Alfonso XI (rey de 1312 a 1350) sucede, con 1 año de edad, a su padre Fernando IV. En la denominada Concordia de Palazuelos (1 de agosto de 1314) se procede a la designaciópn de los tutores, de tal manera que, como tutores, se responsabilizan los infantes Juan y Pedro (sus tios); el papel de mayordomo recae en don Juan Manuel (sobrino de Alfonso X el Sabio) y la custodia del niño recae en su abuela, María de Molina.
Las tensiones entre este grupo se va a hacer sentir en las ciudades que, unas y otras, se decantan por uno de ellos. Estas tensiones internas traen como consecuencia que los musulmanes ocupen las ciudades de Baeza (1324), Huéscar, Galera y Martos (1325). Ante tal situación, en agosto de 1325, se declara la mayoría de edad de Alfonso XI.
Su reinado va a ser una lucha continua por consolidar su poder frente a los nobles. Además de esto, impulsa la lucha contra el reino de Granada, ocupando las plazas de Oliveira (1327) y Ayamonte. Con Portugal busca una alianza, casando con María de Portugal en el año 1328.
Un desafecto don Juan Manuel busca alianzas con los reinos de Aragón y Granada, lo cual obliga al monarca a ganarse para sí el apoyo de la otra parte de la nobleza en base a continuas donaciones y concesiones de nuevos privilegios.
Antes la amenza real que proporciona la alianza del sultán de Marruecos con el rey granadino Muhammad IV se produce una alianza entre Castilla, Portugal y Aragón ante el temor de una invasión. Aragón ataca Almería, Castilla ocupa Teba pero no puede impedir que se pierdan Algeciras y Gibraltar. Esto sirve como pretexto para una sublevación de don Juan Manuel y Juan Núñez en 1336. El sometimiento de ambos lo consigue el monarca a cambio de la devolución de los títulos y propiedades en su momento embargados.
En el año 1340, tras la batalla de río Salado, se consigue recuperar Tarifa. Cuatro años depués una cruzada, formada por castellanos, aragoneses, portugueses, franceses, ingleses y alemanes, conquista la ciudad de Algeciras. En el año 1349 obtiene de las Cortes de León recursos financieros para comenzar el sitio de Gibraltar (1349), pero el estallido de la peste negra acaba con la vida del monarca y se tiene que levantar el cerco.
Le sucede Pedro I (el Cruel o el Justiciero, depende del punto de vista) hijo del matrimonio de Alfonso XI con María de Portugal. Reina entre los años 1350 al 1369, durante los cuales se acrecientan los levantamientos de distintos grupos nobiliarios. Sintetizando, la situación queda como sigue:
Los hijos de Alfonso XI con Leonor de Guzmán (Enrique, conde de Trastámara, y Fadrique, maestre de la Órden de Santiago) reciben el apoyo de los descendientes de don Juan Manuel y la ayuda de Juan Núñez (señor de Vizcaya).
El sobrino de Alfonso XI, Fernando de Aragón, es apoyado por Juan Antonio de Albuquerque.
El monarca toma la decisión de favorecer al segundo grupo de presión, nombrando a Albuquerque responsable de la política internacional. Esto ocasiona una alianza con Francia que meterá a Castilla en la Guerra de los Cien Años.
En política interior, Pedro I centraliza las cuestiones financieras y económicas. En un intento por conseguir librarse de la nobleza favorece una política dirigida a mercaderes y pequeña burguesía, así como coloca a judíos como responsables de la gestión y recaudación de impuestos. Por otra parte, somete a una fuerte represión a las ciudades que como Toledo, Talavera, Jaén, Córdoba, Cuenca y Toro, han sido aliadas de los distintos grupos nobiliarios de presión.
Fadrique se rinde al monarca, pero Enrique consigue huir a Francia, desde donde, junto con sus partidarios, se alía con Pedro IV de Aragón, Luis de Navarra y Gastón de Foix, declarando la guerra a Castilla desde el exterior que, también, se transforma en una guerra civil. Una mayor internacionalización, si cabe, se produce con el apoyo de Inglaterra a Castilla y Francia y Marruecos a Aragón.
Pedro I, para conseguir el apoyo de los ingleses, tiene que firmar con ellos los Acuerdos de Libourne (1366). La ayuda a Castilla se produce a cambio de la entrega a Inglaterra de los puertos de Castro Urdiales, Bilbao, Bermeo y Lequeitio. Los términos de este acuerdo no son aceptados por los súditos de las ciudades y hace imposible cumplir lo pactado, con lo que se produce la pérdida del apoyo inglés.
Enrique de Trastámara contrata, mientras tanto, las Compañías Blancas (mercenarios europeos) que son dirigidas por Beltrán de Duguesclín. Penetran en Castilla sin apenas resistencia y vencen a Pedro I en la batalla de Montiel (14 de marzo de 1369). Posteriormente es asesinado, tomando la corona de Castilla Enrique de Trastámara como Enrique II.
Reina desde los años 1369 al 1379 e introduce en Castilla la dinastía bastarda de los Trastámara. Lo primero que hace es no entregar, al maltrecho Aragón, Murcia, tal y como estaba acordado en base al apoyo que aragoneses-catalanes habían prestado. En cambio, sí hace entrega a Beltrán de Duguesclín del señorío de Molina y las ciudades de Atienza, Almazán y Soria.
Bien como pago por los favores recibidos, o para evitarse nuevos problemas, tiene que hacer concesión de gran cantidad de señoríos entre la nobleza (motivo por el que será apodado "el de las Mercedes"), al tiempo que comienza una política antijudía, ordenando la población judío lleve distintivos y viva en lugar separada de los cristianos.
Defenciendo los intereses lanares de Castilla, interviene en la Guerra de los Cien Años enviando, en apoyo de Carlos V de Francia, una flota que derrota a los ingleses en La Rochela (22 de junio de 1372). Bajo presión, consigue que Navarra devuelva a Castilla Álava y Logroño y, para desestabilizar todavía más al en otro tiempo amigo, presta su ayuda a al infante de Mallorca en la invasión de los territorios de Pedro IV de Aragón. Mediante la paz de Almazán (1375) logra de éste que le sea devuelta a Castilla Molina.
Le sucede su hijo Juan, que gobernará como Juan I desde 1379 a 1390. Continúa el proceso emprendido por su padre de reorganización monárquica frente a los nobles y las ciudades.
Durante su reinado, en la Asamblea de Medina del Campo, se analiza la conveniencia o no de apoyar a alguno de los papas, como consecuencia del cisma que padece la Iglesia. Frente a los dos candidatos del momento, Urbano VI y Clemente VII, en la llamada Declaración de Salamanca (1381) la corona de Catilla se inclina por Clemente VII de Avignon.
Juan de Gante, hijo de Eduardo III de Inglaterra, casó con Constanza, hija de Pedro I. Esto le hace creer con derecho a ocupar el trono de Castilla y se alía con Portugal contra Juan I. Son derrotados y, mediante la paz de Elvas (1383), Juan I casa (en segundas nupcias) con la única hija de Fernando I de Portugal, reclamando, de esta manera, el trono de Portugal a la muerte del monarca portugués. En la guerra declarada llega a poner sitio a Lisboa pero el estallido de la peste obliga a la retirada. Al cabo de algún tiempo vuelve a atacar a Portugal, pero es derrotado en Aljubarrota (1385) por los ejércitos combinados de portugueses, ingleses y gascones.
Esto propicia que en 1386 los ingleses ocupen gran parte de Galicia. La ofensiva castellana consigue que se retiren a Portugal, renunciando Juan de Gante definitivamente a sus "derechos" a la corona, a cambio de una compensación económica..
Juan I, para la defensa del reino, creó un ejército nacional en el que estaban obligados a participar todos los hombres castellanos. Muere en Alcalá de Henares en octubre de 1390 y le sucede su hijo, Enrique III.
Reina de 1390 a 1406. Durante su minoría de edad se crea un Consejo de Regencia durante el cual estalla de nuevo la guerra civil. En diciembre de 1393 se procede a la declaración de su mayoría de edad.
Enrique III se apoya en las Cortes para cercenar el poder de la nobleza contestataria, eliminando gran parte de los privilegios y concesiones que fueron materializados durante la regencia. Derrota a Alfonso Enríquez (señor de Gijón y Noreña), derrota a Fadrique Enríquez (señor de Benavente y Valladolid) y, también, a Pedro de Trastámara.
Ya más controlados los temas interiores, se enfrenta al rey portugués Juan de Avís (1396) que hostiga las fronteras, habiendo penetrado en Badajoz., logrando su retirada. Enrique III encomienda la conquista de Canarias (1402) a Juan de Bethencourt y Gadifer de La Salle, en calidad de vasallos.
Muere el 25 de diciembre de 1406 y, en testamenteo, encomienda la regencia durante la minoría de edad de su hijo, el futuro Juan II (1406-1454), a su mujer Catalina de Lancaster y al infante Fernando (conocido como el de Aragón o el de Antequera, hijo segundo del primer matrimonio de Juan I con Leonor de Aragón, hermana de Martín I).
