naranco, San Julián de Prados o San Miguel de Lillo son buenos ejemplos.
Como ya comentamos, el Apocalipsis marca la forma de vida en las proximidades del año 1000, momento del triunfo definitivo de Cristo tras pasar la humanidad calamidades de todo tipo. Será Beato de Liébana (fallecido en el 798) quien alimenta sobremanera este sentir con su Comentario al Apocalipsis de San Juan. Beato defiente a ultranza, contra el arzobispo de Toledo, la postura trinitaria e "inventa" la predicación del apóstol Santiago en España. De sus Comentarios al Apocalipsis interesan, más que el texto, las miniaturas que le acompañan.
En este estado de cosas el obispo Teodomiro, de Iria Flavia, "descubre" los restos del apóstol Santiago. En poco tiempo el lugar del descubrimiento se convierte en el objetivo principal de las peregrinaciones cristianas y, Santiago, en el símbolo de combate frente a los moros. El Camino, sus caminos, se convierten en el vehículo de comunicación de toda la cristiandad y por él se propagan las ideas benedictinas de Cluny, monasterio fundado por Benito de Nusia. Este ermitaño organiza el tiempo y el espacio de los monjes, hasta ahora los monasterios eran instituciones con poca efectividad. Dicta normas de convivencia e impone los votos de pobreza, castidad y obediencia. El nuevo monasterio cluniacense es autónomo y la gran eficacia alcanzada en los aspectos organizativos hace que sean elementos imprescindibles en la colonización de tierras conquistadas, así como refugio de una cultura, la romana, que pudo haberse perdido. Y, aunque el idioma que se empleaba en los ambienes culturales era el latín, los monasterios adoptaron y contribuyeron al desarrollo de las nuevas lenguas que iban surgiendo.
El Camino de Santiago, pues, amaplifica el torrente del románico y, superado el año 1000, los reinos cristianos se van consolidando aunque con grandes diferencias entre ellos. La religión será el nexo de unión de los mismos y, poco a poco, va desapareciendo el pesimismo milenarista. La iglesia, mientras tanto, se había convertido en poder terrenal y espiritual, siendo el románico el medio para transmitir su mensaje.
En un tiempo teocéntrico, en donde se tiene la certeza de que el hombre, creado por Dios, debe evitar caer en los peligros existentes en este mundo para alcanzar el Paraiso, la pintura, como el resto de las artes, tiene una finalidad eminentemente didáctica y escatológica. Enseña todo aquello que debe de ser evitado para alcanzar la salvación eterna y, además, ofrece modelos positivos a imitar por medio de la representación de santos o personajes bíblicos. Desde un punto de vista estético, estamos ante una pintura simbólica, intelectualizada, abstracta y antinatural, condicionada (todavía más que la escultura por el marco arquitectónico del templo); los colores son intensos, puros, pero planos, sin perspectiva, sin gradación entre unos y otros. Los más utilizados son el amarillo, rojo, ocres, azul, verde y blanco, si bien se trata de una pintura muy lineal, pues el contorno de las figuras es remarcada con un grueso trazo negro. Las técnicas utilizadas son dos, al fresco y al temple, dependiendo al tipo de superficie sobre la cual va a ser aplicada. Al fresco se utiliza generalmente sobre las superficies murales y, mediante ella, se cubre la pared con una argamasa obtenida mezclando arena, cal y agua, para, estando todavía húmeda la misma, proceder al coloreado con una brocha. El temple es una técnica propia de la pintura sobre tabla de madera; los colores son disueltos en agua templada y engrosada con aglutinantes (generalmente el huevo), el secado es más lento y permite trabajar con más calma que al fresco.
Hecho este preámbulo inicial, debemos de tener muy presente que las paredes de los templos románicos no estaban desnudas, tal como nos han llegado hasta nosotros por lo general. Los muros interiores, y muy frecuentemente los exteriores, eran pintados de la forma ya vista, una pintura hierática, carente de perspectiva y simbólica, en donde la idea de adoctrinamiento consistía en mostrar, en los muros externos, las advertencias contra el pecado; los internos, eran destinados para la representación de escenas bíblicas, la corte celestial y distintas figuraciones de la Virgen y Cristo.
El románico va a llegar mediante dos vías. Una va a ser la italiana, que se manifestará en territorios de Cataluña fundamentalmente; la otra vía, es la francesa del Loire, extendiéndose gracias al Camino de Santiago. Estas dos influencias sobre los caracteres autóctonos, ya existentes, dan lugar a un románico hispano de fuerte personalidad propia.
