A las seis y cuarto de la mañana estaba echado sobre la litera sin poder pegar ojo así que, dado que ya había cierto movimiento de gente, opté por levantarme.
Subiendo, de Foncedabón a la Cruz de Hierro
Vistas del Monte Irago
Vistas del Monte Irago
No me costó mucho tener las cosas preparadas por lo que a eso de las siete estaba fuera del refugio, a cobijo del roble milenario, siendo de noche todavía.
Hace frío, ahora me acuerdo de esa chaquetilla roja de ciclista que me dejé en casa. Hay niebla pero, afortunadamente, ni viento ni lluvia.
Andando, con la bici del manillar, me acerco al Hostal El Refugio que todavía se encuentra cerrado. Tras una corta espera, a eso de las 7:30, lo abren y paso a desayunar.
Lo hago muy a gusto y, al finalizar, le entrego los bidones de agua a la señorita para que me haga el favor de llenarlos. Una última revisión para comprobar que todo está en orden y doy comienzo la ascensión de los 8 kilómetros que me separan de la Cruz de Hierro.
Voy subiendo con calma. En varios momentos puedo ver a mi izquierda, y luego a mi derecha, grupos de peregrinos a pie que discurren por la senda. Por la carretera diviso a alguien que va andando, empujando la bicicleta. Siento extrañeza pues la pendiente en estos momentos no es excesiva. Al acercarme pude ver que estaba lisiado de una pierna, le dije si todo iba bien y me contestó que sí, que no me preocupara. Él, me dijo, hacía uso de la bicicleta sólo en los descensos.
Hace frío pero disfruto del ambiente, la pena es que la niebla me impide ver con más perspectiva. Diviso a un ciclista delante de mí al que, poco a poco, voy ganando terreno. Cuando llego a su altura nos saludamos y me dice que se dirige a Santiago. Vamos juntos durante un trecho pero, llegado un punto, me dice que va a intentar subir por el camino de tierra, por donde va la gente de a pie. Yo ya sabía que hacerlo por ahí es para muy avezados en mountainbike por lo que proseguí por la carretera.
Más o menos a falta de un kilómetro para llegar a Foncedabón el desnivel se hace mayor. Puse todo lo corto que pude el desarrollo. La niebla continuaba, haciendo peligroso el circular ya que, de vez en cuando, surgía algún vehículo y había que andarse con bastante cuidado. Al llegar a los restos del que fue lugar emblemático del Camino observo que la pareja de ciclistas alemanes están entrando en el refugio, imagino que a tomar algo caliente porque, de verdad, hace bastante frío. Efectúo una rápida pasada por unas casas medio derruidas y decido no detenerme.
Por lo que supe después, hoy sólo viven dos personas en este paraje. Una pastora llamada María y su hijo. Antaño, en el año 946, en Foncedabón se celebró el concilio de Monte Irago para tratar de los asuntos relativos a la falta de seguridad en la zona, como consecuencia de los incesantes robos y asesinatos que sufrían los peregrinos. Aquí es donde Gaucelmo fundó, a mediados del siglo XI, su iglesia y hospital dotando al lugar, por primera vez, de presencia humana. Hoy lo que si hay es un enorme y bien dotado albergue. Nada más.
Foncedabón, no queda nada de su gloria
Foncedabón
El tramo de dos kilómetros hasta la Cruz de Hierro es el más duro. Voy despacio lamentando la imposibilidad de tomar una fotografía con vista panorámica del lugar. Al final me detengo para, por lo menos, retratar la bicicleta apoyada en una de esas estacas que se ponen para cuando la nieve alcanza niveles exagerados. Prosigo el kilómetro o kilómetro y medio que me queda y un “clic, clic”, proveniente de la bicicleta, empieza a mosquearme.
De pronto, al fondo de una empinada recta, comienza a surgir la Cruz de Hierro. Aparco la bicicleta junto a una valla de madera. Se respira un agradable silencio a estas horas de la mañana. He subido en 57 minutos.
Me encuentro situado a 1.504 metros de altitud, en la cima de Monte Irago. La Cruz de Hierro descansa sobre un montículo de piedras que los peregrinos han ido depositando y fijada a un poste de roble de 5 metros de altura.
Mi acompañante
La costumbre de depositar las piedras proviene de muy antiguo, de cuando el peregrino pensaba que el día del Juicio Final, “cuando las piedras hablen”, éstas testificarán a su favor confirmando que había cumplido en vida la peregrinación.
Extraigo de mi mochila el guijarro que me acompaña procedente del Carrascal. Asciendo el montón de piedras y lo dejo en la cima. Conforme voy ascendiendo me doy cuenta que la tradición ha sufrido pequeños cambios ya que, además de piedras, hay todas serie de productos perecederos que, sin duda, no llegarán a tan señalada fecha. Una vez depositada la piedrecita desciendo, con cuidado, y me dirijo a ojear la ermita que se encuentra cercana a la Cruz.
Me preparo para lo que creí ya un fortísimo descenso. Pero no iba a ser así ya que antes de comenzar a bajar los 900 metros de desnivel que me separan de Molinaseca, en unos 10 kilómetros, hay que recorrer otros dos en que, a cortísimas bajadas, se suceden fortísimas subidas.
Transcurrido alrededor de 1 kilómetro llego al poblado de Manjarín, del que no tengo todavía claro si pertenece a la comarca del Bierzo o se trata de unas ruinas maragatas.
Fue ésta otra población que antaño, en el siglo XI, tuvo hospital. A mediados del siglo pasado desaparece y hoy es Tomás quien mantiene vivo un refugio de peregrinos abierto todo el año. El refugio ofrece muy pocos servicios pero cubre un caso de auténtica necesidad en los días gélidos de invierno.
Cruz de Ferro, Monte Irago
Me salen al paso tres mastines, magníficos ejemplares, ni agresivos, ni cariñosos, parece que me ignoran. Pretendo fotografiarles pero se marcharon sin más.
Aquí quedó la piedrecita del Carrascal
Manjarín
Refugio de Tomás, el Templario
Al poco de dejar atrás Manjarín, ahora sí, comienza el descenso. De haber llevado ropa de abrigo hubiese disfrutado de lo lindo pero tengo mucho frío por lo que, continuamente, tengo que tirar mano de los frenos para que no aumente la velocidad. La niebla, excepto algún tramo aislado, ya ha desaparecido.
Al rato de descender, sin tregua, me encuentro en El Acebo, población ya perteneciente a la comarca de El Bierzo. Es característica la imagen que proporciona con sus tejados de planchas de pizarra. Típico pueblo del Camino, con las casas alineadas a ambos lados de la calle principal por donde transita el peregrino. Quizás su origen sea anterior al Camino, ya que esta zona estuvo muy poblada de anacoretas entre los siglos V al VIII. Lo atravieso, como no podía ser de otra manera, por la calle Real.
Continúa el fuerte descenso y ese sonido que produce la bicicleta (“clic, clic”) cada vez me resulta más molesto. Dejo atrás Riego de Ambros, antigua población que en el siglo XII tuvo su hospital de peregrinos, actualmente conserva una iglesia dedicada a María Magdalena.
Molinaseca da por terminada la fuerte pendiente. Llego con dolor en brazos y manos de tanto retener la bicicleta. Toco los discos, con precaución, y queman de lo lindo pero, salvo el ruidito, no hay ningún síntoma de que algo vaya mal.
Es muy agradable esta población. Me detengo nada más entrar en la misma, hay un pequeño jardín con unos bancos y, un poco más abajo, un coqueto estanque formado por las aguas del río Meruelo, que se cruza a través de un puente románico. Todo muy cuidado. Se nota la diferencia de altitud, hace calor y procedo a quitarme ropa de encima.
Comienzo del fuerte descenso hacia Molinaseca
Una breve parada para la foto
Calle Real, de El Acebo
Me siento en un banco, observo el estanque, el puente y una iglesia, mientras como un bocadillo de fiambre con las sobras de ayer por la tarde. Me tiene un tanto ensimismado los reflejos que, sobre el agua, produce el puente, algunas casas y un par de árboles.
Cruzando el puente románico llego a la calle Real. Hay poco movimiento de gentes, sólo un peregrino a lo largo de la calle. He dejado a la izquierda, en un alto, el templo de San Nicolás, de estilo neoclásico, y a lo largo de la calle observo algunas casas nobiliarias, blasonadas.
Molinaseca, calle Real
Molinaseca
Molinaseca, puente románico
Ahora avanzo rápido por una carretera con bastante tráfico y, casi sin darme cuenta, estoy en Ponferrada. Sólo han sido 7 kilómetros.
Es la capital del Bierzo y está emplazada sobre un antiguo castro celta. La zona fue ocupada por los romanos ya que, muy cerca de aquí, se encuentran Las Médulas, lugar de donde fue extraída ingentes cantidades de oro. Posteriormente, en el año 1082, un puente de madera que atravesaba el Sil fue reforzado con hierro y esto dio nombre a la ciudad, Pons Ferrato. Previamente fue denominada Puebla de San Pedro, debido al pequeño núcleo poblacional que surgió alrededor de la iglesia del mismo nombre ya desaparecida.
Hoy, Ponferrada, es una populosa ciudad que, junto con su alfoz, cuenta con más de 90.000 habitantes y que destaca en todos los sectores económicos. A mí me llama intensamente la atención por el castillo, todavía conservado, que perteneció a la Orden del Temple.
Castillo Templario de Ponferrada
Saliendo de Ponferrada
El monarca leonés Fernando II permitió, en el año 1178, que los templarios se asentasen en estas tierras.