El Consejo Real acepta una división de influencias consistente en que Catalina actuaría en la parte septentrional, mientras que Fernando lo haría en la meridional (Toledo, Extremadura, Andalucía y Murcia). Es Fernando el que va ganando prestigio (la toma de Antequera a los moros le da este sobrenombre) y consigue desviar una gran cantidad de subsidios para financiar los gastos que tienen lugar con motivo de su elección al trono aragonés. Al fin, el 28 de junio de 1412, los compromisarios de Caspe lo eligen como soberano.
La regencia castellana ahora es dirigida por Catalina y el obispo de Palencia, Sancho de Rojas, al cual Benedicto XIII le nombra arzobispo de Toledo. Tras la muerte de Catalina adquiere el arzobispo un desmedido protagonismo político, ganándose la hostilidad de los hijos del de Antequera, es decir, de Juan, Pedro y Enrique, que se alían con Alfonso el Magnánimo de Aragón.
La situación creada acelera la declaración de mayoría de edad de Juan II en marzo del 1419. Esto origina una pérdida de influencia de los infantes aragoneses pero no impide que las intrigas continuen. El monarca es defencido por Alvaro de Luna, nombrado condestable, que procede a su liberación tras el secuestrado sobre su persona, perpetrado por Enrique, en la ciudad de Tordesillas (1420). Del mismo modo, Pedro, es hecho prisionero por el condestable (1432) que ocupará, además, la plaza de Albuquerque, propiedad de Enrique. Antes de esto ya había desaparecido de escena el otro hermano, Juan, al ser nombrado rey de Navarra. Todos estos éxitos hacen que Alvaro de Luna sea mirado con malos ojos por algunos pero, lo que más importa, por el propio hijo de Juan II, el príncipe Enrique (futuro Enrique IV).
Una nueva ofensiva de los infantes de aragón propician que el rey sea hecho prisionero en Medina del Campo (1443). Antes esto se forma una liga entre el obispo de Cuenca, Lope Barrientos (favorito del príncipe Enrique), Juan Pacheco, el propio príncipe y Alvaro de Luna, que derrota a los infantes en la batalla de Olmedo (19 mayo de 1445). Enrique muere y Juan regresa a Navarra.
Ahora es el momento en que Juan Pacheco y el príncipe Enrique se alían con Juan II de Navarra para contrarrestar el poder de Alvaro de Luna. Éste responde apoyando la causa del principe de Viana, sublevado contra su padre.
Ante tal desaguisado, el rey (Juan II) ordena el ajusticiamiento de Alvaro de Luna en Valladolid en el año 1453. El monarca fallece un año más tarde, ocupando el trono su hijo Enrique.
Enrique IV reina entre los años 1454 y 1474. Emprende una serie de campañas militares contra el reino de Granada que, si bien no suponen un éxito militar, sí supusieron beneficios económicos (por el cobro de impuestos) y políticos (enfrentamientos entre grupos nazaríes). Pero a este tipo de guerra se niega la nobleza, la Iglesia y muchas ciudades, que exigen la ocupación inmediata de Granada. Es ahora cuando la alta nobleza se alía con Juan II de Navarra, heredero al trono de Aragón al fallecer, sin descendientes, Alfonso el Magnánimo.
La reacción de Enrique IV consiste en prestar su apoyo a Carlos, el Príncipe de Viana. En el año 1461 invade Navarra, ocupa Viana, y consigue que Blanca de Navarra renuncie en su favor a sus derechos al trono. Las cortes catalanas llegan a ofrecerle la corona de Aragón, cosa que el monarca castellano rechaza.
Parte de la nobleza castellana sigue con su intento de destronar al monarca. Se reunen en Ávila (5 de junio de 1461) y, en efigie, destronan a Enrique IV y nombran rey a su hijo, Alfonso, menor de edad. El movimiento lo lidera el marqués de Villena, Juan Pacheco. Son derrotados por las fuerzas leales a Enrique IV en Olmedo (1467) y, casi un año después, fallece Alfonso, su hijo.
Juan Pacheco, marqués de Villena, propone al monarca cesar con el conflicto a condición de que anteponga como candidata al trono a su hermana, Isabel (futura Isabel la Católica), frente a su hija Juana. Así se acuerda en la firma del Pacto de Guisando (19 de septiembre de 1468). Pero el matrimonio, sin previo aviso y sin consentimiento, de su hermana con Fernando de Aragón (19 de octubre de 1469) provocará la ruptura del pacto y el rey proclama heredera a su hija Juana la Beltraneja.
Comienza, de esta manera, una nueva guerra civil que se prolongará varios años tras la muerte del monarca (11 de diciembre de 1474) y cuya consecuencia final será la unión dinástica de Castilla y Aragón.
El 1 de julio de 1217 Berenguela (hermana del fallecido Enrique I) cede sus derechos reales sobre el trono de Castilla a su hijo, Fernando III, fruto de su matrimonio con Alfonso IX de León. De esta forma Fernando III será rey de Castilla hasta el año 1252 en que fallece. A esto se opusieron Álvaro Nuñez de Lara, parte del partido nobiliario y los concejos de Transierra y Extremadura, si bien los de estos últimos pronto aceptaron la situación.
Hacia el año 1224 comienza de nuevo un proceso de desintegración del poder musulmán. Son los terceros reinos de taifas, motivo por el cual Fernando III aprovecha para intervenir en el proceso de debilitamiento del poder moro.
Interviene en ayuda del gobernador de Jaén, Al-Bayasí, el cual llega a ser proclamado califa en oposición a las designaciones que tienen lugar desde Marrakeh. En pago por su ayuda obtiene un pacto de vasallaje y los castillos de Salvatierra y Capilla.
A la muerte de Al-Bayasí las tropas de Fernando III toman la ciudad de Baeza y, entonces, se dirige a prestar apoyo al califa de Sevilla, Abul-Ula, en la lucha que éste mantiene con el rey de Murcia. En el año 1230 procede a sitiar Jaén, teniendo que abandonar el sitio por la muerte del rey de León Alfonso IX (su padre).
Alfonso IX deja como herederas de León a sus hijas, Sancha y Dulce, pero es de nuevo Berenguela la que obtiene la renuncia de éstas a favor de Fernando III, el cual se encuentra apoyado por la nobleza y el clero leonés, además de por gallegos y asturianos. Esto viene a significar la consolidación definitiva en el proceso de unión entre Castilla y León.
Tras este inciso se retoma el proceso de reconquista en territorio andaluz y extremeño: Palma del Río (1230), Quesada (1231), Trujillo (1232), Úbeda (1233), Montiel y Medellín (1234) y Córdoba en 1236.
El reino de Murcia ve amenazada su existencia y pide protección a Fernando III frente a Granada, Sevilla y Cataluña-Aragón. A cambio de ello obtiene del mismo el pago de impuestos y la autorización para establecer guarniciones militares en territorio murcianos, dirigidas por el entonces príncipe Alfonso (X). Esto ocurre en el año 1243 y va a ocasionar un choque con los intereses catalano-aragoneses que motivará el Tratado de Almizra (1244), en el cual se fijará la delimitación del ámbito, quedando establecido por la línea Villena-Biar-Denia.
En el año 1246, Fernando III, anexiona la ciudad de Jaén, lo que conducirá a que Granada preste vasallaje y su apoyo a la flota castellana en la toma de Sevilla entre los años 1246 y 1248. A la muerte de Fernando III, el 30 de mayo de 1252, los musulmanes quedan reducidos prácticamente al reino de Granada.
Le sucede su hijo, Alfonso X el Sabio, que reinará entre los años 1252 al 1284.
España a la muerte de Fernando III el Santo
Alfonso fracasa, frente al rey portugués Alfonso III, en las intenciones de incorporar el Algarve, Serpe y Moura. Renuncia a los derechos sobre la región francesa de la Gascuña, cediéndola a Leonor (su hermana) que está casada con Eduardo, heredero al trono de Inglaterra. Invade Navarra ya que su rey, Teobaldo II, aliado de Jaime I de Aragón, se niega a prestarle vasallaje. Por lo que respecta al Imperio Alemán, a la muerte de Federico III (1250), Alfonso X reclama sus derechos al trono haciendo valer el legado que le proporciona su madre, Beatriz de Suabia. Ciudades como Pisa, Bradenburgo, Sajonia y Bohemia lo aceptan, con lo que toma la corona imperial en Burgos el 21 de agosto de 1257.
En el tema estricto de la lucha contra los moros, fracasa en el intento de tomar Marruecos (1260) pero consigue reconquistar el reino de Niebla (1262). Tiene que hacer frente a una rebelión morisca, alentada por el reino de Granada y los poderes norteafricanos. La rebelión es derrotada por él y por Jaime I en Aragón-Cataluña.