Pantocrator de San Clemente de Taüll
Pinturas San Quirce de Pedret
En la zona catalana tres escuelas distintas, tres maestros, va a manifestarse con una fuerte personalidad; las pertenecientes al Maestro de Taüll, al Maestro de Pedret y al Maestro de Urgell. La influencia del Maestro de Taüll (Lérida) se extiende por todo el valle del Noguera-Pallaresa. La cromática utilizada es en base al azul, verde claro, rojo y carmines cálidos y es esta escuela la que inicia las pinturas de San Clemente de Taüll, en donde nos vamos a detener, aunque sea con brevedad, en el Pantocrator. Se trata de una representación del Cristo en Majestad, sentado sobre la línea del cielo, y en el que se puede ver la Tierra a sus pies. Toda la figura se encuentra delimitada por la mandorla, o almendra mística, y es rodeada por ángeles y los símbolos de los cuatro evangelistas. Flanqueado por el Alfa y Omega, principio y fin, bendide a la humanidad mostrando tres dedos de su mano derecha, símbolo de la Trinidad, mientras que su mano izquierda sostiene el libro de las Leyes.
El taller perteneciente al Maestro de Pedret se manifiesta por los territorios de Berga y Valle de Arán. A los verdes y azules, se unen los colores amarillos, grises, bermellones y carmines. En las pinturas de la iglesia de San Quirce de Pedret, y más concretamente en el ábside de la Epístola, podemos observar la riqueza de esta escuela de influencia italo-bizantina. De una forma de hacer semejante al Maestro de Taüll se muestra la tercera gran escuela, la del Maestro de Urgell, si bien con una mayor corrección el dibujo y un mejor dominio de la técnica al fresco. Las pinturas de la iglesia de San Pedro y San Miguel, justo al lado de la Catedral de la Seo de Urgell, son una muestra de lo dicho. Entre otros, destaca el Pantocrator flanqueado por tetramorfos.
Frescos de la Colegiata de San Isidoro de León
San Baudelio de Berlanga
Frente a esta pintura del románico catalán, tenemos la otra vía de penetración de influencias externas. Nos referimos al Camino de Santiago. Encontramos aquí una pintura de mayor rudeza, menor colorido y mayor expresividad que en la zona catalana. Los colores preferidos son los ocres, amarillentos y pardos. Como ejemplo citaremos las pinturas del Templo de San Isidoro, en León. Se nos ofrecen en él una serie de escenas pertenecientes al Evangelio y al Apocalipsis y, en él, encontramos la más completa narración, desde la Ánunciación a la Crucifixión, que se puede encontrar dentro de la pintura románica europea. El influjo de esta escuela se extiende también por Aragón (frescos de la Iglesia de Bagues y algunos fragmentos del muro del ábside izquierdo de San Juan de la Peña, Huesca) e incluso en Cataluña, frescos de Santa María de Mur.
A las influencias de Europa que nos llegan por las vías comentadas, se suman las realidades existentes en Hispania, estadio prerrománico, más las características que surgen con motivo de la dominación islámica. El producto obtenido es un románico hispano en el que a las características ya citadas cabe añadir la incorporación de adornos vegetales, la incorporación de temas apocalípticos que tienen su origen en los beatos mozárabes y pinturas en las que aparecen temas profanos, como pueden ser las cacerías (San Baudelio de Berlanga, en Soria). A reseñar es la incorporación de temas animalísticos; unos fantásticos (grifos, dragones, arpías..) que vienen a representar fuerzas del mal; otros, reales (leones, peces, toros..) que simbolizan las fuerzas del bien. Citaremos, para terminar, la Iglesia de San Justo, de Segovia, de final del s XII, que presenta una policromía basada en ocres, rojizos y pardos. En general, responden al sentido escatológico de la pintura del románico, narrando escenas que van desde el Génesis al
Apocalipsis.
Frontal del altar de la Seo de Urgell
Junto a esta pintura mural, la más importante, existe otra pintura, sobre tabla, que, concretamente en España, alcanza valores notobles en cuanto a la cantidad y calidad de su producción. Se aplica para adornar la parte del altar, bien bajo su forma de frontales (tablas pintadas que rodean el altar),baldaquinos (pabellón que cubre el altar para adornarlo) o pequeños retablos. Todo lo dicho para la pintura mural al fresco es extensible en este caso, con la diferencia de que aquí se utiliza la técnica del temple. Destaca en Cataluña, sobre todo en los centros de Ripoll (frontal de San Martín, de principios del s XII, en Museo Diocesano de Vic), Urgell (el frontal de los Apóstoles, en Museo de Arte de Cataluña) y Vic (frontal de Santa Margarita, en Museo Episcopal de Vic). En general, sus autores son maestros de estilo ingenuo, simple y espontáneo.
