Días previos al Viaje
Vivencias - El bicigrino románico. Viaje Agosto del 2008.

Durante el transcurso de octubre del 2007 nace en mí la intención de efectuar el Camino de Santiago en bicicleta de montaña, con mi B-Pro. Disfruto lo indecible viajando en bicicleta por lo que la idea, así planteada, me resulta muy atractiva.

Comienzo recopilando toda serie de datos sobre el Camino, la mayor parte de ellos obtenidos en la web. Sitios como Consumer, MundiCamino y, en especial, Bicigrino.com se encargan de ir alimentando esta ocurrencia. La página web de Tomás, www.bicigrino.com, es una de las cosas interesantes que, a veces, te encuentras por la red. Felicidades.

No recuerdo exactamente el día pero era un sábado del mes de noviembre. En una salida rutinaria, desde Alboraya a Marines Viejo, tuve la fortuna de coincidir (entre Bétera y Olocau) con Pascual Villarreal, persona a la que no conocía. La charla que mantuve con Pascual ese mismo sábado y la posterior visita a su casa, en Náquera, fue clave para que mi decisión de viajar a Santiago de Compostela fuese ya irrevocable. 

Carretera Olocau a Marines Viejo
Carretera de Olocau a Marines Viejo

Viajero incansable y poseedor de hazañas reconocidas haciendo el Camino (a pie y, sobre todo, en bicicleta) me habla de sus experiencias. Es difícil seguir todas sus palabras dada la velocidad y precisión con que transmiten sensaciones; maravillado con uno de sus relatos tengo que hacer un esfuerzo de atención para no perderme el siguiente, y esto se repite durante un buen rato. Cuando nos despedimos me facilita un libro, escrito por él, sobre sus vivencias en la ruta jacobea.

A estas alturas tengo clara mi preferencia por realizar el viaje en solitario. Es una forma de reivindicación de uno mismo. El logro de arribar a Santiago significará la cauterización de viejas heridas de antaño; parte de mi tiene pendiente, con otra parte, este “ajuste de cuentas”.

Pese a lo dicho, surge una posibilidad de viajar con Fernando, mi hermano. No me desagrada. Sería otro planteamiento que no me alejaba irreparablemente de mis postulados y, lo que quitaba, quedaba compensado al compartir la experiencia con él.

Llegado el mes de diciembre compongo lo que bien pudiera considerarse un “vídeo promocional” al que añado una banda sonora. Estaba en pleno éxtasis. Hago entrega de una copia del mismo a mi hermano con la intención de animarle. No dio resultado pues al final declinó la invitación.

Durante los tres meses que vienen a continuación (marzo, abril y mayo) el protagonismo del viaje queda en un segundo plano. Lógico, ya que mantener el nivel de motivación anterior era del todo imposible. A mediados del mes de junio vuelve a estar en primera línea, pero ahora de forma distinta. Lo percibía más amenazante, más real. Soy plenamente consciente de que viajaré solo y esto me ocasiona un cierto “miedo escénico”.

Julio es el mes en que comienzo la preparación física definitiva. Efectúo tres salidas por semana; dos desde Alboraya a Náquera, intensas y de recorrido más corto, otra -más larga- los fines de semana, generalmente al Garbí o a Marines Viejo.

Serra, el Garbí
Serra, al pie del Garbí

Confecciono una lista de las cosas que debo llevar y decido, por fin, montar unas alforjas sobre la bicicleta desestimando la idea de llevar una bolsa de viaje sobre una placa de metacrilato fijada al portaequipajes.

Ya metidos en el mes de Agosto, poco antes de tomar las vacaciones, realizo una revisión general a mi medio de transporte. Temo por los frenos de disco, siempre me han llevado de cabeza.

El 8 de agosto es mi último día de trabajo y por la tarde (que ya no es de curro) aprovecho para adquirir algunos productos en la farmacia. Busco con toda urgencia un podólogo ya que, con tanta movida, se me olvida acudir a su consulta pues tengo de nuevo formada una dureza en el dedo “gordo” del pie izquierdo. Molesta bastante al andar y sé que, de dejarlo así, me ocasionará muchos problemas.