Hubiese querido detenerme más tiempo pero me es antipático circular por sus calles y decido proseguir el viaje. Tengo que preguntar varias veces para dar con el Camino pues no encuentro las flechas amarillas. Al final, en una rotonda, un señor me pone en la dirección correcta y un peregrino en bicicleta termina por facilitarme las cosas. Estaba lejos pero pude seguir su rastro a distancia.
No sin dificultades logro superar el cinturón industrial de Ponferrada para, de inmediato, encontrarme en la ciudad de Columbrianos. Actualmente es una pedanía cercana a Ponferrada pero sus orígenes son mucho más antiguos que esta ciudad. Está situada en la denominada Hoya del Bierzo, una depresión totalmente llana, de unos 530 metros de altura media y unos 45 kilómetros de longitud, que es rodeada por la Cordillera Cantábrica, los Montes Gallegos y los Montes Aquilanos. En ella se dan las circunstancias especiales causantes del típico microclima berciano responsable de un fuerte sector ganadero y agrícola (productos hortícolas, frutales y viñedo).
En Columbrianos existen restos de antiguos castros romanos, uno de ellos cerca del camino de los peregrinos. Prosigo a buen ritmo y dejo atrás Fuentes Nuevas, luego Camponaraya; es así como por un paisaje suave y poco accidentado, por una pista asfaltada que discurre entre viñedos, castaños, praderías y árboles frutales, llego a Cacabelos.
Estoy a sólo unos 8 kilómetros de Villafranca del Bierzo, final de etapa, y me detengo unos instantes junto a la ermita de San Roque. Se encuentra situada en el centro de la población y data del año 1590. En sus inicios se llamó la ermita de la Vera Cruz pero 9 años más tarde cambió de nombre debido a que San Roque fue el santo protector de la peste que estaba asolando la población.
Cacabelos se encuentra a orillas del río Cúa y fue destruida en poco tiempo dos veces; una por Almanzor y, poco más tarde, por un terremoto. De las labores de reconstrucción se encargó el arzobispo de Santiago, Gelmírez.
Cacabelos, ermita de San Roque
Tras tomar una foto de la ermita prosigo con dirección a Villafranca. Son un total de 8 kilómetros de recorrido, por una pista de tierra, muy duros, con fuertes rampas y un firme de precaria adherencia. En una de estas subidas tengo que bajar de la bicicleta, por primera vez, para coronar los últimos metros caminando. Luego, ya en Galicia, tendría que hacerlo más veces.
Por la hoya del Bierzo
De Cacabelos a Villafranca
Viñedos y casa de campo
Albergue de peregrinos, a la entrada de Villafranca
Pedaleando, entre viñedos y arboledas, llego a Villafranca. Antes de entrar en la población, a la derecha y algo más abajo del camino, se encuentra el albergue municipal en el que me detengo a eso de las 14:30.
No me ponen ningún inconveniente para alojarme, pero me indican que la bicicleta tiene que quedarse fuera, sin ningún tipo de cobijo. No me resigno a ello e insisto a la hospitalera que, al final, me da el visto bueno para que, a última hora de la noche justo antes de cerrar el albergue, la pase al salón comedor. Eso sí, me advierte de dos cosas: que no ensucie las paredes con las ruedas y que, en caso de venir su jefe, dirá que la he pasado yo sin su permiso. Bueno pues…
El albergue es grande, confortable y muy bien organizado. Me doy una ducha que me deja bastante recuperado de los últimos kilómetros. Al terminar me acerco al pueblo para comer, pero antes me ocupo de dejar candada la B-Pro a una farola.
El albergue se encuentra en lo alto del pueblo, por lo que tengo que descender un buen tramo. Villafranca es una pequeña ciudad donde se aúna la monumentalidad y el encanto de la vida rural. Se encuentra situada en la confluencia de los ríos Burbia y Valcárcel, es preciosa y se la conoce también como “la pequeña Compostela”.
Tal como me indica un señor, siempre hacia abajo, llego a la plaza Mayor. Hay un buen número de lugares para poder comer y me
siento en la terraza de uno de ellos donde, tranquilamente, consumo mi ración de pastas y carne. Una vez finalizada la comida doy un paseo por los alrededores.
Esta ciudad tiene su origen en comunidades de francos asentados como consecuencia de la política repobladora del monarca Alfonso VI, allá por el año 1070. Al fondo de la plaza Mayor se encuentra la calle de las Aguas; paseo por ella y quedo maravillado por el conjunto de casas nobiliarias que contiene.
Tal como voy caminando pienso que la bicicleta necesita una limpieza y un engrasado. Ahora sí, con toda certeza, el bote de aceite me lo dejé olvidado en La Bañeza. Me dirijo a una tienda de repuestos que hay en una calle poco antes de entrar a la plaza Mayor y en dirección al albergue para comprar otro.
Ya en el albergue, me llevo la bicicleta a un descampado situado en la parte trasera y aprovecho una manguera que allí se encuentra, conectada a un grifo, para darle una buena limpieza. Para intentar solucionar el problema del ruidito que viene haciendo desmonto la rueda delantera y descubro, en la parte superior del disco, unas muescas que delatan el hecho de que, al rodar, está golpeando sobre la pinza del freno ¡Otra vez los dichosos discos!
Procedo a desperdiciar una cámara. Fabrico unos topes con unas tiras de ella debidamente recortadas para que adapten perfectamente entre el eje y la horquilla y, de esta forma, elevar algo la pinza de freno con relación a la parte superior del disco. El remedio empleado fue un éxito que aún hoy, meses después, sigue vigente.
Es ahora el momento de disfrutar un ratito contemplando uno de los monumentos más importantes del Camino: la Iglesia de Santiago. Fábrica perteneciente al románico lombardo, de una sola nave, en la que destaca la portada. Es la Puerta del Perdón, en donde se concedía a los peregrinos enfermos, a punto de fallecer, las mismas indulgencias que si hubiesen llegado a Santiago.
Iglesia de Santiago, Puerta del Perdón
Iglesia románica de Santiago, vista trasera
Detalle ábside Iglesia de Santiago
Frontal de la Iglesia de Santiago
Ya de noche dejo la bicicleta otra vez candada, junto a una farola, y bajo al pueblo para cenar. Lo hago en el mismo lugar en donde comí, si me fue bien una vez no tengo por qué cambiar.
Concluida la cena doy un pequeño paseo por las calles y, al poco, me marcho al albergue para acostarme.
Espero sentado a la entrada del mismo a que den las 10:45, hora en la que puedo meter la bicicleta en el comedor. Hay mucha gente y en todos lados se comenta la etapa de mañana, la “etapa reina”: Cebreiro. Esto es distinto a lo visto hasta ahora y no me produce buenas sensaciones, estoy algo de “capa caída”.
Mi idea de peregrinar en solitario, viviendo el Camino como una experiencia personal, aquí no cuadra. Mucha gente, mucha. Grupos de ciclistas, que nada tienen que ver con mi sentir, me turban: sus vestimentas, el material que llevan, sus conversaciones... Se trata más de desafíos deportivos que de peregrinar y, como son élite deportiva, con ellos no va lo de “buen camino”. No tienen tiempo que perder, son de otra categoría.
Antes de meterme en la litera deseo buenas noches a la gente que tengo a ambos lados. A mi derecha, en la parte superior, duerme una mujer que tiene al marido un par de pasillos a mi izquierda. Muy amable me propone desayunar con ellos en la mañana y yo, cortésmente, declino.
Llevaba despierto algún tiempo pero preferí levantarme en último lugar. Al ir hacia los servicios me despido de mi acompañante de ayer, también lo hago de la mujer que huye de su “hombre”. Es ya tarde, sobre las nueve de la mañana, todo el albergue está a mi disposición y, pausadamente, voy recogiendo mis cosas. Los guantes que creía perdidos no lo estaban. Bueno…, ahora tengo dos pares.
Bajo al centro de la población en busca de un sitio en donde desayunar. Me detengo en uno de apariencia más familiar. En él tomo un buen tazón de café con leche y un par de tostadas, bien grandes, con abundante mantequilla (la señora me la sirvió en uno de esos recipientes familiares que solemos tener en casa). Mientras desayuno repaso mis anotaciones con el objetivo de encontrar el camino hacia Astorga.
Es una bonita ciudad La Bañeza. Cuenta con algo más de 11.000 habitantes y se encuentra bañada por el río Órbigo. La existencia de oro provocó que esta zona fuese conquistada por Roma, quedando ubicada dentro del denominado Conventus Asturum enmarcado, a su vez, en la provincia Gallaecia. Por estos parajes combatieron suevos y visigodos y, con la invasión musulmana, sufrió una terrible devastación al estar situada en el trayecto de la Vía de la Plata, camino seguido por las tropas invasoras para alcanzar el interior y la parte más septentrional de nuestro país.
La ciudad es fundada en el siglo IX por orden del conde Gatón de El Bierzo. El aporte de población es doble; por un lado, bercianos de Pereje y, por otro, mozárabes llegados desde Córdoba. Estos dan como nombre a su hábitat Bani Eiza. Con el tiempo ambos núcleos se fundirán en un solo.
Actualmente posee una economía pujante ya que, además de su agricultura, es de destacar que posea dos grandes polígonos industriales. Cuenta con una de las azucareras más importantes de España.
La Bañeza, iglesia de San Salvador
San Salvador, detalle ábside románico
Antes de meterme de pleno en el Camino me dirijo a visitar la iglesia de San Salvador. Se tienen noticias de esta iglesia ya en el siglo XI pero la fábrica original fue destruida por completo a excepción de un ábside, románico, del siglo XII.
Se me ha hecho muy tarde, tal como puede verse en el reloj de la iglesia, son las once menos veinte, y esto me hace partir ya sin más demora.