El asunto alemán no queda ni mucho menos zanjado. El Papa, Gregorio X, no está de acuerdo en que la corona recaiga sobre Alfonso X y nombra emperador a Rodolfo de Habsburgo (1273). Alfonso X se reúne con el Papa y como consecuencia de la cita renuncia a sus derechos al Imperio y, a cambio, consigue ayuda económica para combatir a los musulmanes que, sin tregua, siguen hostigando las fronteras. Sirva como ejemplo de ello la derrota de Nuño González de Lara y la derrota y muerte de su primogénito, Fernando de la Cerda, en Ciudad Real. Los dos casos en el año 1275.
La muerte de Fernando de la Cerda iba a ser el inicio del denominado problema sucesorio. Dos bandos se enfrentan:
Los denominados romanistas de las Partidas que consideran legítimos herederos a los hijos de Fernando de la Cerda.
El sector tradicional, que se muestra partidario del segundo hijo de Alfonso X, Sancho.
El asunto se complica al intervenir en el problema Francia y el papado ya que, Fernando de la Cerda, estaba casado con Blanca, hermana de Felipe III de Francia. Todo ello da lugar a un testamento un tanto surrealista por porte de Alfonso X el Sabio: deja el trono a los hijos de Fernando de la Cerda y, en su defecto, al rey de Francia (1284).
El segundo hijo de Alfonso, Sancho IV (rey de 1284 a 1295), consigue neutralizar el testamento de su padre a base de ofrecer muchas prebendas a la nobleza y órdenes militares. Además consigue asegurar la neutralidad en el conflicto de Aragón y Portugal, firmando en 1285 con Pedro III de Aragón un compromiso de ayuda frente a Francia. Con todo no puede evitar que el Papa Martín IV no le reconozca como monarca, aduciendo la ilegalidad de su matrimonio, además de los problemas que le originan una facción importante de la nobleza castellana, dirigida por los Haro, que reivindican los derechos al trono de los nietos de Alfonso X, hijos de Fernando de la Cerda.
En 1288, en la entrevista de Alfaro, Sancho IV asesina con sus propias manos a Lope de Haro, lo cual no hace sino empeorar el problema sucesorio. Los bandos quedan establecidos de la siguiente forma:
A favor de Sancho IV: Portugal, Francia (en virtud del acuerdo de Lyon de 1288) y una facción de la nobleza a la que se sigue concediendo abundantes prebendas.
A favor de los nietos de Alfonso X: grupo nobiliario de los Lara y los Haro y Aragón.
Con todo ello, lo cierto es que Sancho IV se convierte en el incontestable rey de Castilla, consiguiendo con Granada un acuerdo de paz en 1291 y, con el nuevo rey aragonés (Jaime II) un importante armisticio mediante el tratado de Monteagudo (1291).
Muere el 25 de abril de 1292, dejando como heredero a su hijo Fernando.
Fernando IV reinará entre los años 1295 y 1312. A la muerte de su padre es menor de edad, por lo que se ocupa de la regencia su madre, María de Molina. Durante la regencia los problemas se agravan: sublevaciones nobiliarias lideradas por el infante Juan (hijo de Alfonso X), por los Haro y los Lara o por el mismo hermano de Alfonso X, el infante Enrique.
En 1301 las Cortes de Burgos reconocen la mayoría de edad de Fernando IV, siendo legitimado como rey. Fernando firma con Granada el tratado de paz de Córdoba en 1304, mediante el cual queda Tarifa para Castilla y Alcaudete y Quesada para Granada. Con Jaime II de Aragón llega a los acuerdos de Ágreda, procediendo a la devolución de Murcia. Posteriormente, en el pacto de Alcalá de Henares (1309) se llega al acuerdo de entregar Almería a la influencia catalano-aragonesa y Algeciras, Gibraltar y el vasallaje de Granada para Castilla.
En el año 1312 muere Fernando IV, sucediéndole su hijo Alfonso XI.
A las 7:15 desperté pero estaba cómodo en la cama y decidí apurar hasta las 8:00, momento en que ambos nos ponemos en pie. Visita obligada al lavabo, recogemos las cosas de la habitación para, acto seguido, bajar y montar las alforjas en las bicicletas.
Como ya había desestimado la idea de alquilar un coche de vuelta a Segovia, mi compañero se despide de mí sin quedarse a desayunar. Tenía prisa ya que le venía muy justo el poder coger un autobús que partía de Santiago. Yo no deseo meter, en estos momentos, stress al viaje pues ya llegaría el momento. Procedo con calma, como si de cualquier otro día se tratase.
Desayuno en la propia posada y, sobre las 9:15, inicio el recorrido que me llevará a Santiago de Compostela. Hoy es la jornada final, día 25 de agosto.
Me separan unos 54 kilómetros de la conclusión de éste viaje y pensé que iba a ser una etapa fácil, pero no estaba en lo cierto. Es una jornada muy dura ya que al sube y baja tradicional de la orografía gallega se suma un fuerte ascenso a Monte Gozo.
Los primeros 25 kilómetros los realicé por asfalto, pues había gran cantidad de peregrinos a pie, circulando sobre un camino muy estrecho, de continuas entradas y salidas a la carretera, y era muy molesto ir con la bicicleta en estas condiciones.
Hoy, a diferencia de ayer, luce el sol, no hace viento, y la temperatura es muy agradable. Marcho a buen ritmo cuando distingo a lo lejos a un ciclista, un peregrino, al cual me acerco poco a poco. Como siempre esto me ilusiona y acelero un poco más el ritmo para dar caza a mi “objetivo”. Cuando estoy a unos diez metros de él reduzco la velocidad para observar de cerca la “presa” y me doy cuenta de que se trata de aquel señor que adelanté en la subida del Cebreiro; aquel del “no parlo spagnolo”. Me viene a la memoria la fábula de la liebre y la tortuga y, como ya sabía lo que iba a contestar si me dirigía a él, me limite a realizar un gesto amigable cuando le adelanté.
A los 25 kilómetros de marcha hago entrada en la población de Ribadiso. Aprovecho para almorzar al lado de un peregrino japonés (no tuvimos una gran conversación) y dar un vistazo al sitio.
Llama la atención el conjunto de casas tradicionales de pizarra a orillas del rio Iso; cruzando un puente medieval se llega a un bonito albergue, aquel comentado en la jornada de ayer, que fue un antiguo hospital, de san Antón, en el siglo XV.
Al terminar prosigo, ahora por el camino de las flechas amarillas. Es mucho más interesante hacerlo por aquí, todo precioso. Tras unos dos kilómetros llego a Arzúa, antiguamente fue población importante en el Camino, en ella se juntan el Camino Francés y el Camino del Norte.
Salvando una corriente de agua
Arco do Pino, bosques de eucaliptus
Lebodeiro
Vienen ahora unos tramos duros, tengo que bajar de la bicicleta en dos o tres ocasiones. Se me hacen largos estos kilómetros finales, pero los bosques de eucaliptus de Arco do Pino me distraen un poco. Más verde en distintas formas.
Llego a Lavacolla y para ello es necesario abandonar la pista de tierra ya que el Camino llega a esta población mediante carretera, pequeña, asfaltada. La pendiente es elevada y alcanzo a una pareja de ciclistas, de los que hacen los últimos cien kilómetros; todo parece indicar que se trata de un padre y de su hija. La muchacha va muy atascada pero es valiente. Al rebasarla se pone a mi lado, me sigue y, cuando quiere poner una marcha más corta, se le bloquea la bicicleta teniendo que parar. Lo tomé como una victoria y proseguí mi camino.
A punto de coronar Monte Gozo
Descenso hacia Santiago
En Lavacolla hoy se encuentra ubicado el aeropuerto de Santiago y, antiguamente, los peregrinos hacían un alto para lavarse “a fondo” en las aguas del río del mismo nombre. Ya sólo quedan 12 kilómetros para finalizar.
Nada más salir de esta población comienza el ascenso al Monte Gozo. El firme es una combinación de tierra y asfalto, para finalizar en una dura subida sobre tierra. Es dura y la población de eucaliptus, poco a poco, va desapareciendo de tal forma que, al coronar, me encuentro en la cima de un monte de aspecto frío y desolador.
Poco gozo me proporciona aunque, justo es decirlo, mucho debió de procurar a los peregrinos “de verdad” cuando tras semejante viaje divisaban desde aquí la Catedral de Santiago.
Por lo que a mí respecta, si algo podía quedar de magia escondido por algún lugar, el Monte Gozo se encargó de hacerla desaparecer totalmente.
Por un camino asfaltado desciendo hacia Santiago en fuerte pendiente. Paso por los estudios de la TV gallega y, al poco, me encuentro con que el Camino desemboca en la carretera nacional. Un estrechísimo arcén sólo permite la marcha de los peregrinos a pie, por lo que tengo que meterme en la carretera. Triste final para tan grande viaje. Alguien debiera de solucionarlo.
Después de tantos días me siento como un bicho raro dando a los pedales por la carretera, entre rotondas, por las avenidas de entrada a la capital. Presto más atención a no ser atropellado que a observar el entorno. Es difícil orientarme de esta forma por lo que decido poner pie a tierra y acercarme a la Catedral andando, siguiendo el rastro de los peregrinos de a pie. Así es más fácil.