Viajo a Torrente, único sitio en donde, parece ser, me pueden atender dadas las fechas en que nos encontramos. Tras estar buscando la clínica durante más de dos horas no la encuentro. Veo a un antiguo compañero de instituto, Gascón (por cierto, el otro día me enteré que es un reputado pintor) al que tampoco le suena este lugar en la dirección que me facilitaron. Total, me tengo que volver a Alboraya sin
poder realizar la consulta. Una vez en casa puedo contactar, usando internet, con una clínica en Salamanca y me dan fecha para el lunes, once de agosto. Sin mayor problema sería atendido en la fecha indicada.

A la llegada a Mieza de la Ribera tenía claro que la salida hacia Santiago la efectuaría desde ésta población. Abandono la idea inicial de partir desde Sahagún pues es mi intención incluir en el periplo una primera parte, en la que viajaré por la Vía de la Plata, y una segunda, por el Camino Francés. Ambas rutas son de enorme importancia en la historia de nuestro país.

El Carrascal, Mieza.
El Carrascal, Mieza.

La partida la tengo fijada para el 18 de agosto ya que el día 16 se casa una sobrina, María. Durante esta semana aprovecho para realizar varias salidas en bicicleta por los caminos de la Ribera. En una de ellas me acerco a El Carrascal de donde recojo una piedrecita que forma parte de la estructura de una caseta, de planta circular y semblante celta, edificada por encargo del abuelo de Felisa, mi mujer. Viajará en mi mochila hasta la Cruz de Hierro, en donde ha quedado depositada como parte de un rito ya milenario.

Ya es domingo 17 de agosto. Por la noche intercambio pareceres con Julián, tío de mi mujer, sobre la conveniencia o no de viajar a Zamora por Pereña-Villarino o de ir a Vitigudino para luego tomar la carretera que lleva hasta Villarino. Todavía sin resolver este punto me dirijo al bar El Porvenir en donde Antonio me sella la credencial. Es mi primer sello, el del punto de partida.

Al fin me decido. Voy a ir por Pereña-Villarino, etapa más dura pero más corta y, lo que es más importante, ruta ya conocida por mí.

Quedan sólo unas horas. Lejos ya aquel mes de Octubre en el que comencé a gestar toda esta intención. Mañana, durante unos días, seré viajero por tierra extraña, un peregrino románico, a cuyo sentir quiero aproximarme.

Sólo queda hacer un reconocimiento a Encarna, dándole las gracias por sus deseos de buen camino e interés mostrado.

 
La Edad Media. Omega y Alfa.
Vivencias - El bicigrino románico. Viaje Agosto del 2008.

Crismón

 

Tiempos apasionantes, de capital importancia, pues en ellos se va a gestar Europa tal y como hoy la conocemos. Momentos de crisis, más no de oscurantismo o destrucción; siglos en los que comienza el camino hacia un mundo distinto justo cuando el mundo antiguo alcanza su fin. Son enormes las tensiones producidas por el choque, brutal, entre dos modelos de sociedad. Por un lado la desaparición del Imperio romano, por otro la entrada en escena de las monarquías pre-nacionales, que conducirán a los Estados y las naciones.

El tejido social evolucionará del inmovilismo esclavista, llevado a lo sublime por Roma, a la aparición de una urbe dinámica, de características distintas a lo encontrado hasta este momento, y en las que hará su aparición la clase burguesa y el germen del proletariado. El cristianismo será, en este entorno, la corriente ideológica que galvanizará y dará coherencia en tan delicados momentos.

Roma sitúa el antiguo orden, basado en un sistema socio-económico de tipo esclavista, en lo más alto de su evolución, ya no dará más de sí. La caída del Imperio debe de entenderse como la imposibilidad que el antiguo orden tiene para ofrecer adecuadas respuestas  a las nuevas demandas de orden social, político y económico. El mundo clásico antiguo, por su inflexible concepción social, acaba por autodestruirse. Las ciudades se llenan de una gente que reclama más protagonismo en el escenario de la Historia y a la que no basta la limosna de los magnates para darse por satisfecha.