Salida de La Bañeza, con dirección Astorga
El viejo puente, referencia inequívoca
Me cuesta un poco retomar el Camino. Un par de equivocaciones me obligan a dar marcha atrás, pero importa poco ya que el entorno es agradable y para nada estresante. Por fin consigo posicionarme correctamente, en un camino que transcurre paralelo a lo largo de las vías de un tren ya en desuso. Llego a la referencia más importante que no es otra que la de un viejo puente de ferrocarril. Para cruzarlo desmonto de la bicicleta por si las moscas…
El trayecto hacia Astorga es bonito. Una pista de tierra de color rojizo en suave ascenso, al fondo ya se divisa el Teleno. Ambos lados del camino están recubiertos por una vegetación de monte bajo, de tipo mediterráneo: chaparros, jaras, tomillos… El horizonte sigue libre a la mirada, todavía las líneas rectas mandan en esta zona.
Ya por aquí las señalizaciones son buenas por lo que, sin mayor problema, llego al puente romano de Valimbre construido sobre el río del mismo nombre, también llamado Turienzo. Me llama la atención sus vistosos tajamares rematados con pizarras perfectamente encuadradas. Cuatro son los arcos de medio punto que lo conforman.
Cerca de Astorga el camino pierde su natural belleza al tener que abandonarlo y pedalear, unos 6 ó 7 kilómetros, por el arcén de la carretera general. Es un arcén amplio por lo que no es excesivamente gravoso el hacerlo. Me adelanta, veloz, un ciclista de carretera que me desea buen camino.
Al fondo ya se divisa el Teleno
Ascenso suave pero continuo
Valimbre, puente romano sobre el río Turienzo
Ya estoy en Astorga. Son tantas las veces que he visualizado esta ciudad en distintas fotografías que no me resulta extraña. Casi sin preguntar me dirijo al centro, a la Plaza Mayor. En el trayecto diviso la muralla romana, el palacio de Gaudí y más monumentos que no me detengo a fotografiar, ya que tengo buena provisión de ellos. El bullicio de gente es enorme. Muchos son los peregrinos, a pie y en bicicleta, muchísimos extranjeros, sobre todo italianos.
No es tarde pero me doy cuenta de la presencia, a lo lejos, de unas nubes amenazantes y decido comer pronto para proseguir cuanto antes. Mi intención es llegar a Foncedabón pero mantengo muchas reservas sobre ello, en el caso de complicarse el tiempo me detendría en Rabanal.
Metido en estas consideraciones es como me detengo en un restaurante situado en una calle coincidente con el Camino, cerca de mi mesa hay una flecha amarilla. Allí pido lo de todos los días, pastas y filete de ternera o cerdo.
Astorga es una ciudad leonesa de larga historia. Fue enclave importante en tiempos de los romanos y punto clave dentro del Camino de Santiago. Aquí finaliza la Vía de la Plata, pues Astorga es el punto de enlace de esta Vía con el Camino Francés que proviene, ya dentro de España, de Roncesvalles. Se encuentra junto al Teleno, monte sagrado para los astures, y los romanos la denominaron Asturica Agusta, capital del Convento de los Astures.
Astorga, Plaza Mayor
En esta calle, un poco más atrás, comí...
Vista parcial de la Catedral de Astorga
Ubicada junto a los ríos Tuerto y Jerga, es atravesada por multitud de vías romanas que la unían con Braga, Lugo, Zaragoza, Zamora, Salamanca y Mérida. Era un punto estratégico de primer orden para la correcta explotación de las minas de oro de las cercanas Médulas.
La ciudad se perdió con la invasión mora y fue reconquistada definitivamente por Alfonso III, lo cual no evitó que Almanzor la destruyera totalmente en el 964. Su condición de ciudad jacobea propicio su rápida reconstrucción.
Prosigo el viaje por las calles de Astorga, sobre el suelo están pintadas, claramente visibles, las flechas amarillas. Antes de abandonar la ciudad doy un vistazo a la catedral y saco algunas fotos. Tengo ganas de penetrar en la comarca maragata de la que esta ciudad es capital, aunque nada tenga que ver con el espíritu de la zona que representa.
Tal como voy dejando atrás Astorga me percato de que el tiempo está empeorando. El camino es precioso ahora con bastante gente transitando por él, lo que supone una novedad para mí ya que en todo lo recorrido hasta ahora no he visto a nadie, excepción hecha de mi acompañante de ayer en el tramo Alija-La Bañeza. Ante la amenazante situación climatológica, agravada por el viento, decido pasar la noche en Rabanal del Camino, es muy arriesgado subir a Foncedabón llegando, como llegaré, ya cansado.
Me ilusionaba mucho desviarme al pueblo de Castrillo de los Polvazares, son 4 kilómetros que, en circunstancias normales, no suponen un gran esfuerzo pero ahora las cosas son distintas. El terreno que me espera es de alta montaña y, en estas condiciones, si se complica todavía aún más el tiempo, temo llegar demasiado tarde y no poder encontrar albergue, lo que me dejaría en una situación de difícil solución.
El camino es estrecho y, en algunos puntos, más bien parece una senda. El desnivel cada vez es mayor aunque, de momento, es fácil la ascensión.
El paisaje comienza a tornarse distinto, épico. Son parajes que me hacen sentir algo especial, me recuerdan, y cada vez en mayor medida, secuencias de El Señor de los Anillos. Los nombres de los pueblos y lugares también. Es la magia de la comarca, del Teleno, del Monte Irago.
Adentrándome en la comarca maragata
Al fondo, Castrillo de los Polvazares
Las nubes se muestran amenazantes
Alcanzo la población de Murias. Tengo que detenerme a unos 50 o 60 metros antes de llegar al pueblo pues la imagen ofrecida lo merece. Es como si de un cuento fantástico se tratase. Lo mismo me ocurre en Santa Catalina de Somoza, en El Ganso. Me es imposible describir las sensaciones, sólo puedo decir que me niego a transitar por estos parajes sólo ésta vez.
Es el nombre de los habitantes de estas tierras, maragatos, el que da nombre a la comarca. Es gente que, desde el siglo XVI, se dedicó a la arriería. La comarca se encuentra al abrigo de los montes Teleno y Monte Irago, montañas sagradas para los astures, es una zona de transición entre el macizo galaico y la depresión del Duero, de inviernos largos y fríos mientras que los veranos son cortos.
Tierras áridas y montañosas en las que la agricultura no es una forma de ganarse la vida por lo que sus habitantes tuvieron que recurrir al comercio.
La arriería traerá consigo una forma de arquitectura popular de grandes casas de piedra con pocas ventanas, en donde la vida se realiza en un gran patio interior al que se accede por medio de una gran puerta a través de la cual penetrará también el carro.
Para otro momento queda mi intención de saborear un cocido maragato y de asistir, si fuere posible, a una boda maragata en la que no faltará la figura del tamborilero.
Dejada atrás Murias llego a Santa Catalina de Somoza. Somoza, “bajo el monte” (sub-montia), situada bajo el Monte Irago. Hago una parada para fotografiar una casa y también la estatua levantada en memoria de Agapito, el tamborilero de la comarca. En la iglesia parroquial de Santa Catalina se encuentra una reliquia de San Blas.
Viento y desnivel van en in crescendo conforme avanzo y, al llegar a El Ganso, hago una parada con la intención de tomar una coca-cola y descansar unos minutos. El bar Cawboy-Cawboy está, exactamente, como lo vi en tantas y tantas fotografías. Mientras termino el refresco estiro las piernas por los alrededores.
Esta pequeña población contó en el siglo XII con un hospital y monasterio, ambos dependientes de la orden de Cluny pero, sin duda alguna, es la simbología de su nombre la que debe despertar la imaginación de los peregrinos. El ganso es para las culturas celtas y pre-celtas un símbolo sagrado.
Puedo decir que la ascensión a la Cruz de Hierro comienza aquí, no en Rabanal. El camino es duro y las rampas cada vez más empinadas. Al poco de salir rebaso los restos de la antigua explotación de oro que los romanos tenían en la Fucarona.
Murias, fascinante la entrada. Hasta el tiempo mejoró.
Santa Catalina de Somoza, casa arriera.
Iglesia de Santa Catalina de Somoza
Prosigo por el camino de tierra, que ahora sigue paralelo a una estrecha carretera local, y voy observando la vegetación. En las zonas más bajas y medias predomina la encina y el roble, acompañados de matorrales como el brezo, escobas y jaras; en los niveles más altos se encuentra el abedul acompañado de enebros.
Voy de desarrollo todo lo corto que puedo y me quedan unos 6 kilómetros para llegar a Rabanal. El camino de tierra es ya una senda que a menudo desciende para volver ascender como consecuencia de superar diversos regatos, haciendo muy duro el pedalear.
Iglesia de El Ganso
El Ganso, bar Caw-Boy
Hacia Rabanal, viento de cara y senda
En uno de los momentos en que éste se encuentra en una posición más elevada que la carretera, tras coronar una loma, veo que circulan por ella una pareja de ciclistas que, poco a poco, me van sacando distancia. En una de las alforjas llevan una bandera alemana, luego es lógico pensar que sean dos peregrinos alemanes. Mejor aún, él un peregrino; ella, un “pedazo” de peregrina.
Lo visto me hace abandonar la senda de tierra. Cuando regreso a la carretera me han sacado 10 ó 15 metros de distancia. Están cerca y se me pasa por la cabeza acelerar el ritmo y ponerme a “rebufo”. Él va delante y ella detrás… Esto era un incentivo, ¿no? Pues no lo hice y así llegamos los tres a Rabanal del Camino.
