Al-Andalus: Segundo Estado Español
Al-Andalus - Estado

Desde el año 683 la España visigoda se encuentra inmersa en un proceso de guerra civil con motivo de la pérdida total de autoridad de la monarquía. Con motivo del enfrentamiento que tienen los partidarios de Akhila, hijo de Vitiza, y los del actual rey, don Rodrigo, los primeros piden ayuda a los bereberes que, en el año 711, cruzan el estrecho de Gibraltar.

Para los vitizanos era una llamada de socorro para desbancar a Rodrigo, pero para los musulmanes, la entrada en la Península, forma parte de un proceso de expansión iniciado unos 80 años antes y lo demuestra el hecho de que, durante los siguientes seiscientos años, penetraran posteriores oleadas de otros pueblos islámicos (almorávides y almohades).

Lo interesante de la invasión es el hecho de que, en los primeros trescientos años, vamos a asistir a la creación de un poder político que constituirá el segundo Estado español, controlando la mayor parte del territorio, y de unas características culturales radicalmente distintas al primero, de la monarquía visigoda. El denominador común de ambos es el no conseguir la estabilidad política necesaria para su consolidación.

El efecto llamada de los seguidores de Akhila, y las informaciones ofrecidas por judíos exiliados sobre las expectativas de suculentos botines, animan a que en abril del 711 Tarik, lugarteniente de Muza, penetre en España siendo interrumpido, brevemente, por las tropas de Rodrigo en Guadalete. El avance es fácil y la mayor parte del control militar es realizado entre los años 711 y 714 por Tarik y Muza.

Tarik es el primero en avanzar encontrando muy poca resistencia en las zonas dominadas por don Rodrigo y

Rutas de la invasión
                Rutas seguidas durante la invasión

ninguna en las controladas por los vitizanos. La penetración sigue las vías de comunicación romanas, por medio de las cuales llega a Toledo y, dada la facilidad encontrada, decide encaminarse hacia el N por Guadalajara, Buitrago y Clunia. Desde aquí se dirige a Amaya y a León, retrocediendo a Toledo una vez reconocida la Meseta norte, la zona de mayor presencia visigoda. Ya en Toledo, reclama la presencia de su jefe, Muza, con la intención de penetrar, con algo más de tranquilidad, en el valle del Ebro, zona bastante más poblada

Muza llega en el mes de julio del 712 con un ejército de 18.000 hombres, árabes en su mayoría. Se dirige hacia Sevilla y, una vez controlada, a Mérida. Ésta es la ciudad que más resistencia opuso, necesitando varios meses para su control. Una vez sometida (715) llega a Toledo, donde se reúne con Tarik.

Al mismo tiempo, una vez tomada Mérida, una parte del ejército, al mando de Abd-al-Aziz (hijo de Muza), vuelve sobre sus pasos para regresar a Sevilla y, luego, marchar sobre Málaga y Granada, para llegar a Orihuela, en donde firma un tratado de paz con su gobernador visigodo Teodomiro.

A finales del año 713 los invasores han tomado contacto con las dos mesetas, el valle del Guadalquivir, los macizos penibéticos y la huerta murciana. Ya en el año 714, unidos los ejércitos de Tarik y Muza, controlarán el valle del Ebro y, en especial, las comarcas de Tarragona, Lérida y Huesca.

Antes de regresar a Damasco, donde ha sido llamado por el califa, Muza continúa por la calzada romana que une Zaragoza y Astorga para internarse hasta Lugo. Cuando marcha deja de jefe de sus ejércitos a su hijo Abd-al-Aziz, el cual fallece en el año 716 estando ya prácticamente concluído el proceso de la posesión de España.

Las pretensiones musulmanas son las de continuar hacia el norte, cruzando los Pirineos. Para ello, el valí Al-Hurr recorre la zona catalana y sienta las bases para el avance ultra-pirenaico. Este avance lo inicia su sucesor, Al-Samh, tomando Perpiñán y Narbona en el año 720. Dos son las líneas de penetración establecidas; una de ellas oriental, por el valle del Ródano, y la otra occidental, a través de la llanura aquitana hacia Poitiers. Aquí son derrotados en el 732 por Carlos Martel el cual, poco más tarde, les cerraría también la vía oriental y en el año 759, los francos, reconquistarían Narbona, poniendo fin a las pretensiones expansionistas islámicas hacia el resto de Europa.