Los problemas de financiación, ante la falta de productividad, y la desmotivación de la plebe en las ciudades, son las causas que originan (y no los “bárbaros”) la caída del Imperio.

Es precisamente en las ciudades donde triunfa, con más prontitud, una corriente ideológica de reciente aparición, el Cristianismo. A ella se adscriben muy pronto las clases marginadas del mundo antiguo y, poco a poco, se irán incorporando otros elementos de posiciones más elevadas. Son el germen que, en el transcurso de la Edad Media, originarán una ciudad de aspectos cualitativos distintos  en la que estarán presentes  artesanos y comerciantes con sus asociaciones gremiales.

La doctrina social del cristianismo ofrece esperanza a las clases más oprimidas. Fue la doctrina cristiana, en este sentido, aceleradora de la caída del mundo antiguo pero, paradójicamente, a la Iglesia se debe la continuidad de los valores de Roma en el transcurso de la Edad Media y, con ello, su transferencia al mundo actual.

La falta de ilusión y de recursos financieros imposibilitó la eficaz defensa de las fronteras y los pueblos “bárbaros” penetraron en el mundo “civilizado”. El choque cultural fue de tal magnitud que, durante mucho tiempo, el caos se cernió sobre los territorios de la futura Europa.

Con la ingobernabilidad la inseguridad aumentó. Son tiempos en que el pánico se apodera de la población, pues la vida de la “gente corriente” parece no tener valor alguno. Las ciudades se ven abandonadas ya que el campo ofrece algo más de seguridad bien sea escondiéndose, al abrigo de una orografía más propicia para ello, o bien ofreciéndose al servicio de algún señor de la guerra que dará protección pero cambio de renunciar a todo atisbo de dignidad personal.

Además, con el hambre surgen mayor número de epidemias y son más dañinas allí en donde se da una mayor concentración de población. La ciudad antigua llega a su fin.

Es el caos que dará lugar a un nuevo orden. Los pueblos invasores, todos ellos embebidos del factor Roma, propiciarán una fuerte y diferenciada personalidad a cada una de las antiguas “provincias” del Imperio y para ello son necesarias continuas guerras entre los pueblos invasores  que irán, poco a poco, modelando el mapa de Europa.

El denominador común entre todos estos pueblos es el llamado factor Roma pero estos valores no vienen directamente del Imperio, sino que se trata de una conexión posibilitada por la Iglesia cristiana. Los valores del mundo romano por ella pudieron conservarse y perpetuarse, de no haber sido así la nada hubiese sustituido al caos. Al monasterio debemos la ingente obra de custodia y traducción del legado cultural del mundo clásico con lo que el punto de partida no fue cero.

Pero no sólo en esto, ya de por sí suficiente, participa el monacato. El ideal monástico evoluciona, como cualquier actividad humana, y, con los cistercienses, el monasterio se convierte en favorecedor de la vida del campesino. El trabajo manual ya no es considerado indigno por estos monjes blancos pues el trabajo, ahora, agrada a Dios y los monjes obran con el ejemplo. Tierras donadas por los poderosos no permanecen ociosas, parte de ellas son ofrecidas al campesino para que las trabaje a cambio de alguna contrapartida, no podía ser de otra manera. Pero lo cierto es que el campesino puede beneficiarse de parte de la cosecha y, algo muy importante, puede adquirir experiencia y conocimientos tecnológicos que redundarán en su beneficio. La catequesis, por otro lado, es adoctrinamiento, inevitablemente; pero también una oportunidad de aprender a leer y a escribir.

La autoridad de los nuevos monarcas nada tiene que ver con la del Emperador. Sus poderes se encuentran limitados por la carestía de recursos y, generalmente, por una falta endémica de pobladores con qué afianzar su reino. Los índices demográficos descendieron enormemente como consecuencia de la crisis sostenida y, por tal motivo, los reyes tuvieron que ceder privilegios para que ciertas personas u organizaciones se animasen en la tarea de repoblación de amplios territorios y, tras ello, poder ser puestos en producción. Ello significaba mayores ingresos a través de las cargas impositivas, lo cual es evidente, pero también se dan otros aspectos que conviene tener presentes. A los monarcas no se les escapaba el detalle de que los nuevos pobladores fuesen adecuadamente ideologizados, requisito vital para lograr la homogeneización del territorio; además, de este modo, los campesinos sirven como una primera línea defensiva frente al enemigo en el caso de tener que hacer frente a una amenaza territorial.