Rabanal, como su propio nombre indica, es una población muy ligada al Camino. Es el pueblo en que más hondo sentir santiaguista se respira de todos por donde he pasado; sentimiento acrecentado por la actividad de los monjes benedictinos del monasterio de San Salvador del Monte Irago, situado al lado de la iglesia románica de Santa María, que se puede ver nada más entrar en el pueblo.
Cuenta en la actualidad con casi 60 habitantes, pero es una preciosidad. Es un pueblo que está en la Historia y en la leyenda; aquí dice la tradición que Felipe II hizo noche en su viaje a Compostela, aquí (según el poema épico “Crónica de Anseis”) se desposó un caballero de Carlomagno con la hija de un rey moro…
Este lugar estuvo dotado de fueros por Fernando II desde 1169 y, desde principios del siglo XIII, existió una avanzadilla de los templarios pues Rabanal fue, siguiendo el Codex Calixtinus, final y comienzo de etapa.
El paso por el Monte Irago albergaba muchos peligros y era de buen atino el detenerse aquí y reponer fuerzas para atravesarlo al día siguiente. El Temple se encargaba de dar protección en la medida de lo posible.
El pueblo tiene un trazado urbanístico típico de los pueblos cuyo origen, o desarrollo, fue consecuencia de la vía de peregrinación.
La Calle Real lo atraviesa en línea recta de parte a parte y, a ambos lados, no hay mucho más. Asciendo por ella hasta su finalización, lo cual no es cosa baladí. Me fijo en sus casas, albergues disponibles, lugares para cenar… Tengo ya claro que prefiero pasar la noche en el refugio Gaucelmo, al lado del Convento de San Salvador del Monte Irago, regentado por los benedictinos.
En la misma fachada se encuentra la entrada al convento y al lado (a su izquierda) el refugio. Es un edificio de piedra muy cuidado, me acerco a la entrada del albergue y lo primero que puedo leer en un cartel es que los ciclistas no pueden entrar antes de las 17:00, ahora son las 16:15. Durante unos minutos sigo curioseando y leyendo, disimulando ya estaba dentro del refugio, una serie de comunicados sobre un panel informativo. Me percato de que los monjes ofrecen una buena actividad a base de charlas y ceremonias religiosas de índole santiaguista. También me doy cuenta de que son benedictinos, benedictinos alemanes…
Rabanal del Camino
Entrada a Rabanal
Estoy en la entrada, sin solicitar aposento, pero bien visible. El que aparenta ser encargado del albergue, un señor alemán, me miró un par de veces mientras inscribía a unas peregrinas que no parecían españolas. Al terminar me hace unas indicaciones para que avance hacia él y yo, obediente, allí fui. Me preguntó, en mal castellano, si viajaba solo. Le dije que sí para, acto seguido, interesarse por mi lugar de origen. Le conté que salí de un pueblecito de Salamanca, Mieza de la Ribera. Salamanca debe de ser una de sus devociones porque cuando citó la Plaza Mayor se le alegró el rostro sobremanera.
Iglesia de Santa María vista hacia el este
Santa María vista hacia el oeste
Sea por el motivo que fuere, lo cierto es que me dijo que podía pasar ya ¡Qué alivio! Rápidamente saqué las credenciales, le di los datos que necesitaban para el registro y su ayudante me acompañó a un pabellón, todo él en piedra rústica, en donde me dijo que eligiera litera para pasar la noche. La B-Pro, me indicó, que la dejara en un descampado que hay anexo al pabellón, debajo de una techumbre, junto con la leña ya cortada para el invierno.
Refugio Gaucelmo, a la derecha el monasterio
Monasterio Monte Irago
El sitio es sobrio y coqueto. Buenas literas, con derecho a una manta, y sin almohada. Una vetusta puerta de madera, pero consistente, da entrada al local. Nada más penetrar, a la izquierda, se encuentra la zona de los servicios, muy bien pertrechados. Dejo mis cosas y paso a la ducha. Perfecto, todo limpio, no falta de nada. El agua, eso sí, sale automáticamente sin poder graduarse, fría (fría, fría) y un temporizador se encarga de que cada 15 segundos deje de caer, teniendo que pulsar de nuevo sobre el botón.
Las normas son estrictas, estamos ante benedictinos alemanes. No se pueden dar gritos, ni hablar en voz alta, no se puede fumar en las instalaciones (ni siquiera en las zonas al descubierto), a las 10:00 se cierra el albergue sin posibilidad de entrar (y es así), a las 7:30 de la mañana es obligatorio abandonar el albergue… Pese a mi interés por experimentar las sensaciones del peregrino me sentí incómodo con tanta rigidez.
Tras la ducha recogí las cosas y me senté unos minutos bajo un enorme roble que hay al salir, en una plazoleta enmarcada por el propio refugio, el convento y la iglesia. Recordaba en estos momentos que Gaucelmo fue un ermitaño que fundó en Foncedabón una hospedería y una iglesia en el siglo XI; luego supe además que, en el año 1103, el rey Alfonso VI concedió a este sitio la exención de pago de todo tributo a perpetuidad.
Era pronto para cenar pero sentía hambre, por lo que marché en búsqueda de un comercio que había detectado en mi exploración inicial de la Calle Real. Es un local pequeñito pero hay de todo para salir del paso.
Compré pan, fiambres, una coca-cola y marché a las afueras del pueblo. Sentado, apoyado en una pared de piedras al cobijo del viento, comí un bocadillo que supo a gloria. Ya se me había pasado el ligero mareo que traía conmigo.
En mejor situación física, aprovecho para dar una vuelta por la población. Examino el trazado de salida ya que a las horas en que abandonaré el albergue no habrá luz y temo que llueva. Está el cielo cada vez más cubierto y el viento sopla fuerte.
La cena la efectúo a las 20:30 en un local muy agradable denominado Hostal El Refugio. Es un sitio pequeño pero de calidad. Cenan también el encargado del Gaucelmo y su ayudante; también veo entrar en busca de una mesa a la pareja de ciclistas alemanes de los que ya hablé antes.
Tras la cena, durante el café, fumé un par de pitillos y tranquilamente, a eso de las 21:30, me dirijo hacia el albergue situado a unos 40 ó 50 metros de El Refugio.
Por si hacía acto de presencia la lluvia dejé todo cargado en las alforjas y éstas montadas sobre la bicicleta; todo bien recogido en las bolsas de plástico que traje para la ocasión. Llevé conmigo, al dormitorio, la ropa y zapatillas de ciclista con toda la ropa de abrigo disponible para la mañana pues, ahora mismo, ya hacía frío.
No descansé bien. El viento soplaba fuerte y se hacía oír. Imaginaba un día terrible al amanecer. Me acordé de Pascual en aquel invierno que a punto estuvo de tener un fuerte percance por el frío y la nieve en Foncedabón. La situación en nada se parecía, pero la imaginación puede con todo.
Cada vez que alguien iba a los servicios un extractor se ponía en marcha al estar sincronizado con el interruptor de la luz y el ruido que ocasionaba era muy molesto. Alguien protestó desde su litera. Después de maldecir dicho extractor y a los/as que entraban al servicio me entraron ganas de ir a mí. Decidí ir a los servicios que hay en el patio exterior para evitar que se acordasen de mí en la forma en que yo lo hacía de ellos.
Eran las 04:00, cogí la linterna y descalzo salí fuera del recinto. Allí me puse las zapatillas, bastante ruidosas para la ocasión. De vuelta, al entrar, creo estar seguro de alcanzar la litera sin necesidad de la linterna. Error, no me acordaba de un escalón que hay al poco de de dejar atrás la puerta. Doy un traspié y para no caer tengo que dar varios enérgicos y ruidosos pasos saliendo despedido contra unos camastros cercanos. Ellos impidieron que acabase en el suelo a costa de despertar a los moradores.
A las 8:00 me pongo en pie y observo que el gallego ya ha marchado con su bicicleta. Desayuno en el bar y me despido de la hospitalera y su hijo al finalizar. Saco la bicicleta de la sala en que pasó la noche. Recojo la ropa tendida que había lavado en la tarde anterior e introduzco todo en las alforjas que, a su vez, coloco sobre la B-Pro. Me despido del vasco, él va en autobús hasta Benavente para, desde ahí, continuar hasta La Bañeza.
Surge un ligero inconveniente, pues no encuentro los guantes para ir en bici. Por más que remuevo el contenido de las alforjas no consigo encontrarlos. Tengo que salir sin ellos y me hago a la idea de tener que comprar unos nuevos en Benavente.
Tarde, a eso de las diez de la mañana, abandono Granja de Moreruela con muy buen sabor de boca. El final de etapa lo he fijado en La Bañeza, ya en la provincia de León, y como es muy tarde decido llegar a Benavente por carretera. Atravesar la población es peligroso ya que el arcén es prácticamente inexistente y el tráfico de camiones abundante. Tras una larga subida consigo dejar atrás este peligroso tramo, el arcén se amplia y circulo más cómodo.
Iglesía de Santa María de Barcial de Barco
Antes de llegar a Benavente dejo atrás tres pueblos en los que, aunque todavía de secano, cada vez se va notando más la presencia de la humedad del valle. Son, por este orden, Santovenia de Esla, Villaveza del Agua y Barcial del Barco.
Se trata de poblaciones pequeñas en donde las edificaciones se construyen generalmente de barro. Las iglesias, como no puede ser de otro modo, constituyen las principales referencias artísticas. Llama mi atención la iglesia de Santa Marina, de Barcial, con torre rectangular rematada en forma de polígono octogonal.