Se trata de una serie de elementos complementarios pero que, de igual modo que la pintura, escultura y arquitectura, forman parte del sagrado templo románico. Todos ellos fueron profusamente utilizados en nuestro territorio y algunos de ellos, como la forja de hierro, alcanzaron un altísimo nivel destacando del resto de Europa.
La forja consiste en una técnica mediante la cual se va moldeando el hierro, al rojo y ablandado mediante el martilleo contínuo en el yunque. Ella va a dar lugar a una serie de productos, como son rejas, herrajes y objetos luminarios.
La reja tiene como objetivo la separación y aislamiento de un espacio en forma transparente. Los maestros herreros en su elaboración persiguen un doble objetivo; estético, mediante la repetición de una serie de volutas que se sujetan a las barras verticales mediante unas abrazaderas y, por otro lado, simbólico, pues la voluta viene a significar las olas del mar, el agua en general, concretando en lo que es el agua bautismal.
Reja románica
Reja románica San Vicente de Ávila
El uso de las rejas se extiende por todo el territorio hispano cristiano (Aragón, Navarra y Cataluña) y citaremos, a modo de ejemplos, las que cerraban los ábsides de la Catedral de Jaca, las de la iglesia de San Vicente en Ávila, y las de la iglesia de Santa María de Melide.
Otro elemento de forja son los herrajes que se dan en las grandes puertas de madera en la entrada a los templos. La puerta de entrada significa el paso al Paraiso desde el mundo exterior y, por tanto, el herraje tiene una triple finalidad: refuerzo de la puerta, decoración de la misma y, como siempre en el románico, una carga simbólica por cuanto, su forma avolutada viene a sugerir las aguas bautismales como en el caso de las rejas. Como muestra citamos los de la puerta de la iglesia de Montagut y los de San Juan de las Abadesas, en Gerona.
Detalle herraje románico cedida por Arteguías
Herraje ermita Ntra Señora de Bañares (La Rioja)
Bien, ocurre muchas veces que cuando hablamos del simbolismo románico solemos no percatarnos del que constituye el símbolo de los símbolos por así decirlo, me estoy refiriendo a la luz. En el mundo del románico se presta una especial atención al alumbrado del templo, a su atenuación progresiva y descendente, desde la plena luz del mundo exterior a la poca iluminación de los ábsides. Objetos lumínicos son:
Los antorcheros. Son colocados en lugares cercanos a los pies del templo, nada más efectuar la entrada por la puerta. Consisten en unos cestos de hierro forjado sujetos al muro en cuyo interior arden troncos de madera resinada. El espacio alumbrado por ellos es el mejor iluminado del templo y constituye este espacio un nexo de unión entre las zonas más alejadas de los pies y el mundo exterior. Los candelabros, apoyados directamente sobre el suelo, estaban ubicados en las naves del templo y, también, en el crucero; sobre ellos se situaban varias velas, de cero o sebo, que proporcionaban un intensidad de luz bastante inferior a los anteriores. Y, en este proceso de tamización de la luz, llegamos a los candeleros, portadores de un solo foco de luz, y que, ubicados en los altares, se encargaban de proporcionar un ténue luz los ábsides de los templos.
Este es el esquema lumínico del templo románico pero, en ocasiones, era necesaria una mayor intensidad de luz, como es el caso de la celebración de ciertos eventos en los templos, para ello se utilizada la denominada esfera lumínica. Se trata de aros de hierro sujetos, mediante una cadena, al techa y que portaban varios puntos de luz. La cadena permitía graduar la distancia del aro al suelo. Ejemplos de todos los objetos citados podemos observar en el Museo Episcopal de Vic, en el Museo Diocesano de Solsona o en la colección Cau Ferrat de Sitges.
Cáliz de doña Urraca
Tapiz románico
Llegamos, por último, al apartado de los tesoros, objetos de mucho valor que han dado lugar a prolífica literatura. Cálices, patenas y cruces, en oro o plata (ejemp. el cáliz de doña Urraca, la cruz de Ordoño II), esmaltes (destacar la importancia de los talleres de Silos, con sus verdes/azules y rojos/blancos), relicarios de diversa tipología, bordados y el trabajo de eboraria (madera-marfil), complementan el edifico románico.