La cantidad de población invasora que penetra, hasta la llegada de Abd-al-Rahman I, puede cifrarse en unos 60.000 hombres; una cantidad muy pequeña en relación con la actual población que se situaría en 4.000.000 de habitantes. Este escaso número de invasores contactan con la población existente de tres formas principales: el enfrentamiento militar, la capitulación y el pacto. Las formas preferidas, y más utilizadas, fueron éstas dos últimas debido principalmente a ser una minoría que en estos momentos tiene problemas de suministro de hombres y, también, por la propia doctrina islámica, que consideraba a judíos y cristianos como gente próxima a ellos, "gente del Libro", que merecían otro trato que los paganos o idólatras a los que había que convertir o aniquilar.

Tal como los elementos de la oligarquía militar fueron asentándose en el territorio se convirtieron en una nueva clase terrateniente, apoderándose de las grandes extensiones de terreno antes en manos visigodas. En general, las tribus árabes eligen las zonas de los valles del Ebro y del Guadalquivir, concentrándose sobre todo en Sevilla, Córdoba y Zaragoza. Los bereberes lo hacen en las tierras altas de la Meseta y los flancos de las sierras: Algarbe, Extremadura, Guadarrama y macizos ibéricos y penibéticos.

Con el establecimiento territorial comienza el deterioro de la primitiva relación contractual entre hispanogodos y musulmanes; pero también entre los distintos grupos étnicos de los invasores. Los árabes se erigen en la casta dominante y los bereberes son discriminados profundamente, cosa que no autoriza la doctrina coránica. Incluso dentro de los árabes surgen profundas divergencias entre dos castas, la de los yemeníes y la de los qaysíes.

No es extraño que, ya en el año 741, asistamos a una fuerte rebelión de los bereberes. Para sofocarla, el valí de Córdoba procede a la contratación de tropas sirias ,al mando de Balch, que proceden a derrotar a los sublevados. Pero, dado que el valí no cumple lo pactado con los sirios, es destituído por Balch ocupando éste el puesto de valí. Los sirios ocuparan el poder hasta la llegada de Adb-al-Rahman I en el año 756, momento en que será trasladada la capitalidad de Sevilla a Córdoba, nombrando gobernadores musulmanes (gobernador=valí) en gran parte de las ciudades.

En la fase inicial del dominio musulmán la población de la zona controlada puede situarse entre 3.500.000 ó 4.000.000 de habitantes, frente a los 500.000 de la zona norte no controlada. La población de Al-Andalus muestra una gran variedad étnica: árabes, bereberes, judíos e hispanogodos. Por lo que se refiere a los hispanogodos, se agrupan en muladíes y mozárabes, dependiendo de su conversión o no a la religión islámica.

Actividad económica en Al-Andalus
                           Actividad comercial

Las mayores concentraciones de población se dan en el valle del Guadalquivir y del Ebro y la ciudad es fortalecida como forma de habitat, en detrimento de la población rural del periodo visigodo o de la actual zona hispanocristiana. Durante la época califal la ciudad de Córdoba tiene 100.000 habitantes, Toledo sobre los 37.000, Granada 26.000, Zaragoza y Málaga unos 20.000, Valencia (a comienzos del s XI) 15.000 y Sevilla (también a comienzos del s XI) contaría con 40.000 habitantes. Todas estas ciudades existían ya siendo en estos momentos potenciadas; menor nivel de población tienen las de nueva creación (Calatayud, Calatrava, Madrid, Medinacelli, Calatayud, Murcia, Tudela, Badajoz, Almería…) todas ellas ubicadas en puntos vitales dentro de una estrategia militar y que, posteriormente, al estar ubicadas en zonas con grandes posibilidades agrícolas, crecerán.

Las ciudades atraen gran parte de la población del campo debido a su potente economía monetaria, motivada por el monopolio del oro extraído en Sudán, y al incremento de la productividad agrícola, como consecuencia de la intensificación y mejora de las técnicas de regadío heredadas de los romanos. Pero sobre todo, será la decisión de la aristocracia árabe de instalarse en las mismas la que reoriente la actividad económica.