Dejando atrás ésta población me adelanta el autobús que había partido de Granja, en el que iba mi compañero de pernocta, el vasco. Apenas quedaban unos pocos kilómetros para llegar a Benavente, había pedaleado a un buen ritmo y estaba contento por el tiempo invertido en recorrer los 30 kilómetros que separan ambas poblaciones.
Pero la entrada a Benavente iba a resultar de lo más engorroso. Perdí todo el tiempo que creí ganado. Nada más salir de Barcial del Barco debí de dirigirme hacia el camino indicado por las flechas amarillas, me hubiese evitado el tener que circular entre rotondas, acosado por automóviles, camiones y autobuses. ¡Esto sí que era ser un viajero en tierra extraña!
Más preocupado en no ser atropellado que por encontrar la dirección adecuada me encuentro, sin quererlo, pedaleando en el ramal de entrada a la autopista de Astorga. Tengo que frenar y retroceder, por el arcén, caminando hasta un punto en que poder salir de esta situación.
Para aclarar un tanto las ideas me detengo en una gasolinera que hay poco antes del punto por donde entré, sin quererlo, camino de la autopista. Pongo paz interior comiendo un bocadillo, acompañado por la coca-cola. Aprovecho para poner algo más de presión a los neumáticos y, justo cuando estoy enrollando la manguera del aire a presión, diviso una flecha amarilla al fondo, pintada sobre una torreta del tendido eléctrico.
Flecha amarilla indicando el Camino
Camino de Benavente
El río Esla en Benavente
Monto sobre la bicicleta y me dirijo hacia ella. Indica recto, circulo por la calle de un polígono industrial. Al fondo, a lo lejos, me doy cuenta de que la calle no tiene salida y veo la tela metálica que anuncia la presencia de la autopista. No me queda otra que llegar hasta allí, iba preocupado pues no distinguía posible desviación alguna.
¡Uff! Llegando al final sí se encuentra una flecha amarilla, pintada sobre una piedra, prácticamente a la altura del suelo. Indica hacia la derecha. Miro y no veo camino alguno, por lo que tengo que descender de la bicicleta y realizar una pequeña exploración a pie.
Sí lo había, un pequeño paso tras cruzar una acequia por el que apenas cabía una persona. La sorteo levantando en el aire la bicicleta y, tras andar unos pocos metros, se ofrece otra vez el Camino, señalizado por una flecha que indica “todo recto”. Es un camino estrecho, que discurre paralelo y justo al lado de la autopista, pero que me ofrece una agradable sensación de seguridad. Prosigo por él unos tres kilómetros, sorteo campos de regadío y, al fin, llego a Benavente. La última gran ciudad de Zamora.
La ciudad se asienta al lado del río Esla, el Éstula para los romanos. Este río marcaba los límites de las zonas pertenecientes al dominio vacceo y astur. En Benavente se cruzaban las calzadas romanas entre Astorga-Occelo Douri y Astorga-Caesar Augusta, tal era su importancia estratégica. Tras los romanos viene un periodo de dominio suevo y luego, Leovigildo, posibilita el visigodo. Con la invasión de los musulmanes se origina un tiempo oscuro, del que no se tienen apenas datos.
Para Benavente el monarca por excelencia es Fernando II. El monarca leonés fijó su residencia en ella durante largo tiempo. Durante su reinado se levantaron las iglesias románicas de Santa María de Azogue y San Juan del Mercado, las cuales tengo intención de visitar.
El convencimiento de que había perdido los guantes era total. Por tal motivo no tengo más remedio que adentrarme en la ciudad en busca de una tienda de repuestos. La encuentro tras ir ascendiendo por una gran avenida. Son mis nuevos guantes de color azul y más mullidos, me los coloco y me dejo caer calle abajo. Voy atento por localizar una terraza de bar en donde sentarme un rato.
Ya sentado junto a una mesa, con la B-Pro a mi lado, pido algo qué comer. Estando en ello pasa por mi lado el vasco, al que invito a sentarse un rato. Acepta y continuamos la charla dejada en Granja, ahora tocamos asuntos como la reconquista y el románico; está claro que estos temas nos apasionan a los dos pero el tiempo se echa encima y tenernos que despedirnos. Me queda un buen trecho todavía hasta La Bañeza y él también se dirige aquí pero (¡caramba con el caminante!) se tiene que ir rápido, a la estación de autobuses…
Iglesia de Santa María de Azogue, Benavente
El tiempo pasa raudo y, si charlas a gusto, mucho más. Quería visitar las iglesias de San Juan del Mercado y Santa María de Azogue pero sólo tengo tiempo para ésta última ya que desde ella es más fácil retomar la ruta de las flechas amarillas. Pregunto a unas señoras que me indican la dirección para encontrarla. Tras ascender por otra avenida, y callejear un poco, queda a mi vista. El templo es una construcción románica de finales del siglo XII, edificado (como ya comenté antes) bajo el reinado de Fernando II. Impresionan sus cinco ábsides y todo ella tiene un aire cisterciense influenciado por el monasterio de Santa María de Moreruela.
Prosigo por la calle de los Herreros, por detrás de la iglesia, y voy a parar a una plaza llamada Santa María. Salgo por su izquierda en busca de la Cañada de Vizana, camino de la población que me sirve como primera referencia, Villabrázaro.
Camino de Villabrázaro, antigua vía romana
Algo más de cuatro kilómetros transcurren para encontrar la desviación, hacia la derecha, por un camino de tierra que rápidamente se adentra en una zona boscosa tras un fuerte repecho.
Están estas tierras llenas de historia, por estos parajes se libró una batalla decisiva contra los árabes en la que Ramiro, rey de León, los derrotó, sirviendo esta victoria como aliciente para avanzar hacia el Duero. El camino de tierra transcurre por una antigua calzada romana de la que aparentemente no quedan restos. En dos ocasiones cruzo las vías de un tren que, me da la impresión, no está actualmente en servicio.
Iglesia de Villabrázaro, dedicada a la Magdalena
Entre Villabrázaro y Maire, entramos en León
Chimeneas de ventilación de las bodegas, en Maire
El Camino hasta Maire de Castroponce discurre por una pequeña carretera asfaltada. Son tierras bañadas por el río Órbigo (afluente del Esla) y, arribando, observo las cuevas excavadas en la tierra para madurar el vino, con sus chimeneas de ventilación emergentes. El material de construcción empleado por aquí es el adobe, barro mezclado con paja y secado al aire libre. Se trata del último poblado de la provincia de Zamora.
Prosigo el recorrido por esta agradable carretera local, ya en tierras de León. La orografía es muy favorable y me permite disfrutar del paisaje. Hasta ahora he pedaleado por la vertiente oriental del Órbigo y el Puente de La Vizana, tras cruzarlo, me pondrá en su vertiente occidental.
Antaño fue el puente de La Vizana lugar estratégico. Con los romanos, de la Vía de la Plata; en épocas medievales, del Camino Mozárabe de peregrinación a Santiago.
Actualmente forma parte de un enclave bello y poco transitado. El puente fue edificado por los romanos pero, desde aquellos tiempos, ha sufrido varias reconstrucciones. En el Medievo tuvo lugar alguna de ellas, alcanzando su aspecto actual con la efectuada en el siglo XVI.
Llegado a Álija del Infantado decido hacer una parada para comer. Como en casi todos estos pueblos una calle principal constituye el eje que vertebra todo el resto del espacio. No encuentro ningún sitio donde sirvan comidas, el pueblo (aunque debe de andar sobre los 1000 habitantes) se encuentra solitario. Distingo a una señora y rápido me dirijo a ella en bicicleta. Me aconseja que vuelva hacia atrás ya que un kilómetro antes de entrar en la población hay un complejo municipal, con piscina y bar, en el que sirven comidas. Me insiste en que me dé prisa ya que de lo contrario me quedaré sin comer. Pues eso hago, darme prisa.
Deben de ser sobre las 15:30 cuando hago entrada en el bar indicado. Afortunadamente sí se puede comer, por lo que pido el menú del día y, mientras tanto, saboreo unas cortadas de pan del lugar que una niña me acerca a la mesa.
Al terminar la comida decido reposar un poco tendido bajo un árbol, en la zona ajardinada de este lugar. La bicicleta está apoyada sobre el respaldo de un banco. Todo parece tranquilo hasta que oigo ¡Mirar, mirar, un peregrino!
La B-Pro, tomando el fresco en La Vizana
Puente de la Vizana, sobre el río Órbigo
Dos señoras, acompañadas de un par de críos, se interesan por mí. Abandono el lugar, no sin antes despedirme amablemente.
Al finalizar la Calle Mayor se encuentra la ermita del Santo Cristo de la Vera Cruz, de fachada románica. Hay a su lado una plaza amplia de aspecto desierto y un tanto mórbido; en el centro de ella la figura de una estatua que parece ser un peregrino y, al fondo, la puerta de entrada al cementerio.
No muy acogedor el sitio, pero el hastial oriental de la ermita ofrece una generosa sombra. En este lugar reanudo la sentada antes estrepitosamente interrumpida.
Sentado a la sombra de la ermita
Álija del Infantado, ermita de la Vera Cruz
Río Jamuz
Nora del Río
Exterior del albergue de La Bañeza
Vista ineterior del albergue de La Bañeza
A los 15 ó 20 minutos de estar echado sobre el empedrado, ojeando mis notas, ocurre un acontecimiento: mi primer contacto con un peregrino, sobre el terreno, tras 225 kilómetros de marcha.
Va en bicicleta y se detiene al borde de la ermita preguntándome por alguna fuente en donde recoger agua. Le indico que la ha dejado atrás, por lo que retrocede dándome las gracias. De vuelta muestra interés en hacer el recorrido juntos hastaLa Bañeza, cosa que así hacemos.