La actividad militar siempre persiguió la expansión territorial, primando la idea de la aproximación indirecta como mejor estrategia de acuerdo con los medios disponibles por los reinos cristianos. Los confilctos armados que tuvieron lugar durante el periodo de reconquista quedan agrupados en tres tipos:
Cabalgadas. Son guerras de desgaste y erosión del enemigo que las mueven un primer objetivo: el lucro mediante el botín.
Expugnaciones y cercos. La toma de las fortalezas se hace necesario para el control terrirtorial llegado el momento propicio para ello.
Batalla campal. Fueron poco frecuentes pues ambos frentes las rehuyeron normalmente.
Cabalgada: Guerra de desgaste y erosión del adversario
Mediante este tipo de actividades se iban preparando, en muchas ocasiones, las decisivas operanciones de bloqueo o cerco de un lugar fortificado. Las posibilidades de lucro (hacer botín) que las mismas posibilitaban animaron a que la gente participase en tan arriesgadas aventuras, sirviendo los bienes apropiados para amortizar los gastos de organización. Las actividades depredatorias consistían fundamentalmente en el hurto, la quema de cosechas, tala de árboles, demolición de pequeñas estructuras y muerte..
Podían durar de 1 ó 2 días a varias semanas y, cuando en las mismas no participaban caballeros, se les denominaba fonsados. Atendiendo a la envergadura de las mismas, puden clasificarse en:
Pequeñas. Conocidas también como algaradas. No superaban las 50 personas, casi todos peones, y es normal la ligereza en armas y equipaje, actuando sobre un radio de acción limitado.
Grandes. Estaban encuadradas en el proyecto general de Reconquista y eran organizadas por el propio monarca, concejos, señores u órdenes militares. Los esfuerzos en su planificación eran mayores, pues era mucho mayor el número de participantes: caballeros, entre 1 ó 2 millares y el doble o triple de peones. El tiempo de permanencia en territorio hostil oscilaba entre varias semanas a no más de 3 meses, como excepción cabe citar la cabalgada que Alfonso I el Batallador, de Aragón, realizó entre Septiembre de 1125 a Septiembre de 1126, y en estos casos debían de extremarse las precauciones tanto en lo referente a la castramentación (establecimiento de campamento que sirve como central de las operaciones de saqueo, como en el orden de marcha, pues el nutrido grupo no podía pasar por desapercibido entre las filas enemigas.
Guerras de expugnación: El bloqueo y cerco
Tras la preparación previa que hemos visto, ésta era la forma habitual de hacerse con el control del espacio pues la gente que era hostigada mediante cabalgas acababa por recuperarse del castigo. Hasta que la pólvora no llega a la práctica militar, el bloqueo y cerco de una fortaleza es la forma más eficaz de hacerse con ella, pues estas construcciones, destinadas fundamentalmente a la defensa estática del territorio, ostentaban una clara superioridad estratégica frente a las fuerzas atacantes.
Tres fueron las estrategias de expugnación:
"A furto". Se tomaban por sorpresa de forma directa y los atacantes se presentaban con un equipamiento mínimo. Se materializaba la operación en unas pocas horas y se aplicaba sobre punto fuertes de escasa guarnición, recordemos (por fuentes cristianas) que los castillos de la Órden de Calatrava, a finales del s XII, no poseían guarniciones superiores a 50 hombres.
Por la fuerza. En muy pocas ocasiones se eligió esta estrategia pues había que emplearse a fondo y el coste material y vidas era enorme, así como las posibilidades de fracaso. Salvo Almería y Lisboa ninguna villa fortificada de gran entidad fue de esta manera tomada.
Bloqueo o cerco. Se trataba de aislar el punto fuerte del exterior impidiendo salidas y entradas, rompiendo los canales de abastecimiento e impidiendo cualquier tipo de apoyo a los sitiados. En este apartado los ejércitos castellano-leoneses fueron superiores a los de Al Andalus. Si estas condiciones se materializaban, las condiciones de los sitiados se convertían en penosas, sólo una espolonada (salida de los sitiados con la intención de ahuyentar a los sitiadores) podía cambiar su suerte pero no solían dar resultado. La forma de asilar físicamente consistía en construir campamentos alrededor de toda la fortaleza, potenciando especialmente la parte de las puertas de salida y entrada. Tan importante como esto o más era el impedir que viniera en auxilio de los sitiados un ejército, de ello se ocupó la diplomacia. Ejemplos de cercos son el mantenido por el Cid a la ciudad de Valencia que, iniciado en 1093, duró un año; la toma de Toledo en 1085 por Alfonso VI, el asedio a Sevilla en los años 1247 y 1248 por las tropas de Fernando III...