Caminando, empujando la bicicleta así, de forma tan poco triunfal, llego a la plaza del Obradoiro. Tal como la imaginé, ni más ni menos. Me siento en el suelo, apoyado sobre una de las columnas que conforman la galería porticada y permanezco un buen rato contemplando la fachada de la Catedral. No siento ningún atisbo de emoción y las sucesivas interrupciones de pesados personajes queriendo vender alojamiento no ayudan en ello.
Catedral de Santiago de Compostela
En el no excesivo foro de la plaza puedo distinguir gentes con las que había coincidido en algún momento. Ahora se me asemeja esto más próximo a una pantomima que a cualquier otra cosa. Es así, metido en estas reflexiones, como el tiempo pasa con un servidor sentado sobre el suelo del Obradoiro.
En un instante de lucidez soy capaz de percatarme de que no tengo ni idea de cómo voy a volver a Mieza. Ni yo ni la bicicleta, que ahora somos como uno (pese al ruidito que todavía sigue dando la lata). Habrá que hacer algo, por lo que sobre las 14:10 me levanto y me dirijo a la cercana Plaza de Platerías. Examino por encima el Pórtico de la Gloria y realizo unas cuantas fotografías, no muchas.
Al lado mismo de Platerías se encuentra la oficina del peregrino. Entro en ella para que me expidan la Compostela y obtener información de cómo llevar la bicicleta a Salamanca o Valencia; ambos destinos barajaba en aquel momento. La señorita funcionaria es eficiente al menos y, tras darme la Compostela, pone a mi disposición cuatro o cinco maneras de retornar la B-Pro. Una de estas opciones era por medio de Velocípedo, empresa que ya había contactado desde Valencia, por medio de su sitio web. Velocípedo estaba en la misma dirección que la estación de autobuses por lo que parecía la mejor opción a seguir.
Pórtico de la Gloria
Fue una pena tener que doblar la Compostela para guardarla en mis alforjas. Mientras pedaleo cuesta arriba por una avenida, entre el tráfico, me da tiempo de pensar que lo más acertado será dirigirme directamente a la estación de autobuses y probar suerte con la compañía Alsa. Felisa me había informado, días atrás, de ésta posibilidad por lo que decidí que fuese mi primera opción.
La estación se encuentra en lo alto de una avenida, como casi todo por aquí. Llego con la intuición de que el tiempo debe de andar justo. Sin excesivas preocupaciones abandono la bicicleta al lado de la puerta de entrada al hall de la estación y, a toda prisa, me dirijo a las taquillas de Alsa.
Efectivamente, me confirman que yo tengo plaza para viajar en el autobús que sale a las 16:45 pero tengo que esperar unos interminables segundos para recibir confirmación sobre la suerte de la B-Pro. Desde Monte Gozo es el primer momento de alegría y lo es porque sí hay plaza para ella. La alegría prosigue al enterarme de los precios de los billetes hasta Salamanca: yo 29 euros y, ella, sólo 8,5.
Con los billetes salgo de la estación y el gozo hace que me encienda un cigarrillo. Tras dos o tres caladas vuelvo a la realidad, otra vez a la realidad. Son las 16:05 y faltan cuarenta minutos para la salida del autobús. Me quedan un montón de cosas por hacer: quitarme la ropa de ciclista, ponerme algo más normal, descargar el equipaje de la bici, bajar al andén, desmontar las ruedas, atarlas al cuadro, envolver toda ella en plástico y… comer algo, pues todavía no lo he hecho.
Como dije antes, un final no merecido. Ahí mismo, sobre el lugar, me quito una ropa y me pongo otra. Luego desmonto las alforjas y, con ellas al hombro y la bici del manillar, hago entrada en la estación. Desciendo por las escaleras mecánicas y localizo el andén. Confirmo que el autobús que se encuentra allí es el que me corresponde; dentro de él, ojeando unos papeles, se encuentra el que parece su conductor.
Sin demora comienzo la operación de desmontar las ruedas. Ya lo están cuando, con la cinta aislante en la mano y dispuesto a fijarlas al cuadro, el señor del autobús se dirige a mí indicándome que no prosiga. Dice ser él quien manda en esto y que haga caso omiso a lo indicado en la taquilla. Sólo tengo que desmontar la rueda de delante y nada de envolver la bicicleta en plástico ¡Alivio el mío!
Con los deberes hechos me dirijo a mi “tutor” para ver qué hago ahora. Me dice que espere, que ya me llamará llegado el momento, dentro de unos ocho o diez minutos. Salgo corriendo, subo a cafetería y me pido un bocadillo de tortilla española, de esos que sirven en los bares de las estaciones. Mientras lo prepara voy disparado al servicio, me meo. Qué extraño lo noto; estaba en los aseos de señoras…
Rectificado el error vuelvo a cafetería y recojo mi bocata de pan hipermaleable, con algo frío de sabor a patata hervida dentro y, dándole dentelladas, desciendo donde debía de estar mi transporte. Llegar, cargar la bicicleta y salir, fue todo en uno, sin solución de continuidad. El bocadillo tuve que tirarlo, sólo la mitad pude engullir. Puntualidad total.
En una parada de diez minutos en Pontevedra pude tomar un café con leche con unas madalenas y comprar una botella de agua. Luego, en Puebla de Sanabría, se detendría el conductor para cenar algo (otro bocadillo) durante media hora.
Ya muy de noche, al mirar por la ventanilla, no veo otra cosa que el reflejo de mi rostro provocado por una tenue luz interior. Fuera todo está oscuro.
Dirijo el foco de luz hacia mi posición y ojeo algunos papeles que recogí en mi estancia en Samos. En uno de ellos puedo leer:
“A voz en grito clamo al Señor,
A voz en grito suplico al Señor;
Desahogo ante Él mis afanes,
Expongo ante Él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.”
Salmo 141, Antiguo Testamento
A las doce y cuarto de la noche el autobús llegaría a Salamanca. Me encontraba raro…
Hacia las 4:30 de la madrugada despierto y me es imposible conciliar de nuevo el sueño por lo que aprovecho para ir al aseo, evitando de este modo la aglomeración que tendrá lugar dentro de poco tiempo.
A las siete en punto el hospitalero hace su entrada en la sala con la intención de despertar a quien, difícilmente, pudiera encontrarse todavía dormido. De no muy buenos modales se dirige a los que viajamos en bicicleta, metiéndonos prisa para que las saquemos inmediatamente del local, no muy lejano, que cede el ayuntamiento para guarecerlas.
Media hora más tarde me encuentro junto a ella, totalmente preparada, al lado de un surtidor de gasolina próximo a la puerta, ahora de salida, del albergue. Hace frio para la ropa de la que voy provisto y llueve ligeramente. Me coloco el chubasquero, monto y doy una vuelta por la población en busca de un lugar en donde desayunar. Todo se encuentra cerrado.
Sin desayunar, de noche todavía y con esta ligera lluvia no parece buena decisión la de proseguir la marcha por los caminos de tierra, así que me dirijo a Sarria por la carretera local. Al poco dejo atrás a unos grupitos de peregrinos que van a pié para, acto seguido, encontrarme pedaleando en total soledad ya que fui el último en salir de cuantos íbamos en bicicleta.
Es una lluvia fina que lentamente va calando. Veo gotitas resbalar por el chubasquero, otras muchas caen desde la visera del casco, y temo que en cualquier momento puede agravarse la situación, quizá por estar acostumbrado a la forma en que el llover tiene en Valencia. Pero, o bien porque aquí sí sabe llover o porque no tocaba hacerlo de otro modo, lo cierto es que no tuve que pasar por ningún mal trance y la cosa no pasó a mayores.
Sarria, convento de la Magdalena
Recorro los 27 kilómetros que separan Samos de Sarria. Por más que busco en las calles principales de Sarria no encuentro todavía ningún lugar abierto donde poder desayunar. Ya tengo esa molesta sensación de apetito mientras busco de calle en calle.
Estos lugares estuvieron habitados mucho antes de que llegasen los romanos, pero es entonces cuando alcanzan mayor protagonismo sobre todo por la cercanía de Lucus Augusti (Lugo). De la presencia musulmana no se conservan restos ya que fue escasa y, partir de comienzos del siglo X, se consolida el condado de Sarria y una atomizada red de pequeños monasterios, generalmente de tipo familiar, dieron lugar a la progresiva colonización de estas tierras. Luego, la mayoría de ellos, fueron absorbidos por Samos.
De Sarria a Portomarín
Subida a la salida de Sarria
El Camino de Santiago es el motor que posibilita aquí la aparición de hospitales, mesones, puentes y ermitas; además atrae instituciones asistenciales como la de los templarios en Barbadelo. A finales del siglo XII el monarca leonés Alfonso IX posibilita la fundación de Vilanova de Sarria dentro del condado, esta villa irá creciendo para convertirse en la ciudad actual. Hoy es una población pujante, de unos 9.000 habitantes, que conserva bastante bien los monumentos antiguos entre los que se encuentran el convento de la Magdalena y la iglesia de san Salvador, ambos de finales del siglo XIII y con muchos elementos románicos.