De los diversos caminos que hay para llegar a La Bañeza optamos por un camino de tierra que discurre todo él paralelo al río Jamuz (afluente del Órbigo).
Esta pista se acaba poco antes de entrar en la población de Santa Elena de Jamuz y es una delicia pedalear por ella. El río queda a nuestra izquierda y ambos lados del camino son flanqueados por una continua hilera de chopos que ofrecen agradable sombra. Circulamos rápido, es lo que tiene el viajar en compañía, el promedio es de 22 ó 23 kilómetros a la hora.
Dejamos atrás el pequeño pueblo de Quintana del Marco, antiguo enclave romano en el que todavía parece ser que se conserva un busto del emperador Marco Aurelio.
Al poco de llegar a Santa Elena tenemos que bajar de la bicicleta ya que se termina la pista y hemos de ir monte a través para poder conectar con el asfalto. El trayecto que queda hasta La Bañeza es de ascenso continuado y en una de las rampas, para mantener el fuerte ritmo que llevamos, me veo obligado a
levantarme sobre los pedales para tirar con fuerza. Con la rodilla derecha golpeo el timbre, dejándolo inservible. No lo había usado ni una sola vez y me dolió no sólo la pérdida del timbre, sino también la rodilla.
Fueron 25 kilómetros divertidos. El “pique” me impidió detenerme a tomar alguna fotografía pero la cosa quedó compensada al sentirme agasajado por mi joven acompañante dado el ritmo mantenido. Habíamos llegado unos 8 ó 10 minutos antes de lo “normal” en este trayecto. Yo puse cara de impertérrito pero estaba “tocadito”.
Al llegar al albergue “tocadito” ya no era la palabra. Si alguien pregunta cuál es el edificio situado a mayor altura en La Bañeza, no quepa la menor duda en contestar: el albergue de peregrinos ¡Joder!
Nada más bajar de la bicicleta, en la entrada del mismo, sale a saludarme el “autobusgrino” vasco. Lo hacemos con efusión pero esta vez ya no habría charla y será la última en que nos veamos.
Mi acompañante y yo elegimos dos literas contiguas y, tras despedirnos por la mañana, tampoco volveríamos a vernos… Me recordaba esto un artículo que escribí, en el blog de Bulmark, sobre la fugacidad de las relaciones en el marco de las redes sociales que se crean en internet. No sé si tendrá que ver pero me lo recordaba.
No está nada mal el albergue, todo lo contrario. Un patio exterior protegido para dejar las bicicletas, un amplio salón, con amplias mesas y un televisor, numerosas duchas y aseos, servicio de lavadora, cocina con su ajuar y un buen número de literas. Además un ambiente de libertad de movimientos que lo convierten en casi autogestionario: tú rellenas la ficha, tú rellenas la encuesta, tú sellas la credencial, tú eliges la litera. Durante mi permanencia en él no vi responsable alguno.
Antes de pasar al interior tuve que quitar el polvo de las alforjas. Me di una buena ducha y, acto seguido, efectué una limpieza de emergencia a la B-Pro y la engrasé. En el momento de descender hasta el centro de la población, para cenar, llegó un grupo de cinco ciclistas que venían haciendo la ruta de Santiago desde Alicante. Nos dijimos algo así como ¡hola! y ¡adiós!
Aprovechando el ambiente libertario del albergue ceno tarde, sobre eso de las diez o diez y media. Lo hago placenteramente, en un local acogedor mientras veo el partido de fútbol entre España y Dinamarca. Es aquí donde me entero del terrible accidente aéreo de Barajas.
Ascendido otra vez el trecho que me separa del albergue, a la entrada del mismo, me encuentro con una mujer con aspecto de haber visitado más de una vez la sección de traumatología de un hospital. Me dice que si puede quedarse a dormir aquí, aunque sea en un sofá del salón. Yo le contesto que no soy quien para impedírselo y que nadie de los que estamos aquí lo es, por lo que la decisión es suya.
No es una peregrina, no busca, huye del que se refiere como su “hombre”. Cuenta que la ha golpeado en varias ocasiones y que no la deja en paz, la persigue. Ante mi sugerencia, por decir algo, de que lo denuncie me contesta que no sirve de nada, al revés, si lo hace la ha amenazado con hincarle un “hierro”. Nuevamente doy una discreta ojeada a su lastimado físico y pienso que lo que me cuenta tiene pintas de ser cierto.
Tras fumarme un cigarrillo con ella, en el pequeño patio de la entrada, decido poner fin a esta cruel historia de desamor. La noche la pasaría regular o mal, entre ellos anda. Los ronquidos del personal y la lamentable historia que se me había contado influyeron en ello.
A eso de las 3 de la mañana me despierta unos incesantes ladridos. Me es difícil conciliar de nuevo el sueño por lo que paso el tiempo efectuando algunas anotaciones en mi libreta. Desconozco el momento en que volví a dormirme, pero debió de ser tarde.
A las 7:30 me levanto y me doy una ducha. Dejo todo recogido y bajo a tomar un desayuno a base de café con leche y un par de madalenas. No muy allá, digamos.
Acto seguido, la señora que ha quedado a cargo del local, me acompaña hasta una especie de almacén, situado enfrente del Amadeus, para que pueda sacar la bicicleta pues aquí ha pasado la noche.
Todavía con poca práctica en ello sigo empleando más tiempo del deseado en montar las alforjas y, ya finalizando, asisto a una tensa situación provocada por el desagradable enfrentamiento entre la encargada y el que debe de ser su yerno. No ha sido éste lugar del que conserve grato recuerdo.
A las 9:30 abandono Bermillo con destino a Zamora. Desde que salí de Mieza circulo por carreteras locales y comarcales, nada por aquí guarda algún tipo de relación con el Camino, por lo que no queda otra que seguir carretera hacia adelante para acabar cuanto antes con este trayecto que nada aporta.
Llegar a Zamora, por la carretera local 527, es cosa fácil ya que además hay una ligera pendiente favorable. No fuerzo para nada la marcha, aprovecho la inercia de todos los descensos, llegando muy fresco a Zamora sobre las 11:45.
Zamora, erguida sobre el Duero.
Antes de dirigirme a la Catedral doy una vuelta por la periferia de la ciudad. La observo, levantada sobre el Duero, con él a sus pies y, por cabeza, la catedral románica. El Duero aquí hace de línea de división entre la Tierra del Pan, al Norte, y la Tierra del Vino, al Sur. Zamora no puede conocerse, aunque sea mínimamente, en tan poco espacio de tiempo como el que dispongo, por lo que decido no intentar lo imposible. Llego a la plaza de la catedral y me siento, durante un buen rato, en un banco situado en la misma. Observo cuanto hay alrededor.
Fue sobre un antiguo castro vacceo donde los romanos edificaron la “mansio” Ocellum Duri, emplazada en la vía romana conocida, posteriormente, como Vía de la Plata; en tiempos de la dominación visigótica Zamora se encuentra en una zona fronteriza y es nombrada como Semure. Con toda probabilidad
parece ser que dicho nombre es debido a que fue repoblada por gentes de la ciudad franca de Semur. Tras su conquista por los musulmanes pasa a denominarse Samurah y por fin, en el 748, es conquistada por Alfonso I rey de Asturias, que la bautiza como Zamoram.
Catedral románica de Zamora
Varias veces fue perdida y otras tantas recuperada para la cristiandad, hasta que Fernando I, rey de Castilla y de León, la toma definitivamente quedando, tras su muerte, bajo el control de su hija Doña Urraca.
Zamora es la ciudad española que más monumentos románicos posee, son más de la veintena. Pertenecen a un románico ya tardío, de los siglos XII y XIII, por lo que la influencia cisterciense se deja sentir, máxime teniendo en cuenta la proximidad del monasterio de Moreruela.
Metido en estas consideraciones me doy cuenta de que son las 14:15 horas. Es tarde y tengo que proseguir pues mi meta hoy es llegar a Granja de Moreruela. Me apetece un bocadillo de panceta que tomo en un cercano bar. Solicito otro, de jamón, para comerlo más adelante ya que, por vez primera, voy a penetrar en el recorrido auténtico del Camino por la Vía de la Plata y no sé cómo estará el asunto del avituallamiento.
La salida de Zamora en busca de las anheladas flechas amarillas es, como ocurre al paso de las grandes ciudades, desagradable. Consulto mis anotaciones continuamente hasta que, al fin, ¡doy con la primera flecha! Me embarga una fuerte emoción. Prosigo unos kilómetros, pocos, por la carretera y encuentro la desviación que conduce a una pista de tierra, a la derecha del asfalto.
Tierra del Pan, hacia Montamarta
Por la Tierra del Pan, atrás quedó Zamora
El Zangarrón de Montamarta
Estoy pedaleando por la Tierra del Pan. Al sur, la Tierra del Vino y, al norte, espera la Tierra de Campos. Son largas rectas, sin arbolado, flanqueadas a ambos lados por los campos de cereal. No a mucho tardar rebaso la población de Roales de Pan, aquí el camino hace un extraño y me desoriento. Unas amables señoras se aprestan en indicarme que Montamarta está justo en sentido contrario al que marcho.
El Camino discurre por caminos de concentración parcelaria, en continuos zig-zag, con ángulos de 90 grados. Ni una sombra donde cobijarse. Mantengo un equilibrio bastante precario en la bicicleta ya que me da la sensación de que, en cualquier momento, voy a caer. El suelo lo forma una masa de guijarros sueltos que compromete la marcha.