La batalla campal
Fue un acontecimiento infrecuente, extraordinario pero mayor, protagonizado por grandes hombres y en el que el sujeto por excelencia fue, normalmente, un rey. Tras su incierto resultado: pasar a la historia, la gloria, para el vencedor y el olvido y menoscabo para el vencido.
Cuando era convocada, a ella tenía obligación de asistir tanto súbditos como vasallos en forma tajante. Estas operaciones corresponden a una estrategia de aproximación directa para hacerse con el control del espacio y, dependiendo por quién fuese liderado el ejército participante, se clasificaban en:
Lid. No participaba en ella ningún señor.
Facienda. Participaba, al menos, un señor.
Batalla. Tiene que haber un rey por medio.
Batallas fueron muy pocas. Se da una en el s XI, Zalaca (derrota cristiana), en la que sí estuvo presente el rey Alfonso VI; otra, en el s XII, Alarcos (derrota cristiana), en la que participa directamente Alfonso VIII; y otra en el s XIII, las Navas de Tolosa (victoria cristiana) en la que vuelve a participar Alfonso VIII. Era frecuente ser acordadas entre las partes aunque en otras ocasiones, como la Navas, una parte (la del califa al Nasir) no pude evitar el enfrentamiento tras el empuje de cristiano.
El número de participantes en ellas era elevado. Se cree que por parte cristiana en Zalaca participaron de 12.000 a 20.000 hombres; en Alarcos, dificil decirlo pero lo más correcto es cifrar en 20.000 hombres; y, en las Navas, los ejércitos contarían con 125.000 hombres por el lado de al Nasir y 80.000 hombres el lado liderado por Alfonso VIII.
En las batallas campales, desde los siglos XI al XIV, la superioridad táctica la ofrece la caballería. Adopta dos tipos de formaciones. Se llama en haz cuando se forma un frente de jinetes alineados unos con otros en varias filas de profundidad; en tropel, cuando la formación tiene lugar en cuña para golpear un determinado punto y fracturarlo.
Las cargas de la caballería fueron evitadas por los ejércitos islámicos cuya caballería iba menos protegida y era de caracterísitcas más ágiles y ligeras. LLegados a este punto, las protecciones del caballo y caballero, la gruesa y larga lanza utilizada como arma de choque (antes arrojadiza), permitían que una formación cerrada quebrase las filas enemigas.
Lo normal es que el orden de batalla en los ejércitos cristianos quedase establecido en un total de 5 cuerpos:
Vanguardia. En la parte delantera. Soportaba o iniciaba los primeros movimeintos.
Retaguardia. En la parte trasera. Efectuaba movimientos de apoyo donde hiciese falta.
Alas. A la izquiera y derecha de los cuerpos anteriores. Su función primoridial consistía en flanquear al enemigo para poder iniciar un ataque por la espalda.
Central. Su función clave era la resistencia en caso de complicarse el desenlace.
A la leyenda deben atribuirse los intentos de explicar la llegada del cristianismo a Hispania a causa de la predicación de un apóstol, como Santiago o Pablo, o como consecuencia de la llegada de “los siente varones apostólicos”. En el caso de Santiago, la referencia más antigua sobre su presencia en nuestra península la encontramos en la obra De ortu et obitu patrum, de San Isidoro, que data del año 612. Hasta entonces sólo hallamos mutismo en las fuentes, lo que nos lleva a concluir, hoy por hoy, que esta teoría responde a ciertas necesidades, de carácter sociopolítico, de la época.
Tampoco encontramos fuentes fiables sobre la predicación de Pablo en nuestro territorio y, por lo que se refiere a la llegada de Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio (“los siete varones apostólicos”), parece claro de que estamos ante otra leyenda, mozárabe, gestada en el siglo X.
Sí parece claro que el cristianismo nos llega desde el norte de África y que la buena red de comunicaciones creada por Roma, así como la unidad de lengua (uso del latín), favoreció su difusión implantándose, primero, en los grandes núcleos de población, algo en lo que intervino, de manera decisiva, la Legio VII que, durante cierto tiempo, permaneció en territorio norteafricano.