En el fenómeno de la repoblación es frecuente que una iglesia o un monasterio sean el origen de una villa o del desarrollo de otra en algún momento abandonada. En España este asunto de la repoblación es más prioritario que en el resto de Europa ya que, tras el hundimiento de la monarquía visigoda y la penetración de los musulmanes, el caos todavía adquiere mayores proporciones.

La monarquía astur, heredera de la visigoda, propició en los inicios una labor de despoblamiento sistemático de una enorme franja del territorio, al sur y hacia el oeste de sus fronteras. Es el “locus desertus”, creado con fines defensivos y que los musulmanes, faltos de interés por un proyecto político global para Hispania, no fueron capaces de controlar.

A partir del siglo IX la situación empieza a cambiar y el reino astur-leonés se siente más fuerte, lo suficiente como para iniciar una política expansiva en la que es necesario repoblar las tierras antes despobladas, las extremaduras. Los monarcas carolingios apoyaron este proyecto interesadamente pues con ello conseguían una mayor tranquilidad frente a los moros al crear, en territorio hispano, una línea de seguridad que daba protección a sus propias fronteras. La solución la va a proporcionar el Camino de Santiago, ruta de peregrinación que hoy ya es milenaria.

No voy a perder el tiempo en cuestiones sobre si Santiago estuvo  o no predicando en España. O en cuestiones que afirmen o nieguen  el que Santiago fuese trasladado, tras su muerte, a Iria Flavia. O en otras sobre si el que está enterrado allí no es Santiago, sino Prisciliano… Son muchas, no sólo éstas, y para todas ellas pueden construirse argumentos más o menos fundamentados.

Me quedo con la magia que la “inventio” fue, y aún hoy es, capaz de generar y que trajo como consecuencia hechos de capital importancia:

  • La repoblación de los territorios en la franja más septentrional de la Península.
  • La articulación del espacio de villas y aldeas, que a su abrigo se desarrollaron.
  • La aparición en ellas de una incipiente burguesía de artesanos y comerciantes (como consecuencia de la llegada de pobladores francos).
  • La introducción, por los monjes francos de la orden de Cluny, del arte románico, y
  • La fuerza que el "descubrimiento" del sepulcro fue capaz de proporcionar en la lucha contra los musulmanes.
En los siglos XI y XII el tráfico de gentes que transita por este recorrido es enorme. Gentes de toda Europa se ponen en movimiento con destino a Santiago de Compostela y cuatro ciudades, de la vecina Francia, sirven como puntos de concentración principales para todos ellos: París, Vézelay, Le Puy y Arles.

 Camino de Santiago

Las rutas de París, Vézelay y Le Puy hacían su entrada en España a través de la población francesa de Ostabat y de aquí, por Roncesvalles, pasaban los Pirineos. La ruta de Arles hacía su entrada por Oloron, para llegar a Jaca cruzando los Pirineos por Somport.

Los caminos por los que tienen que transitar los peregrinos se llenan de iglesias, de ermitas, de monasterios. La “producción” de reliquias alcanza valores de gran dimensión, pues ellas son el reclamo para captar la atención del peregrino y forzar su paso por determinados lugares. Es la promesa del perdón divino la que anima a buena parte de estas gentes.

Es cierto lo dicho y muy evidente. Pero con ser cierto no explica suficientemente el hecho vivido en estos siglos.

El concepto de viajar, de establecer un camino, es una característica esencial y única del ser humano. El hombre viaja continuamente en el tiempo. Todo tiene un principio y un fin, un alfa y un omega. Y el fin de un camino debe de significar el comienzo de otro, es así como buscamos la eternidad, haciendo del fin un volver a comenzar.

El viajar en el espacio constituye una materialización del proceso anterior, abstracto. El homo viator necesita moverse en los dos planos, tiempo y espacio, para alcanzar un equilibrio necesario entre lo metafísico y lo físico.