Bien, pues no me queda otra que continuar con dirección a Portomarín. La endeble lluvia sigue cayendo y, aunque ya no hay problemas de visibilidad, es ahora la sensación de hambre la que me anima a seguir por la carretera, con la esperanza de encontrar más fácilmente solución al problema.
La carretera se muestra muy dura nada más salir de Sarria. Se trata de una prolongada subida que me obliga a poner el desarrollo más corto que llevo. Poco a poco voy ascendiendo hasta que corono este “puertecito”, luego sigue exigente la carretera pero al menos no vuelvo a encontrar pendientes como ésta.
Ha dejado de llover pero la luz roja se me va encendiendo ya que, como consecuencia del esfuerzo y del paso del tiempo, la sensación de apetito va en aumento y también la de mareo. Al fin diviso una población, Pacios. Es muy pequeña, sin entrar ya puedo ver su salida. Me detengo en la gasolinera que hay, justo en su entrada, con la intención de adquirir cualquier tipo de comida, la que fuese, me daba lo mismo que contuviera o no azúcar; la diabetes había pasado a un segundo plano. No había nada que comer, difícil creerlo pero así es.
Ya fuera, inflando los neumáticos, el buen hombre de la gasolinera debió de acordarse entonces, o puso voluntad para ello, de que a unos doscientos metros, a la izquierda de la carretera, había un pequeño bar. Le doy las gracias por la información y parto hacia allí.
Al ver recostada en la pared, al lado de la puerta del bar, la bicicleta de un peregrino se me que quita un pesar de encima pues doy por seguro que, al menos, podré tomar un café con leche y algo de bollería o unas tostadas.
Eso es lo que tomé, no más. Y por los pelos.
El señor del bar hablaba gallego, muy mal el castellano, por lo que imagino debió ser un problema de comunicación lo sucedido. Veamos, yo digo “buenos días, quisiera desayunar” y él me contesta “ah, no, eso aquí no”. Me quedo en silencio con cara de perplejidad, ante lo cual el caballero me aclara “si quiere café con leche y dos madalenas, sí puedo ponerle. Pero nada más”. Yo seguía perplejo, pero solo dije un “SÍ, claro” de forma rápida y como no queriendo faltar. Mientras “sucaba”, la segunda madalena, daba vueltas a qué demonios debió entender este hombre cuando dije desayunar. ¿O diría otra cosa...?
Estaba sobre la barra y más adelante, sentado junto a una mesa, el propietario de la bicicleta aparcada en la calle. Había pasado la noche en Samos y se notaba que ya había ¿desayunado? por los restos de lo que fue un envoltorio de madalenas. Él, yo y tres personas más (incluida el dueño), prestábamos atención al televisor ya que emitían el partido de baloncesto entre España y Estados Unidos. Era la final de los juegos olímpicos.
Fue así como disfrute de los últimos dos cuartos de partido y lo emocionante del mismo facilitó la toma de contacto entre este muchacho y yo. Me cuenta que es de Segovia y me pregunta si tengo inconveniente en que viajemos juntos ya que, como yo, tiene intención de hacer final de etapa en Melide. Le digo que en absoluto me molesta su compañía, lo que es mentir por utilizar el término absoluto. Prefería ir solo, pero la verdad es que resultó ser no mal acompañante.
Guarde el chubasquero en el departamento superior de las alforjas, para tenerlo bien a mano por si acaso, y nos pusimos en marcha por estas tierras que, según el Códice Calixtinus, fueron antaño de tramposos hospederos.
Portomarín, puentes viejo y nuevo.
Hasta Portomarín viajamos por la carretera velozmente ya que casi todo el trayecto es en descenso y, algunos tramos, de pronunciadísimas pendientes. Tengo que ir frenando la bicicleta ya que, de no hacerlo, con facilidad alcanza velocidades superiores a los 60 kilómetros a la hora. La panorámica, a la llegada a Portomarín, es idéntica a la tantas veces vista en distintas fotografías, con el altísimo puente sobre el Miño.
De Portamarín se tienen referencias que datan del siglo IX, conociéndose entonces como locum Portomarini. Creció y se desarrolló alrededor de un puente romano y del Camino de Santiago. En el año 1126, con motivo de las peregrinaciones, lo sanjuanistas construyeron un hospital y fue reconstruido el puente romano que había sido destruido por doña Urraca. El puente ponía en comunicación los dos núcleos de población que conformaban la totalidad del poblamiento.
Ya recientemente, con motivo de la construcción (en el año 1962) del embalse de Belesar, el viejo poblado quedó bajo las aguas y algunos monumentos de interés fueron desmontados y reconstruidos a salvo. Son un ejemplo de ello la iglesia de San Nicolás y la portada occidental de la iglesia de San Pedro.
Portomarín, iglesia románica de San Nicolás.
La iglesia de San Nicolás fue llamada primitivamente iglesia de San Juan, es románica, del siglo XIII, y se trata de una iglesia fortaleza de la orden de San Juan cuya misión era proteger el puente y cuidar del hospital; destaca de la misma el pórtico de tres arquivoltas y el enorme rosetón sobre la fachada principal.
Al abandonar Portamarín el tiempo no se muestra tan amenazante por lo que, inmediatamente, nos desviamos a la izquierda de la carretera para coger el camino de tierra indicado por las flechas amarillas. Nos movemos muy cómodos por él ya que, aunque mojado, no se encuentra embarrado. Es en una pendiente del mismo cuando una pareja de ciclistas me adelantan muy rápido. Yo sigo a mi ritmo pero mi acompañante partió tras ellos dando un tirón; quedé en solitario, lo que no significaba problema alguno.
Hórreo, a la salida de Gonzar
Al poco me detengo, dejado atrás Gonzar, para fotografiar un hórreo. Los hórreos son una especie de cámaras en lo alto, en las cuales se guardan ciertos productos, como las mazorras, del ataque de los roedores; la aireación es posible por medio de aberturas denominadas pasavientos.
El camino discurre por un perfil en forma de dientes de sierra y en uno de los fuertes repechos me despisto con el cambio y se queda la cadena bloqueada. No hay manera de que se muevan los pedales y, enganchado como iba a los mismos, fui a parar al suelo. Tiene gracia que las dos veces que me he caído con esta bicicleta haya sido a velocidad cero.
En fin, la cosa se resolvió de forma menos dolorosa que la anterior en Higueruelas, al finalizar el Cerro Simón. Pongo todo en orden y prosigo la marcha sin daño alguno. Siento hambre otra vez y en el primer lugar que encuentro me detengo a almorzar. Sentado junto a una mesa, en el interior del bar, doy cuenta de un bocadillo de tortilla francesa con buenas lonchas de jamón y me bebo la cocacola (light siempre, por si no lo he dicho antes). Me sienta fabulosamente.
Hacia Palas de Rei
Mojón en Castromayor
El día sigue muy nublado, algo más que a la salida de Portomarín, pero no llueve. Por si acaso, decido darme prisa previniendo momentos que pudieran venir de peor suerte.
Sigo pedaleando y paso por un mojón que indica 80 kilómetros para Santiago, creo que a la salida de Castromayor. Es aquí, en Castromayor, en donde me topo con una pequeña iglesia románica, la llamada iglesia de Santa María, por lo que detengo la marcha y saco alguna fotografía.
Cuando estoy guardando la cámara en su estuche me doy cuenta de que viene hacia mí el bicigrino de Segovia. Me cuenta que se dio un buen “tute” junto a los “bikers” y que se detuvo en un local a comer algo. Continuamos juntos hasta Melide.
Después de una pronunciada subida llegamos a la población de Ligonde. Hecho una foto a un crucero y también a un mojón en el que se puede leer que nos quedan 76,5 kilómetros para Santiago de Compostela. Dicen que en Ligonde se conservan los restos de un antiguo cementerio de peregrinos pero no me detengo para examinarlos, es lo malo de viajar acompañado.
Se me va haciendo pesada ya la etapa. Sobrepasamos Palas de Rei, citado en el Codex Calixtinus como Pallitium Regis; entramos en la provincia de La Coruña por Lebodeiro, en la antigüedad lugar repleto de liebres y por ello citado en el Codex como Campus Levurararius.
Furelos es la última población antes de llegar a Melide, final de etapa. No recuerdo bien en estos momentos si fue a la entrada o a la salida de Furelos, pero lo cierto es que atravesamos (ahora sin desmontar de la bicicleta) un preciso puente de piedra de hechuras medievales.
A Melide llegamos sobre las 14:30 horas y nos encaminamos directamente en busca del albergue municipal. Lo localizamos a la salida de la población, aparcamos las bicicletas y nos ponemos en una larga cola.
Me encontraba cansado, hambriento y la espera no me gustaba.