Pero la difusión del mismo no fue tarea fácil y ello debido a dos cosas fundamentalmente. Por un lado al complejo mapa cultural hispano y, por otro, a las propias características del cristianismo que, al negarse a rendir culto al emperador, le ocasiono serios problemas con la administración romana. La primera de las persecuciones conocida es la de Decio en el año 249. Ante el terror producido, se tienen noticias de que algunos dirigentes cristianos apostan o simulan renegar de su fe, cosa que se legalizaba en un documento firmado (libellus). Esto nos permite conocer, por medio de un documento firmado en el año 254 (epístola 69 del obispo Cipriano de Cartago), la conidición de apóstatas de los obispos de Mérida, León y Astorga, lo que significa la existencia de comunidades cristianas organizadas ya por estas fechas. La Vía de la Plata sería un camino de penetración que prontamente facilitaría el discurrir de estas nuevas ideas a lo largo de las ciudades del SO y NO peninsular.
Roma vio en el cristianismo una amenaza para la integridad del Estado y, a las persecuciones de Decio, siguieron las de Valeriano (257) y, luego, las de Diocleciano. Pese a ello sigue creciendo en las grandes ciudades, en donde un amplio sector, formado por soldados, mercaderes y mujeres, forman la base del mismo.
No será hasta el siglo IV cuando la nueva corriente penetre, de manera significativa, en el medio rural. El Concilio de Elvira (celebrado durante alguno de los años comprendidos entre el 306 y el 313, en la ciudad de Iliberris) pone de manifiesto las dificultades del proceso de cristianización de Hispania, en donde se da una compleja situación entre paganos, judíos y cristianos.
A partir de estas fechas comienza una fase de consolidación del cristianismo. El Edicto de Milán (facilitado por Constantino) significaría el inicio del cambio, que se materializará de modo pleno en el año 380, en el que Teodosio establece el cristianismo como religión oficial del Imperio. Es ahora cuando se produce una cierta penetración del mismo en algunas villae rurales, cercanas a los grandes núcleos de población (esencialmente en la Lusitania). Se incorporan ahora a sus filas nuevos elementos de las clases sociales altas y, la iglesia, recibe fuertes cantidades de recursos antes dedicados a los templos paganos, pasando a ejercer una cierta función de asistencia social, a la que el Estado se muestra ya incapaz de atender. Todo da un vuelco en el 408, cuando se procede a confiscar los bienes de todos los templos paganos y, con Valentiniano III, el paganismo es ya perseguido oficialmente.
Con el nuevo estatus se pasa de ser perseguido a ser perseguidor. Entre los siglos IV y V se combaten las primeras herejías: donatismo, la secta de Lucifer (obispo de Cagliari), maniqueísmo, priscilanismo... Pero será la cuestión arriana la que merece un mayor detenimiento.
Cuando los visigodos penetran en la Península traen su religión arriana con ellos. Se trata de un cristianismo unitario que, a diferencia del nuestro (trinitario) no reconoce la figura del Espíritu Santo y, reconociendo la figura del Hijo, no le da el carácter de divinidad. Los visigodos fueron, en general, muy tolerantes con la iglesia católica y consideraban el arrianismo como su religión natural y, el catolicismo, como la religión de los hispanorromanos. La rebelión de Hermenegildo contra su padre, Leovigilgo, no tiene un carácter de enfrentamiento religioso, catolicismo/arrianismo, fue una lucha política y la consiguiente represión efectuada por Leovigildo se enmarca dentro del normal castigo a los que prestaron apoyo a su hijo, dirigido (con especial intensidad) hacia los godos convertidos.
Pero siendo los godos una población escasa, y deficitaria en recursos organizativos, la superioridad del cristianismo de los hispanorromanos acaba materializándose en la conversión de Recaredo al catolicismo, en el III Concilio de Toledo (589).
La Iglesia conservó la organización del antiguo Imperio. Seis fueron sus diócesis, coincidentes con la división territorial del Bajo Imperio: Galia, Galicia, Tarraconense, Cartaginense, Bética y Lusitania. Las antiguas capitales desempeñaron el papel de sedes provinciales: Narbona, Braga, Tarragona, Toledo (que sustituye a Cartagena), Mérida y Servilla. Del mismo modo, el papel de los obispos era similar al de los antiguos comites, siendo en la práctica señores a los que los clérigos estaban subordinados por lazos de carácter señorial.