Es ahora cuando tras una vida de inseguridades en donde la misma no significa gran cosa, en un mundo en el que el campesino vive encadenado a la tierra por decisión del señor, es ahora cuando surge la posibilidad de cambio. Y hay que aprovecharlo.

El acto de peregrinar se convierte en apetecible para muchos. El peregrino se siente sujeto activo y viaja para conocer nuevos lugares, buscar nuevas oportunidades. Peregrino es el que viaja por tierra extraña y la atracción por lo desconocido, la aventura, también es un factor que motiva para hacer el Camino.

Los poderosos tienen interés en proporcionar la mayor seguridad posible al peregrino y surgen las Órdenes de Caballería que, siguiendo el pensar de San Bernardo de Claraval, defienden los caminos de los peligros que acechan. Se edifican albergues y hospitales, iglesias y ermitas, que proporcionan comida, descanso, cuidados y, llegado el caso, cristiana sepultura.

No va a ser un viaje fácil, será duro, muy duro. Pero será el ansia de viajar, de alcanzar un final para volver a comenzar, lo que servirá de impulso en un acto de reafirmación de la individualidad del ser humano frente al colectivismo. El Camino de Santiago es, ante todo, un viaje en solitario. Es el peregrino de los tiempos del románico.

 

 

 
Castilla: condado, reino, corona
Los Reinos Occidentales - General
El espacio geográfico en el que surge Castilla queda enmarcado al oeste por el río Pisuerga, al este por el sistema Ibérico (montes Obarenes, de Oca y sierra de la Demanda), al norte por la cordillera Cantábrica y al sur por el río Duero. Sobre él, antes de la llegada de los romanos, habitan dos grupos étnicos fundamentalmente. Uno mediterráneo procedente de África, Próximo Oriente, Grecia, Córcega, Etruria y Cerdeña, tienen un carácter matriarcal y una economía basada en la ganadería; otro de raíces celtas que viene del norte de Italia, Francia, Bélgica e Inglaterra, la sociedad es patriarcal, son agricultores fundamentalmente y habitan los valles.
 
Con la llegada de los romanos a la Península estas tierras, progresivamente, serán romanizadas perdiéndose la cultura de este substrato primigenio de la futura Castilla. El latín se convertirá en el nuevo idioma y la ciudad se convierte en el centro de la vida social quedando apartado el sistema de clan.
 
En el año 409 penetran los primeros “bárbaros”, suevos y vándalos, pero su presencia en territorio hoy esencialmente burgalés (núcleo de lo que será Castilla) es anecdótica, al encontrarse muy alejado tanto del centro de poder de la Gallaecia como de la Tarraconense. Sí que llegan, en el 456, los visigodos a través de la calzada romana Asturica-Burdigalam (Astorga-Burdeos) al frente de Teodorico II. Pero su llegada no significa cambios importantes en la sociedad hispanorromana exitente allí, más bien hubo una continuidad del mundo tardorromano.
 
Los musulmanes conquistan en el 711 Amaya, capital del ducado de Cantabria, uno de los 8 con que los visigodos dividieron Hispania. Permanecieron destacamentos moros unos 25 años en estas tierras, luego serían expulsados y no volverían a establecerse hasta los tiempos de Almanzor, sobre el año 1000, en que lo harían momentáneamente.
 
Hasta principios del siglo X el núcleo de lo que será Castilla está formado por una serie de condados independientes, bajo la soberanía de los monarcas astur-leoneses, y situados al este de éste reino. Son estos reyes los que, hasta el año 931, designan los condes.
 