Cuando me llega el turno la funcionaria (que no hospitalera) me pregunta: ¿viene usted a pie? Es el colmo del cinismo. ¿A pie, así? Le dije, de mala gana. El resto del diálogo fue para informarme de que estaban a tope y que hasta las 18:00 no daba entrada a los ciclistas y que, para más información, dudaba de que quedasen plazas libres. Que lo sentía mucho.
Los últimos kilómetros del viaje rompen con la magia del Camino; ésta ya había quedado atrás. En la puerta del albergue me esperaba mi compañero, al que se le habían unido otros dos peregrinos en bicicleta. Informo a todos de la situación existente, ante lo cual los dos recién llegados deciden continuar la marcha hasta la población de Ribadiso, que se encuentra lejos, a unos 25 kilómetros.
Iglesia de Santa María, de Castromayor.
Portada de la iglesia
Puente mediaval de Furelos
Camino de Furelos
Yo dejo claro que voy a quedarme en Melide y en un hostal. Mi compañero, no en muy buen estado físico (le ha pasado factura la “alegría” que tuvo), decide imitarme.
Pedaleamos por la misma calle en donde se encuentra el albergue, en busca del centro de la población cuando, a unos 300 metros, me encuentro con un hotel, la Pousada Chiquitin. No se encuentra la cosa como para análisis y comparaciones por lo que decidimos entrar.
Fue una suerte la nuestra ya que Chiquitin es una preciosidad de lugar, muy recomendable tanto por la calidad de los servicios ofrecidos como por el trato del personal y su economía. Nos quedamos con una habitación doble que pagamos entre los dos; él subió rápido a ducharse y a descansar pero yo, antes de ello, tengo que comer, y es muy tarde.
A las 15:45 entro en el comedor de la posada y soy el único comensal; tras la comida me apetece un cigarrillo, no me quedan, y tampoco hay tabaco en el establecimiento, por lo que pago la comida y doy una vuelta, sin cambiarme todavía, por los alrededores del hotel en busca de un bar en donde despachen tabaco y, al mismo tiempo, tomar un café.
Terminado el cigarrillo y el café vuelvo al hotel. Descargo las alforjas de la bicicleta que se encuentra aparcada en el interior, a la entrada justo debajo de unas escaleras, y subo a la habitación. Es una habitación preciosa muy bien equipada y limpia. Mi compañero se encuentra hablando por el móvil intentando alquilar un coche para volver a Segovia pero tiene un grave problema y es que no se ha traído el carnet de conducir. La compañía de alquiler no le acepta una fotocopia del mismo que su madre, vía fax, podría enviar desde su casa.
Me encamino directo a la ducha y, tras ello, me dedico a lavar buena cantidad de ropa que la noche anterior no pude debido al mal tiempo y a las pocas ganas. Con la intención de que se secara la repartí, todo lo bien escurrida que pude, por todo el aseo. Pese a esto, en la mañana siguiente, tendría que introducirla mojada en las alforjas.
Melide. Iglesia parroquial.
Mi compañero decide seguir descansando y aprovecho para darme una vuelta por Melide. Se trata de una población de unos 8000 habitantes, encrucijada del Camino Francés y el Camino Primitivo que proviene de Oviedo (antigua vía romana que luego se aprovecharía para la peregrinación).
Documentalmente se tienen noticias de esta población desde el siglo X pero su desarrollo, como pueblo, va unido al Camino de Santiago. Hay varios monumentos pero yo me dirijo a visitar la capilla de San Roque, de fachada románica, y un cruceiro que hay junto a ella del que se comenta ser el más antiguo de Galicia.
Son las 19:00 más o menos y desde las 7:30 de la mañana estoy en plena actividad. Esto no sucede gratis. Me encuentro algo mareado por lo que parto hacia la posada. En el momento de entrar en la habitación me doy cuenta de que, justo a la izquierda, hay un pequeño, bonito y cómodo espacio para sentarse y poder conectar un enorme televisor de pantalla plana, de esos ultramodernos. Ahí me dirijo.
Bien acomodado en uno de los sillones veo el partido completo de basket, celebrado en la mañana, de España contra los Estados Unidos ¡Qué pena de segundo cuarto! Ahí perdemos la final. Ya en el último cuarto aparece mi compañero y con él termino de ver, por segunda vez, el encuentro.
Melide, portada románica de la capilla de San Roque
Cruceiro, al lado de la portada de San Roque
Decidimos ir a una pulpería a cenar. El pulpo, regado con el vino del lugar, hace maravillas. Charlamos de todo lo que se nos viene a la cabeza. Temas que afloran sin mucha razón de ser, es una especie de tormenta de emociones reprimidas, de irracional confesión. El saber que a tu interlocutor no la vas a ver más invita a ello. Pura terapia y ¡gratuita!
Sobre las once de la noche salimos del local, damos un corto paseo por los alrededores y regresamos a la Pousada para dormir. Duermo muy a gusto esta noche, no podía ser de otra manera…
A las 8:15 me encuentro desayunando en el mismo bar en que comí y cené el día anterior. Continúo con la “pájara” mental con que finalicé y, para más inri, un grupo de aguerridos italianos, equipados con las mejores prendas, se sienta a mi lado para, más que un desayuno, dar cuenta de su especial farmacopea. Son los vigoréxicos.
A la salida, para no mezclarme (momentáneamente, claro) con ellos, dejo que partan primero. Voy muy atrás pero lo suficientemente cerca para que, al menos, me indiquen el camino de salida. Luego, no quepa la menor duda, que les perdí de vista rápido.
Esta etapa, mejor dicho hasta Cebreiro, es el recorrido más “comercial” del Camino. No sé el motivo por el que dicen “el poblado de Cebreiro”, más bien es un centro comercial hoy sin valor para el peregrino.
Voy excesivamente lento, tengo frío y coloco ya, de salida, el plato pequeño y el quinto piñón. Mala decisión, esto se hace perfectamente con el plato mediano y el cuarto. Imaginaba ya fuertes rampas donde era casi llano. Pedaleo junto a la vieja carretera nacional VI, ahora prácticamente desierta por motivo de la utopista; el paisaje no me dice demasiadas cosas.
Pedaleando hacia Pereje
Camino de Trabadelo
Pronto llego a Pereje, pequeña población situada en la Sierra de los Ancares. Aquí, en siglo XII, tuvo lugar un fuerte enfrentamiento entre los monjes cluniacenses de Santa María de Cruñego (en Villafranca) y los monjes de Aurillac que regentaban Cebreiro, población donada por doña Urraca a éstos últimos. El motivo fue la construcción, por los de Aurillac, de un hospital en Pereje cuando esta población estaba bajo la influencia de los monjes de Villafranca. Al conflicto se unió el monarca leonés Alfonso IX y, al final, el Papa Urbano II pondría paz.
Rodeado de castaños continúo por la pacífica nacional VI y llego a Trabadelo. En esta población todavía se conservan restos de antiguos canales romanos para conducir el agua. Prosigo por la carretera y dejo atrás a varios peregrinos que van caminando. Contemplo gigantescos viaductos que salvan los grandes escollos que suponían estos montes hace apenas unos pocos años.
Poco antes de llegar a Ambasmestas me detengo a tomar un bocadillo. En el bar, charlando con el dueño del local, llego al convencimiento de que es mejor hacer el recorrido tomando la desviación a la derecha que, dentro de poco, llevará al alto de Cebreiro por la antigua nacional VI. Fue otra mala decisión.
Por el viejo camino asfaltado, en peor estado, la pendiente es mucho mayor pero también es menor la distancia. Por él se llega hasta Vega de Valcárcel, Ruitelán y Herrerías; una vez aquí los desniveles son fortísimos y, pasando por La Faba y Laguna de Castilla, se asciende a la población de Cebreiro. Es éste, parece ser, el camino original.
Sin embargo, la ruta de la nacional VI (la elegida por mi) son casi 19 kilómetros de ascensión con una pendiente media en torno el 4 por ciento. El recorrido es monótono y largo. Se hace muy duro ya que, además, carece de los encantos de la otra alternativa.
Camino de Ambasmestas
A partir de Ambasmestas hay más subida
Ya no encontraría pues ningún otro pueblo en la provincia de León. Todavía con las dudas dando vueltas en mi cabeza salgo del bar, monto en la bicicleta, y comienzo la ascensión. Al poco llego al lugar de la encrucijada y me desvío hacia la derecha, por la nacional VI. Asciendo raro, como si me faltase algo. De repente noto un frescor inusual en mi espalda ¡La mochila!
Me la había dejado fuera del bar, justo al lado de donde estaba aparcada la bicicleta. Estaba apurado porque ahí llevaba la documentación y el dinero. Desciendo rápido y por suerte ahí estaba la mochilita, justo tal como la había dejado. Cargo con ella y a subir otra vez.