Tras recorrer unos 16 kilómetros hago entrada en Montamarta. Debió de ser un enclave de cierta importancia en la Edad Media, de cuya época quedan algunos restos en el muro norte de la Ermita de la Virgen del Castillo, románicos del siglo XII. Románica es también una pila bautismal que se conserva en la Iglesia Parroquial de San Miguel Arcángel.
Actualmente es una pequeña localidad de unos 600 habitantes que vio mermadas sus posibilidades de crecimiento con la creación, en las décadas de los 60, del embalse de Ricobayo, que anegó la mayor parte de sus mejores tierras.
Me detengo unos instantes a recoger agua en una fuente de la Plaza Mayor. Allí se encuentra la Iglesia Parroquial y me llama la atención una estatua dedicada al Zangarrón. Es éste un personaje que pertenece a las mascaradas zamoranas, proveniente de ritos arcaicos de difícil explicación. Interviene un par de días, en Año Nuevo y tras pasar Reyes, y va equipado de máscara negra (el primer día) y roja (el segundo), tridente y tres cencerros a la cintura.
Se dedica a pedir el aguinaldo casa por casa y persigue a la gente con la intención de golpearla tres veces en la espalda. Como parte del acto ritual, a media mañana, se dirige a la ermita del pueblo y traza un círculo, situándose en su interior; desde aquí saluda a las autoridades que acuden a la misa. Ya a punto de terminar ésta penetra dentro de la iglesia y, llegado al altar, clava en el tridente dos panes que previamente han sido bendecidos.
Es un rito pagano combinado con el rito cristiano. Es un diablo, pero no es un diablo al que se teme ya que su magia traerá la purificación de la localidad y buenas cosechas…
Abandono la población dejando a mi izquierda la ermita de Virgen del Castillo. Queda levantada en lo alto, sobre un farallón de frágil apariencia. Las aguas del pantano no es extraño que la rodeen, en algún momento, casi por completo. El firme del camino sigue siendo a base de guijarros y esto dificulta la dura ascensión bordeando la ermita.
Iglesia Parroquial de Montamarta
Consulto las anotaciones para proseguir la marcha y tengo que andarme con cuidado porque llevo mi particular GPS cogido entre el índice y el pulgar de mi mano izquierda, el resto de lo que queda de mano agarra el puño del manillar como puede.
Montamarta, ermita Virgen del Castillo
Tras llanear un buen rato me dispongo a coronar una loma con encinas. Se trata de una finca privada y hay una cadena que, aunque ahora está tendida sobre el suelo, tiene toda la apariencia de cortar el camino en algún momento. En el descenso de la colina me pierdo ya que no distingo indicación alguna del Camino. En mis intentos por reencontrarlo me topo con una furgoneta aparcada bajo unas encinas que ejerce funciones de vivienda y se encuentra habitada por lo que, en otros tiempos, serían ¿hippies? Ni me saludan, ni les saludo. Como ya la cosa empieza a preocupar me desplazo orientándome hacia la carretera, al menos eso creo. La decisión es acertada ya que el camino de tierra me conduce a ella. Al llegar me doy cuenta de que debo encontrarme demasiado al norte y retrocedo, cosa de un par de kilómetros, hasta volver a divisar una flecha amarilla.
Esta flecha indica que el camino se encuentra justo al otro lado de la carretera, tengo que cruzarla cuando el tráfico me lo permite. Una vez al otro lado prosigo hasta encontrarme con una bifurcación, no hay indicaciones y ya se sabe que, en caso de duda, siempre se elige (al menos yo) la opción equivocada. Tras ir a parar a un enorme basurero tengo que despedalear lo pedaleado y ahora no cabía duda alguna pues solo una era la opción a elegir.
Al otro ladod e la colina, el embalse de Ricobayo
Dando vueltas por el pantano...
Ruinas de Castrotorafe
Prosigo un trecho, sobre una senda que discurre a unos cien metros de la carretera y paralela a ella. Nuevamente tengo que cruzarla para, ahora sí, sentir cierto alivio ya que ante mí se encuentra otra colina que, al terminar su ascensión, debe (según tengo anotado) situarme a la vista del embalse de Ricobayo.
Efectivamente, así es. Envalentonado por ser capaz de perderme y salir airoso en un par de ocasiones tomo la decisión de descender hacia el pantano. Ya sabía de la no conveniencia de hacerlo pues las posibilidades de pérdida eran muchas y, además, se advertía del peligro que (por el tipo de suelo) ciertos puntos de la orilla presentan, ya que forman lodos pantanosos. Pues me perdí, claro. Y ahora a conciencia.
Después de más de una hora dando vueltas sin conseguir averiguar cómo demonios se salía a un puente que podía verse a lo lejos, decido volver hacia el punto por donde descendí a la cola del embalse. Aquí tomo la carretera, llego al deseado puente que salva las aguas del Ricobayo y, al poco, alcanzo las ruinas de Castrotorafe.
Sobre el punto donde se levantaba esta ciudad militar, en el Medievo, existió la mansio romana de “Vicus Acuarius”, núcleo de población asentado en la calzada romana de la Vía de la Plata (Vía Dilapidata).
Durante la Edad Media fue un enclave importantísimo de la Orden de Santiago en el reino de León debido a su posición estratégica ya que controlaba un puente que permitía el paso sobre el Esla. Dicho puente era uno de los pocos nexos de unión entre Castilla y las tierras gallegas y leonesas.
Las ruinas quedan a mi izquierda por lo que tengo que cruzar la carretera. Un camino de tierra me conduce hasta el comienzo de ellas y compruebo que queda bien poco de lo que fue un centro de gloria. Dicen que, en tiempos de escasez, cuando las aguas están prácticamente al mínimo, todavía se ven los restos de aquel famoso puente. Hoy no era el caso.
Prosigo por la carretera y llego a Fontanillas de Castro. Me detengo en la gasolinera que hay al comienzo de la población, se trata de un pequeño núcleo de 176 habitantes. Compro una coca-cola y me como aquel bocadillo que adquirí en Zamora. Mientras doy cuenta de ambos aprovecho para andar un poco por los alrededores. ¡Qué bien me sabe!
Camino de Riego del Camino
Entrada en Fontanillas de Castro
El recorrido efectuado por carretera fue un paréntesis motivado por fuerza mayor. Al continuar, cuando salgo de Fontanillas, lo hago otra vez siguiendo las flechas amarillas. Vuelvo a la tierra.
Poco a poco el paisaje va cambiando. Lo primero que noto es mucha más estabilidad y tracción en la bicicleta, lo que me permite ir más relajado. Dejo atrás Riego del Camino, localidad en la que no me detengo ya que el día ha sido muy trabajoso y se me está haciendo tarde.
Poco antes de llegar a Granja hay que desviarse a la izquierda para, a unos 4 kilómetros, poder visitar el monasterio cisterciense de Santa María.
La sensación que me produce ver estas ruinas es doble, admiración y profundo desprecio. No puedo entender como semejante maravilla puede encontrarse en esta situación de abandono tras ser sistemáticamente ultrajada.
Alfonso VII mantenía una buena relación con Bernardo de Claraval y, fruto de ella, es el desplazamiento hasta aquí de monjes cistercienses que colaboran en las labores de repoblación de la zona, esto ocurre hacia el año 1132. El monasterio desarrolló una importante actividad que se haría sentir hasta en la vecina Portugal.
Como estamos ante un país con muy poco respeto por su historia, tras la desamortización de Mendizábal el monasterio es vendido por los poderes públicos como cantera de donde muchos extrajeron sillares para la construcción de sus casas. Algunos de ellos fueron utilizados en la edificación de la que es hoy iglesia parroquial de Granja de Moreruela.
Monasterio cisterciense de Santa María
Santa María de Moreruela
El albergue se encuentra a la entrada del pueblo. Me acerco a él tímidamente ya que es mi primera experiencia en este tipo de alojamiento. El buen quehacer de la hospitalera y su hijo consiguen que, con prontitud, me sienta cómodo en el lugar. Descargo las alforjas y guardo la bicicleta en una sala que, amablemente, me es ofrecida para tal fin. En estos momentos sólo se encuentra en el albergue un peregrino vasco que me saluda cortésmente. Me doy una buena ducha; eso sí, a partir de hoy el agua siempre será fría hasta Melide.
Bifurcación del Camino en Granja
Iglesia Parroquial de Granja de Moreruela
Granja es una población regada por el Esla, fronteriza entre la llanura zamorana y la fértil huerta de Benavente. Hoy apenas cuenta con 300 habitantes y, en el pasado, estuvo ubicada en el trayecto de la calzada romana de la Vía de la Plata, utilizada luego por los peregrinos para viajar a Santiago. Aquí ayer, como hoy mismo, el Camino se bifurca ya que puedes proseguir hacia Sanabria, por la izquierda, para alcanzar Santiago vía Orense o bien seguir recto, hasta Astorga, y realizar el recorrido del Camino Francés. Ésta es mi opción.
Tras la ducha me acerco al bar que hay justo al lado y que explotan, como compensación, los hospitaleros. Me sellan la credencial mientras bebo un par de coca-colas. Siendo la cena a las nueve aprovecho para dar una vuelta por los alrededores.
Después de cada etapa me gusta caminar un rato, esto me ayuda a desentumecer las piernas. Inspecciono el camino de salida para hacer más fácil la cosa al día siguiente, visito el Centro de interpretación del Císter (muy cerca del albergue) y también la Iglesia Parroquial, con sus sillares “robados”.
Tengo mucho apetito y me dirijo al bar del albergue para cenar. Aquí me encuentro con el chico vasco. Charlamos un ratito a la puerta del albergue y luego, cuando entro en el salón, él (que ya estaba sentado en su mesa) me hizo señas para que la compartiésemos.