Condados de Castilla 
 
En estos tiempos la sub-meseta norte es una tierra de nadie como consecuencia, por un lado, del escaso interés que despierta para los musulmanes y, por otro, de las campañas de saqueo iniciadas por el monarca asturiano Alfonso I. Los territorios de Castilla  forman parte de una zona fronteriza,  muy expuestos a sucesivos ataques musulmanes provenientes, sobre todo, del valle del Ebro, por lo que eran numerosas las fortificaciones en su territorio. Se crea, además, una línea defensiva en la actual provincia de Burgos que va desde el norte de Amaya hasta los montes Obarenses pasando por el valle de Valdelucio, garganta del Urbel y páramo de Masa. Tras ésta, en las Vardulias, valles del Rudrón y Ebro, valles de Mena, Losa, las Merindades y zona de Miranda, se asientan gentes cántabras, vasconas e hispanovisigodas huídas de tierras segovianas y sorianas, todas ellas con hambre de pan y guerra.
 
La inestabilidad de la zona y su alejamiento del centro de poder astur-leonés facilitó el hecho de que no fuese territorio apetecible para los grandes señores o monasterios del reino y esto da a la zona una singularidad: la importancia del elemento popular. Estos territorios, presentaban una menor estratificación social que el resto del reino astur-leonés. El Fuero Juzgo, adaptación del Liber Iudiciorum, efectuada por el monarca visigodo Recesvinto (en el 654), apenas fue utilizado aquí pues los castellanos se rigieron fundamentalmente por la costumbre en el momento de organizar una sociedad en la que la forma de repoblación por excelencia es la presura que originará, en un principio, un buen número de campesinos libres propietarios de sus tierras y organizados en aldeas.
 
La reunificación de todos estos condados les daría fuerza ante el poder central para afianzar su independencia. Esto lo lograría, en el 932, Fernán González. Noble perteneciente a la familia de Lara, consigue del monarca Ramiro II la cesión de los condados de Burgos, Lantarón, Álava, Lara y Cerezo. En la práctica es ya un poder independiente pero desde el punto de vista formal hasta la muerte de García  II Sánchez (1029) los condes respetaron los vínculos que les ligaban con los monarcas leoneses.
 
Fernán González participó, junto con el monarca Ramiro II, en la batalla de Simancas (939) contra las tropas de Abd-al-Rahman III y obtuvo el visto bueno por parte del monarca para efectuar la repoblación de la ciudad segoviana de Sepúlveda un año después. En el año 951 fallece Ramiro I originándose un periodo de crisis en León que utiliza Fernán González para ampliar los territorios de Castilla e ir afianzando su autonomía.
 
Reino de Castilla

 
 
A la muerte de Fernán González (970) hereda el condado su hijo García Fernández (970-995), a éste le sigue Sancho I García (995-1017) y, luego, García II Sánchez (1017-1029). Éste es asesinado por la familia de los Vela (alavesa) pasando la titularidad a Munia, hermana del asesinado, que estaba casada con el monarca navarro Sancho III el Mayor.
 
Éste es un punto de inflexión ya que desvincula Castilla del reino de León y la pone, temporalmente, bajo los designios de la monarquía navarra. Pero los hechos que sucederán, en breve, permitirán ya no hablar del condado de Castilla, sino de un reino.
 
Castilla se convierte en reino a mediados del siglo XI cuando a la muerte de Sancho III el Mayor (1035) el condado pasó a su hijo Fernando I quien lo gobernó con el título de rey. Lo primero que hace es convencer a su hermano García, rey de Navarra, para que le ayude a derrotar al monarca leonés Vermudo III, cosa que así hace en la batalla de Tamarón (1037), dando muerte al mismo Vermudo. Dado que desde 1032 estaba casado con Sancha, hermana de Vermudo, aprovecha la ocasión para proclamarse rey de León.
 
Tras su muerte (1065) Castilla y León se separan. Comienza un largo periodo de uniones y separaciones. El monarca castellano Sancho II (1065-1072) consigue mantener su hegemonía pero su muerte, en el cerco de Zamora, hizo que los territorios castellanos y leoneses quedaran bajo la hegemonía del rey leonés Alfonso VI (1072-1109). Esta unión se mantuvo durante los reinados de Urraca (1109-1126) y Alfonso VII (1126-1157).
 
Corona de Castilla

 
 
A la muerte de éste los reinos estuvieron separados hasta la fecha de 1230 en que el monarca Fernando III, el Santo, conseguiría la fusión definitiva.
 