Circulo en solitario por una carretera que se me aparenta enorme. Sólo el arcén es más ancho que la mayoría de los caminos por los que he transitado. Me voy fijando en los enormes viaductos que sobrevuelan en lo alto. Como me aburro imagino cosas tan variopintas como que, de un momento a otro, puede caer un vehículo sobre mí. Tal es la situación…
Como no voy muy inspirado, el ruidito de la bicicleta, ahora un “cragg, cregg”, empieza a colmar mi paciencia. Al cabo de unos 3 kilómetros no puedo soportarlo más. Me detengo en una curva, de esas que se denominan “paellas” (por Valencia al menos). Hay una amplia escapatoria a mi derecha que, la verdad, no me hacía mucha falta y ahí me detengo con un cabreo importante. Quito las dos ruedas, a falta de una, con todo el equipaje por el suelo. No sé todavía con qué fin, pero lo hice.
Nada solucioné porque no era cosa de los discos. Ninguno tocaba en las pinzas y, además, el ruido tenía otro cantar. Debí de tomar una foto de la situación pero el humor no estaba para esas cosas. Monté todo y, mientras lo hacía, un señor pasó por mi lado ascendiendo lentamente, con su bicicleta silenciosa.
Al terminar y disponerme de nuevo a retomar la marcha albergaba la esperanza de no volver a escuchar lo que percibía como una auténtica barahúnda, pero no fue así muy a mi pesar.
Voy ascendiendo lentamente, quedan 15 kilómetros para cruzar el Alto del Poio que es en donde, de verdad, termina este calvario. La carretera sigue inmensa y aburrida. Faltando unos 300 metros para llegar al cartel que anuncia la entrada en Lugo adelanto al señor que, de forma silenciosa, me había dejado atrás mientras montaba las alforjas. El hecho de ir acercándome a él cargó un poco mis pilas. En el momento de adelantarlo, un poco más animado, pretendo ser comunicativo. ¡Buen Camino! (le digo), ¡Duro!, ¿eh? (insisto). Su respuesta es algo así como “No parlo espagnolo”. Era italiano. Le hago un gesto con la mano y prosigo hacia adelante.
Por fin, a lo lejos, diviso Piedrafita de Cebreiro pero aún tardo un tiempo en llegar a este poblado. Ya en él nada me invita a detenerme por lo que paso de largo para encontrar, acto seguido, unas rampas fortísimas. En un mirador me detengo a estirar un poco las piernas y a tomar unas fotos desde lo alto. Hago varias tomas al tiempo que, de reojo, miro con mala cara a la B-Pro.
Ya no encontraría otro pueblo hasta entrar en Lugo
Al fondo, Piedrafita del Cebreiro
La subida yel tedio imponen un descanso
Salvado el Cebreiro, quedan dos más...
Me quedaban unos 2 kilómetros para llegar a Cebreiro cuando el agobiante silencio es roto por una voz de mujer que provenía desde atrás. Una chica, que subía a buen ritmo, me pregunta si por aquí se iba al Cebreiro. Vaya pregunta más estúpida, pensé. ¡Mira que si no es por aquí! La dije que SI, claro que SI. Además le di más información: “faltan unos dos kilómetros”. Me contesto con un “vale, vale, hasta luego” y se fue. En ningún momento se paso por mi cabeza seguir su ritmo…
Cuando llego al cartel que anuncia el alto del Cebreiro me detengo para sacar una fotografía. Acto seguido me dirijo al poblado. Puedo ver las pallozas que, en ningún momento, consiguen llamar mi atención. La ermita de Santa María la Real tampoco me dice nada de lo mucho que “sabe” de otro tiempo; casi todas las casas están dedicadas al negocio de la hostelería y ninguna me acaba de convencer para detenerme. Una pena que este lugar haya terminado de esta forma.
Su fundación data de antes de los romanos pero es a partir del Camino de Santiago cuando este lugar alcanza importancia. La iglesia de Santa María es de estilo prerrománico y data del siglo IX. El monarca Alfonso VI pondrá iglesia y poblado bajo potestad de los monjes franceses de la abadía de san Giraldo de Aurillac. En el interior del templo cabe destacar una pila bautismal en donde, hasta el siglo XIII, se efectuaba el bautizo por inmersión y una talla románica de la Virgen con el Niño de claro influjo bizantino.
Cebreiro, ermita de Santa María la Real
Deambulando, en busca de algún sitio en donde comer (había muchos), oigo comentar a un grupito de chavales que la subida por la nacional VI es peor que por la pista asfaltada. Por ella son sólo 7 kilómetros y, aunque la subida es mucho mayor, se hace siguiendo la vieja estrategia del “coche de San Fernando”: un ratito a pie, otro andando y, otro, aunque poco, dando unas cuantas pedaladas... Yo, contando la parada efectuada, que otra situación quizá no hubiese realizado, he estado tres horas y veinte minutos para llegar aquí.
Cebreiro y sus pallozas
Camino de salida de Cebreiro
Alto del Poio, fin del suplicio
En armonía con mi estado de ánimo elijo el bar en donde comer. El local es poco cálido en todos los sentidos y es atendido por dos mujeres. Una, la mayor, de gran peso y volumen; la otra, la joven, ofrece al menos el aliciente de sus pechos, grandes y expuestos. Hago la comida de forma rápida para abandonar el sitio cuanto antes.
Me encuentro en la calle, junto a la bicicleta, y tomo la decisión de partir ya, me da igual no tomar descanso después de comer. Nada más salir hay una bajada, justo antes de comenzar a subir el Alto de San Roque. Sentía frío y cierto temor por un posible corte de digestión, esto hizo que redujese la velocidad a base de utilizar todo el tiempo los frenos.
El pequeño descenso duró, de esta manera, algo más de lo normal pues nunca sobrepasé los 15 ó 16 kilómetros a la hora. La subida al San Roque no es excesivamente dura pero estaba destemplado y recién comido, por lo que ascendí con mucho cuidado. Al coronarlo no me detengo en el lugar, tales eran mis ganas de acabar este tramo. Otro nuevo descenso se inicia, cosa que efectúo de mala gana pues, a lo lejos, ya podía ver la carretera picando fuertemente hacia arriba para culminar el Alto del Poio.
La subida es dura, no por algo el Poio se encuentra a más altura que el Cebreiro. Por fin, al final de una larga recta, en continua ascensión, diviso el anuncio que indica la finalización del puerto.
Este es el final que posibilitará el comienzo de una segunda parte de etapa que nada va a tener que ver con lo experimentado hasta este momento. Sólo restaban 100 ó 150 metros y ¡objetivo conseguido! Ahora sí efectúo una corta parada con la intención de detener en el tiempo este instante.
Lamento no haber visitado el Hospital de la Condesa, dejado atrás a unos 5 kilómetros, pero es evidente que no se me pasa por la cabeza volver... En este lugar fue fundado un Hospital en el siglo IX por doña Egilo, esposa del conde Gatón, de El Bierzo. La iglesia de San Xoan es de un aspecto muy parecido a la de Cebreiro.
Concluido el tiempo del lamento me pongo en marcha. Lo primero es abandonar esta carretera; lo hago pronto, antes de un kilómetro, y la alegría me invade: una flecha amarilla indica el camino de tierra, hacia mi derecha.
Lo que ocurre desde este momento hasta la llegada a Samos es de tal magnitud que hace olvidar todo lo sucedido. Es pura magia. En muchos momentos tengo que detenerme, no por cansancio, sino porque consideraba injusto no hacerlo ante tanta maravilla. Es un fortísimo descenso de unos 9 kilómetros en los que se salva un desnivel de unos 800 metros. La piel, a veces, me iba “de gallina”; la adrenalina circulaba a chorros. Técnicamente ha sido el mejor tramo en bicicleta que he hecho nunca. Iba como en una nube.
Lo que va quedando atrás...
Al fondo, Hospital de la Condesa
Comienzo camino a Triacastela
Hasta Triacastela paso por una serie de caseríos y aldeas: Fonfría, Filovar, As Pasantes... El camino es regular, malo en muchos trozos, pero no importa. Desciendo rodeado de acebos, carballos, abedules, pinos, helechos...
Enormes árboles milenarios invitan a detenerse unos instantes. Atravieso pequeños poblados con sus gallinas, vacas, cerdos... Todos ellos a sus anchas en el Camino. Y muchas corrientes de agua por todos lados.
Sólo un par de errores en la conducción en los que no calculé bien la frenada, pero la B-Pro hizo el resto y acabé de nuevo en el camino. Los frenos, tan criticados, estuvieron perfectos. En este descenso son muchos los que se han quedado sin ellos, anécdotas se cuentan muchas en internet.
Me detengo en Biduedo, en donde hay un pequeño local para reponer fuerzas. Al arribar a Triacastela finaliza el largo descenso; de aquí a Samos es un continuo sube y baja típico de la orografía gallega. Los brazos me dolían más que las piernas, que no significa que ellas no lo hicieren. Me detengo en esta población, final de la etapa 11 del Codex Calixtinus, para dar un vistazo. Me doy cuenta de que los dedos de las manos están enrojecidos, luego saldrían callos en estas zonas.