Tenía hambre pero lo que nos ofreció esta mujer para cenar colmaba cualquier necesidad, por alarmante que fuere. Era imposible colocar los dos platos de macarrones sobre la mesa. No cabían, repletos hasta rebosar. El segundo plato, a base de filete de ternera con guarnición, estuvo en la misma línea. Todo ello con vino de la tierra y para finalizar café…, fue éste mi socorrido estimulante que incluso por la noche no dejó de faltar.
Rápidamente empezamos a intimar, a dar a conocer nuestra opiniones, preferencias. Dado el buen rollito creado pusimos sobre la mesa la “atrevida” cuestión territorial. Una gozada de charla.
Al salir continuamos la plática en la terracita que hay a la entrada del albergue, sentados al fresco de la noche; es entonces cuando se nos unió un peregrino en bicicleta. Era un chico gallego que hacía el Camino por Sanabria. Me sugiere que le acompañe en este recorrido, insistiendo en que es mejor opción que el Camino Francés. Es posible, pero yo ya tenía decidido el trayecto.
Es la mejor noche de todas. Dormimos, los tres, como bendecidos por el mismísimo Apóstol y tal es así que, activada la alarma del albergue a eso de las tres y media, ninguno nos enteramos de ello. La hospitalera, al día siguiente, se maravillaba de nuestro buen dormir.
Dos de la madrugada y ando liado, todavía, con las tareas de montar el equipaje sobre la bicicleta. Mi inexperiencia en estas labores hace que me resulte más complicado de lo que en realidad es todo este asunto. Por fin, hacia las tres, está todo como entiendo que debe de estar.
Me relajo sentado en el sillón del comedor, enciendo un cigarro. Me invade un estado de calma que, en cierta forma, me sorprende. Ya no falta nada, el momento esperado está ahí.
Ocho de la mañana de un día soleado. Desayuno como de costumbre y a continuación saco la bicicleta a la calle con todo ya preparado. Le hago una foto, estaba guapa.
La B-Pro, cargada y a la espera de partir.
Mieza, comienzo de la empinada cuesta.
Sólo queda subir y ponerme en movimiento, lo que hago tras despedirme de Felisa. Tal como voy descendiendo, calle abajo, me viene un “ramalazo” a modo de sentimientos no correspondidos. Hubiese preferido una despedida más al estilo de “en olor de multitud”. Me consuelo con la idea de que el peregrino románico no salía de su casa de esta manera… ¿O sí?
En esta movida interior, sin reparar en ello, me encuentro en las afueras y listo para ascender el duro trecho que, una vez coronado, sí da la sensación de haber dejado atrás el pueblo. Durante los minutos de ascensión pongo la paz debida en mi conciencia.
Llevo un ritmo pausado, relajado. Voy dejando atrás Cerezal, La Zarza, Masueco, Pereña y llego a Villarino. Hasta aquí es un recorrido efectuado por mí en multitud de ocasiones, pero ahora sabe distinto. Sé que estas poblaciones forman parte de un proyecto de más envergadura, lo que obliga a ir con más calma que en el rápido transitar de una mañana de cualquier día de agosto. Ahora percibo más y mejor.
En Villarino de los Aires me detengo para tomar un bocadillo en un bar cercano a la carretera. Un bocadillo de tortilla española del que no puedo decir nada bueno, a no ser que cumplió el objetivo de saciar el hambre.
Prosigo la marcha dirección Zamora. Me desoriento y tengo que preguntar, en una gasolinera, a un chico que me indica la dirección correcta hacia la presa de la Almendra. Esta presa, también denominada Salto de Villarino, separa la provincia de Salamanca de la de Zamora y retiene las aguas del río Tormes en su curso bajo. Es una ingente obra de ingeniería que permite almacenar más de 2.500.000 de metros cúbicos de agua en una superficie de más de 8.500 hectáreas. El objetivo de la misma es la producción de corriente eléctrica, como la de otras muchas integradas en un sistema hidroeléctrico conocido como Saltos del Duero.
Presa de la Almendra
La carretera discurre por encima de la presa y, nada más llegar a ella, me detengo para observar el paisaje. Las aguas no parecen tener el nivel de otras ocasiones pero el aspecto que ofrece el embalse, si no el de un mar, sí asemeja un gran lago. Prosigo por encima de la presa, sobre un enorme muro, serpenteante, de casi tres kilómetros de longitud. Al concluir la misma comienzan las tierras de Zamora.
He dejado atrás la primera de las 5 provincias que tengo que atravesar para llegar a Santiago. La orografía no ha sido excesivamente dura, pero sí exigente. Las (los, en tierras zamoranas) Arribes así lo quieren.
Cibanal, iglesia dedicada a María Magdalena.
A unos dos o tres kilómetros de la presa me detengo unos instantes en la población zamorana de Cibanal. Pedaleo por las Tierras de Sayago, de las que Cibanal forma parte. Se trata de una pequeña población, de poco más de 60 habitantes, por cuya calle principal discurría una antigua calzada romana. Su iglesia fue renovada totalmente a finales del siglo XVIII conservando, en uno de los flancos, restos románicos. Es notorio el hecho que esté dedicada a María Magdalena y lógico, por tanto, pensar en relaciones con el mundo templario y jacobeo en el pasado.
No encuentro un bar en donde comer algo. Por fin consigo localizar el hogar del jubilado, no hay bocadillos pero me tomo una coca-cola y un par de paquetes de “papas”. Una breve charla con el encargado del local deja claro que el lugar para pasar la noche y cenar es Bermillo de Sayago. Villar del Buey, próxima población, no parece ofrecer las garantías suficientes.
Sayago es el nombre de la comarca zamorana en donde se sitúa la mayor parte de Los Arribes. Bermillo, cuyo nombre viene a significar “gusano púrpura”, es el centro poblacional más importante de la comarca. El núcleo urbano cuenta con unos 600 habitantes a los que hay que sumar los de un cierto número de pedanías dependientes que situarían la población alrededor de los 1.200 habitantes.
Es ésta una comarca que siempre ha estado alejada de las grandes vías de comunicación y ello ha perjudicado en forma notable su desarrollo. Pese a esto ha sido poblada desde hace mucho tiempo, pues se han encontrado restos a partir del paleolítico inferior. Alrededor del año 700 antes de Cristo penetran en estas tierras los vacceos y, parece ser, también los vettones; ambos pueblos de origen celta. Los vettones son ganaderos, los vacceos agricultores. Los primeros destacan en las armas; los segundos, tal como lo expresa Diodoro, fueron la más avanzada de las tribus celtíberas en Hispania.
En el año 19 antes de Cristo los romanos conquistan definitivamente estas tierras. Tras ello construyeron una red de calzadas. Por aquí pasaban las que unían Zamora con Fermoselle, Zamora con Miranda Do Douro y Zamora con Ledesma. El nombre de la comarca, Sayago, es de origen romano.
Entrada a Bermillo, comarca de Sayago.
Tras la caída del Imperio de Roma estas tierras, en tiempo de los visigodos, se encuentran escasamente pobladas. Posteriormente, desde la invasión mora hasta principios del siglo XI, están prácticamente desiertas y sin gobierno. Forman parte del llamado “desierto estratégico”. A partir de estos momentos comienzan a recibir gentes de la comarca leonesa y es por estas fechas cuando la zona es cristianizada.
Hago entrada en la población sobre las 17 horas y tras dar una doble pasada de reconocimiento por su calle principal, coincidente con la propia carretera, decido hospedarme en el Hotel Amadeus. El Amadeus recuerda uno de esos ambiciosos proyectos hosteleros venidos al traste. La falta de actividad lo convierte en frío y poco hospitalario, pero es lo que hay.
La cena se sirve a partir de las nueve de la noche por lo que aprovecho para ducharme y efectuar una visita a la población. Antes de dedicarme al espíritu no tengo otra que atender al cuerpo y visito unos cuantos bares, pero en ninguno de ellos sirven bocadillos. A la desesperada compro, en un pequeño supermercado, tres yogures y una bolsa de almendras. En la plaza del Ayuntamiento, sentado en un banco, doy cuenta de las provisiones.
Visito la iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, que data del siglo XVI. Me llama la atención un enorme edificio civil, construido en 1901, hoy convertido en biblioteca municipal y que antaño fue juzgado y cárcel del pueblo.
Bermillo, Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
Bermillo, biblioteca municipal.
A la hora indicada, puntual, pido la cena: macarrones y filete de cerdo. Me quedo satisfecho, reposo unos minutos viendo la “tele” en el inhóspito salón y, acto seguido, me encamino a la habitación que, como todo el Amadeus, es rarita. Un buen sitio para películas tipo El Resplandor.
Estoy cansado. Han sido algo más de 82 kilómetros recorridos. Casi 5 horas y cuarto de pedaleo por las/los Arribes: Mieza, Cerezal, La Zarza, Masueco, Pereña, Villarino, Los Tolleros, Cibanal, Villar del Buey y Bermillo.
Arribes proviene de un vocablo astur-leonés que a su vez proviene del latín. Ad ripam, significa “a la orilla”, en este caso del Duero. Espacios que siguiendo la corriente del gran río, por el SO de Zamora y NO de Salamanca, marcan frontera con Portugal. Terrenos de granito y de grandes desniveles, de poca población y, la que permanece, envejecida.
Son tierras que hoy se dedican a la agricultura y, esencialmente, a la ganadería extensiva de bovinos y ovinos. La existencia del microclima típico de la zona permite el cultivo de almendros, olivos y vides. En el accidentado relieve natural es frecuente ver robles, alcornoques, encinas y, cerca del Duero, enebros, jaras y tomillos.