Es a partir de esta fecha cuando debe de hablarse de la Corona de Castilla. La Corona queda conformada con una serie de reinos o señoríos que se van uniendo al núcleo inicial de Castilla, la Vieja, por medio de las conquistas o los matrimonios: el reino de Castilla, León (con Asturias y Galicia), el Señorío de Vizcaya (actual País Vasco), la hoy Extremadura, el reino de Toledo (hoy Castilla-La Mancha), el reino de Murcia y los territorios de lo que hoy se denomina Andalucía.
 
Todos los reinos de la Corona mantuvieron, aunque fuese de forma simbólica, la denominación de Reino y Vizcaya, la de Señorío. La diferencia con la Corona de Aragón radica en que en Castilla sólo hay una Corte para todos los reinos. A nivel administrativo al frente de cada reino había un merino mayor.
 
La Corona de Castilla, de la que el reino de Castilla formaba parte, continua su expansión y antes de conquistar el reino nazarí de Granada (1492) se extiende por el norte de África y Canarias. Tras la conquista de Granada se descubre América. 
 
Castilla es palabra con distintos significados en el transcurso de la historia. No es lo mismo hablar de la Castilla de los condados, del reino de Castilla o de la corona. Son distintas realidades sociales, políticas y económicas. Pero, sin ser deseado por aquellos componentes del núcleo básico (Castilla la Vieja), Castilla consigue, mutando en el tiempo, aquel viejo anhelo visigodo: la creación del Estado español.
 
La puesta en escena de los Trastámara y, en concreto, el matrimonio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón significa, de hecho, la aparición de España como nación
 
El paganismo en Hispania Tardoantigua
Iglesia y Cultura - General

En el año 380 d.C. el emperador hispano Teodosio I eleva el cristianismo a la categoría de religión oficial del Imperio. Ya hacía algún tiempo en que este hecho se venía venir, de tal forma que, con anterioridad, los emperadores Galerio (año 311) y Constantino (año 313) estaban ya convencidos de que el Cristianismo era la religión más adecuada para el Imperio. En concreto, Galerio es el primer emperador que permite al Cristianismo abandonar la clandestinidad mediante el Edicto de Tolerancia del año 311; por su parte, Constantino, provocará el importante Edicto de Milán del año 313.

Lo cierto es que con su oficialidad el Cristianismo no acaba con las prácticas religiosas anteriores. Si bien tiene un cierto calado en amplios sectores de la población, no es menos cierto que, otro amplio sector, continua con sus prácticas paganas aunque el apoyo del Estado al Cristianismo hace que su victoria sea sólo cuestión de tiempo. El Cristianismo se convierte, además, en garante de la romanidad a medida que el Estado va descomponiéndose.

Una especial relevancia para comprender la situación del Cristianismo y el paganismo en Hispania la tiene el Concilio de Elvira. No se sabe con certeza la fecha de su celebración, pero con toda seguridad que lo hizo en la ciudad de Granada entre los años del 305 al 310 d.C. Las resoluciones allí tomadas dan a entender lo frecuente de las prácticas religiosas paganas. En él se prohibe a los cristianos participar en prácticas y cultos paganos tales como:

Asistir a ceremonias.
Celebrar sacrificios a divinidades cláscias.
Servirse de la magia y de la adivinación.
Tener estatuillas de antiguos dioses.
Celebrar banquetes fúnebres.
Asistir al teatro o a las carreras en el circo.

El Concilio de Elvira también advierte a los cristianos de que si perecen en el saqueo de los templos u obras de arte del mundo pagano no serán considerados mártires por la Iglesia.

Lo comentado muestra como el paganismo, aunque en lenta y constante agonía, permanecía vivo en la sociedad hispana, algo que perdurará incluso hasta finales del siglo VI. Durante el III Concilio de Toledo, celebrado en el año 589, se ordena la investigación de algunos obispos y jueces ya que existe la sospecha de que practicaban cultos paganos.

 
Astures y romanos
Hispania Romana - Romanización

En la zona cántabra y astur desde finales de los siglos IX y VIII a.C. hasta el siglo IV d.C. se asiste a un proceso que significa el progresivo fin de la vida independiente y la conquista definitiva por Roma, iniciándose, a partir de este momento, un proceso de romanización en el cual van a seguir presentes, con mayor o menor fuerza, una serie de elementos de la cultura tradicional de astures y galaicos.