En otros tiempos los peregrinos recogían piedras de la cercana cantera, aún hoy en producción, y las depositaban en los hornos de Castañeda, para con ello contribuir en la construcción de la catedral de Santiago. El núcleo primitivo de población fue fundado por el conde Gatón de El Bierzo, en el siglo IX. Fue el rey Alfonso IX el que desarrolla este núcleo inicial con la intención de convertirlo en una importante ciudad, intención frustrada por la temprana muerte del monarca. En lo que fue el antiguo hospital de peregrinos (hoy casa de Pedreda) se encontraron, en unas excavaciones, restos humanos pertenecientes a peregrinos que fallecían y eran enterrados en el mismo hospital. Por lo que se refiere al origen de su nombre hoy son dos las teorías que cobran más peso. Una de ellas es la que postula la existencia, en tiempos antiguos, de tres castillos de los que hoy día no queda resto alguno. La que a mí me convence más es la que explica su nombre como consecuencia de la expresión “hacia Castilla” (tria Castella), que proviene de ir, tirar, hacia Castilla.
Me dirijo a visitar la iglesia parroquial de Santiago. Sus orígenes son románicos pero en el siglo XVIII se derrumbó casi toda ella para levantar un templo barroco; de todas formas todavía puede contemplarse algún resto románico en ella. Por primera vez asisto a un hecho que me causa sorpresa y algo de desasosiego. Se trata de la coexistencia del cementerio con la iglesia, de tal forma que las tumbas se encuentran distribuidas por todo el espacio exterior del templo, acompañando incluso la entrada al mismo.
Las corredoiras no me abandonarían en mucho tiempo
Entrada en Renche
A la salida de Renche, camino de Triacastela
Entrando en Triacastela
Triacastela, iglesia de Santiago
Se me hace tarde y tengo que llegar a Samos. Allí intentaré pasar la noche en el albergue del monasterio y, en caso de no haber plazas, pues algo surgirá. Continúo ahora con menor stress. El paisaje sigue igual o mejor. Las corredoiras proporcionan un cambiante juego de colores, luces y sombras de efectos psicodélicos.
En uno de estos tramos adelanto a una peregrina. Es una chica jovencita. Camina de una forma que delata un cuerpo justo de energías. Me detengo al llegar a ella e intercambiamos unas breves impresiones. Comenta que viaja sola, desde Roncesavalles. Le manifiesto todos mis respetos, me da las gracias, nos deseamos buen camino, y prosigo.
Es cierto. Profundo respeto para con esta chica, como otra, inglesa, con la que me crucé poco antes de llegar a Triacastela, o como la que, caminando desde Roncesvalles, también me encontré saliendo de Ponferrada. Es curioso, todas ellas muy jóvenes, peregrinando en solitario y mujeres. No vi chico alguno en este ejercicio de compromiso y espiritualidad.
El Camino prosigue y a fortísimas, aunque cortas, subidas le suceden otras tantas bajadas. Son desniveles serios, de esos de tener que bajarte de la bicicleta para poder remontar los últimos metros; en cinco ocasiones tuve, por tierras de Galicia, que poner pie a tierra. No es un recorrido propicio para mí pero lo voy haciendo sin grandes agobios.
A falta de unos 2 kilómetros para llegar a Samos me tomo unos instantes de gloria. Una vista paradisíaca tiene la culpa. La excelsa vegetación, un cercano prado y un río que se cruza por un puentecito, son la causa de mi decisión. Dejo la B-Pro apoyada en la barandilla, me echo sobre la hierba y me dedico a contemplar mientras me fumo un cigarro. Todo, cigarro incluido, fue de gran satisfacción.
Sentí la necesidad de detenerme
Al poco de cruzar el puentecillo el Camino me lleva a una carretera asfaltada que, a su vez, me devolvería a la tierra faltando poco más de medio kilómetro para llegar a Samos. Al fin el monasterio ante mí. Su estructura arquitectónica, entre renacentista, neoclásica y barroca, guarda lo más antiguo de la historia de Galicia y del reino de Asturias. Es uno de los focos espirituales que hicieron posible la Reconquista. Asemeja a una fortaleza militar.
Deben de ser algo más de las 18:30 y lo primero que hago es dirigirme a la puerta de entrada del albergue. Desde recepción ya puedo ver que se trata de una gran sala que se encuentra repleta de gente, mochilas y toda serie de objetos personales desperdigados por todas lados. Me toca el turno y una simpática hospitalera me pregunta si me encuentro muy cansado.
Respondo que sí, lo que no era mentir pero (por si las moscas) puse cara de muuuy cascado. Menos mal, porque sólo quedaban 3 literas libres, según dijo. Me dio una de ellas, situada en la parte de arriba. Claro, como soy alto…
Se trata de un albergue ubicado en el mismo edificio que el monasterio de los benedictinos pero, a diferencia de Gaucelmo, la gestión del mismo ha sido transferida al ente público. El horario es similar pero el orden aquí es caótico y, por supuesto, la disciplina en nada se parece. Tengo una breve conversación con uno de los hospitaleros que me aconseja hacer el Camino en el futuro andando, dice que es mucho más gratificante. Lo probable es que tenga razón.
Monasterio de Samos, fachada barroca de entrada a la Capilla
Me ducho rápido ya que, a las 19:30, tienen lugar los rezos cantados de Vísperas por parte de los monjes en la capilla y, a continuación, se dará la bendición a los peregrinos. Mientras me dirijo a la iglesia siento que estoy mareado. El día ha sido duro y, además, tengo una molesta sensación de vacío en el estómago. El problema es que si voy a cenar me pierdo las Vísperas. Mientras camino decido ir hacia la capilla.
Traspasar la puerta de entrada fue como vivir otra dimensión. Lo percibido por la vista, el oído y el olfato, me puso al límite del control efectivo de mis emociones. La Iglesia, sus naves, su gran cúpula central, las estatuas beligerantes de Fruela y Alfonso, junto con el gregoriano de los monjes, en vivo, fue una experiencia única.
Sentado, en uno de los bancos de la Capilla, pude leer el siguiente texto escrito sobre un papel “…El hombre creyente intuye su relación con Dios en el fondo de su ser…”. Como descargas eléctricas sentía por todo mi cuerpo.
Monasterio, pasillo claustro inferior
Detalle pasillo claustro inferior
Misa en la Capilla
En el albergue
Al salir del acto litúrgico me encuentro muy mareado. Pese a la intensidad de las emociones vividas no se trataba de un arrebato en éxtasis, al estilo de Santa Teresa. Son más de las ocho y media, la comida la hice a las dos de la tarde, y la jornada no ha sido ligerita que digamos.
Cerca del monasterio hay un pequeño, pero bien equipado local, en el que sirven comidas. Me dejo caer en él, lo hago en la terraza ocupando una mesa. Cené bien y, mientras saboreaba el café, mis mareos habían desaparecido. Desde la mesa se podía divisar gran parte de una de las fachadas del monasterio, ya era de noche y se encontraban iluminadas. Quedaba precioso.
Se trata de uno de los monasterios más antiguo de España y de Europa. Fue fundado en el siglo VI por san Martín Dumiense cuando esta zona era controlada, más o menos, por los suevos. En tiempos de dominación visigoda se rigió por la norma de san Fructuoso, pero por breve tiempo ya que la invasión musulmana del 711 provoca el abandono del mismo.
Fruela I, alrededor del año 760, recupera el territorio para el reino astur y comienza de nuevo la actividad del monasterio. Cuando Fruela es asesinado encuentran aquí refugio su viuda y su hijo, el que será Alfonso II el Casto; esto hizo que Alfonso le concediera muchos favores una vez rey. A partir del año 960 abandona la regla de san Fructuoso y se acoge a la de san Benito. Ya en el siglo XII se suma a la reforma cluniacense, adoptando la, hasta hoy, regla benedictina.
El problema de estar así de “arrebatado” es que no prestas la debida atención a las necesidades más mundanas. Tengo un frío de la leche. Voy con una camiseta de mangas cortas, sólo eso. El tiempo se está poniendo fatal. Como tardan en venir a darme la cuenta penetro en el establecimiento. Aquí se está más calentito y mientras me atienden presto atención al parte del tiempo que están dando por la televisión. Mañana lloverá.
Son las 21:45, por lo que faltan 15 minutos para que cierren el albergue. Sin prisas, el albergue está cerca, me dirijo a él. Una vez dentro observo que sigue el bullicio de gente, ahora preparándose todo el mundo para ir a la cama. Cada uno va a la suya en un desordenado orden.
A parte de que no hay almohada para dormir, asunto ya solucionado con la mochila rellena de ropa, hay otro problema: aquí no ofrecen mantas de abrigo. Saco de las alforjas una manta, mantita azul, que me dejó Felisa un tanto a regañadientes pero hace bastante fresco y se muestra claramente insuficiente para su cometido; es así como decido dormir vestido. No descansé a gusto, pero fue suficiente.
Panorámica del monasterio (foto adquirida de ojodigital)