El proceso de romanización no debe de entenderse como un proceso de imitación de la cultura romana. No es un proceso estático, unidireccional, en el que se copia lo romano, ya que se dan interacciones en ambos sentidos. Pero, siguiendo a Sánchez Albornoz, lo cierto es que Roma configura a Hispania y el "factor Roma" constituye un referente básico en la configuración del Reino Asturiano. La valoración de los elementos indígenas, previos a la influencia romana, ha sido sobrevalorada pero no cabe duda que debe darse una reivindicación del elemento prerromano.

A. Balil ya expuso en el año 1973 que el fenómeno de romanización, en estas zonas, responde a un modelo de implantación distinto al del Mediterráneo. Aquí se trata de un modelo más propio de un territorio romano de frontera en el que escasea la migración itálica y la colonización humana propiamente dicha. No obstante A. Balil, J.L. Maya, junto a los catálogos del Museo Arqueológico de Oviedo y el trabajo de Diego Santos, demuestran que la presencia romana en tierras de Asturias fue mucho más abundante de lo que hace unos años se había supuesto, de tal forma que se han encontrado materiales y elementos constructivos romanos perviviendo con sistemas de poblamiento prerromano y organizados alrededor del castro.

En las zonas mediterráneas la captación de los patrones culturales romanos fue mucho más rápida debido a los tempranos contactos con griegos, fenicios y púnicos. En Levante y en el Mediodía la cultura urbana ya existía a la llegada de Roma, por lo que con ello sólo se profundizó en los procesos de latinización, municipalización y urbanización. Pero esto mismo, con otra intensidad, también se produjo en la zona septentrional. Y se produjo de una forma voluntaria ya que el único campo en donde los romanos actuaron con contundencia, en lo que a homogenización se refiere, fue en lo relativo all campo administrativo y fiscal, pero no en otros como la lengua, el género de vida, el derecho o la religión.

El "factor Roma" es pues un elemento indiscutible en los orígenes del Reino de Asturias, siendo esto aceptado hoy día mayoritariamente a nivel científico, otra cosa es la "celtomanía" de determinados ambientes sociales y que se da en un marco perteneciente a una historia más mística que científica.

Los relatos de la guerras cántabras narrados por Estrabón, Tito Livio y, más tarde, repetidos por Floro y Orosio, se han convertido en el argumento para justificar los "rasgos diferenciales" de las poblaciones norteñas. Se trata de barbarie y resistencia frente a romanidad y civilización; de terquedad y belicosidad frente a refinamiento cultural de debilidad de los otros pueblos meridionales... Es necesaria la reinterpretación de los textos de los historiadores clásicos para romper el cliché transmitido hasta nuestros días. En los tiempos en que fueron escritas las obras de estos autores no pretendían ser textos científicos sino literarios y su finalidad era la propaganda política y el propósito fundamental de los mismos era contraponer un mundo inferior al modo de vida del mundo mediterráneo "civilizado".

Hoy se sabe, mediante estudios arqueológicos, que el impacto de la conquista no se traduce en signos de violencia generalizada en los distintos asentamientos. Algunos castros fueron abandonados pero la mayoría se mantuvieron ocupados.

Desterremos pues la imagen de un grupo de indígenas "libres y heróicos" que resisten a ultranza frente a una potencia colonial "arrolladora" y valoremos en su justa medida la dialéctica del proceso de conquista. Lo "hispanorromano" debe entenderse como la perduración de componentes propios de las culturas autóctonas y esto es algo que no se da exclusivamente en el Norte y NO, sino también en la Bética, Levante y tierras interiores. Los territorios septentrionales no son los menos romanizados, es mejor decir que lo fueron de forma distinta.

El modelo de romanización no es único y, es importante, no se trata de un sistema calculado y aplicado sistemáticamente por Roma con una pretendida finalidad unificadora. Roma se limitó a imponer una base mínima de tipo administrativa y fiscal.

 
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