A esta aristocracia, de carácter absolutista, lo que le preocupa esencialmente es el orden público como medio para garantizar las transacciones comerciales, y va a impedir la aparición de cualquier tipo de organización municipal autónoma. La carencia de un sentido de lo colectivo condicionará también el paisaje urbano, formado por una yuxtaposición de casas que determinan un trazado muy alejado del concepto romano de plano ortogonal. Un conjunto de calles habitados por gentes de un mismo grupo religioso o étnico, o de una misma actividad económica, constituye lo que se denomina un arrabal. Viene a ser como una ciudad dentro de la ciudad, independiente y con todos sus servicios. Realmente será el arrabal la unidad de poblamiento esencial más que la ciudad en su conjunto.

Al final del califato, la población de Al-Andalus habrá pasado de los algo menos de 4.000.000 de habitantes iniciales a los 5.000.000.

En cuanto a la evolución política de Al-Andalus, desde el 756, en que Abd-al-Rahman I es proclamado emir independiente en la mezquita de Córdoba, y el 1008, en que muere Abd-al-Malik, hijo de Almanzor, es una constante el uso de la fuerza para mantener el orden dentro de la comunidad hispanomusulmana generada por la conquista. Por lo que se refiere a las luchas contra los hispanocristianos éstas fueron mucho menos preocupantes para el poder musulmán.

Los esfuerzos por constituir un poder centralizado pueden ser clasificados en tres etapas:

- Entre los años 756 y 850 se procede a la creación de los instrumentos de gobierno y administración del Estado. En el año 756 llega Abd-al-Rahman I, miembro de la familia Omeya, que tiene que huir de Damasco para no ser asesinado durante la matanza abbasí. Se proclama emir en Córdoba procediendo, de esta manera, al comienzo de la creación del Estado, algo que dará por concluído, en el año 850, Abd-al-Rahman II.

El esquema organizativo del territorio conserva, en líneas generales, el heredado de los visigodos, dividiendo el país en 22 circunscripciones llamadas coras. Al frente de cada cora es situado un gobernador, que suele ser miembro de la nobleza local, lo que estimulará la tendencia autónoma de muchas de ellas.

Frente a estas tendencias disgregadoras la mejor garantía fue el ejército como medio de imponer la autoridad central. Es un ejército integrado por huestes mercenarias (bereberes y eslavos fundamentalmente) que acuden a la llamada por la atracción del sueldo ofrecido, las esperanzas de cobrar botín o los deseos de combatir al infiel. La política de utilización de la fuerza por Al-Hakam I proporcionará la relativa tranquilidad que disfrutó el reinado de Abd-al-Rahman II, entre los años 822 al 852.

- El espacio de tiempo comprendido entre los años del 850, a la llegada al trono de Abd-al-Rahman III, en el 912, ve resurgir las tensiones en el emirato a través de los movimientos desestabilizadores de los mozárabes y muladíes. Se manifiestan los efectos de una serie de contradicciones sobre los que se asienta la sociedad de

Al-Andalus: etapa del Califato y de Almanzor
           Campañas durante el Califato y Almanzor

Al-Andalus: la utilización siempre de la fuerza otorga a la minoría árabe unos privilegios excesivos; por otro lado, la rápida islamización del territorio provoca la ruptura de la tradición cultural de una buena mayoría de hispanos que conservaban su propia lengua, literatura, legislación y liturgia; por último, destacar la gran dificultad de conciliar los intereses de un Estado centralizado y despótico con los de una nobleza deseosa de continuar la vieja tradición pactista.

- Desde la llegada de Abd-al-Rahman III, en el 912, hasta la muerte de Abd-al-Malik, sucesor de Almanzor, en el 1008, el Estado se impone a todo tipo de movimiento disgregador debido a una buena situación económica y a la militarización progresiva del régimen.

La recuperación económica tiene mucho que ver con los éxitos militares en el N de África, que permiten canalizar el oro sahariano. Este predominio militar permitirá, en el interior, garantizar la recaudación de impuestos con los que engrosar unas arcas muy necesitadas, entre otras cosas, para realizar el pago a las ingentes cantidades de mercenarios contratados.

En el año 929, Abd-al-Rahman III asume el título de califa, con lo que centraliza en su persona la jefatura política y religiosa. A partir de estos momentos, Al-Andalus, no tiene dependencia de ningún orden superior. Pese a ello es permanente la política de auto-limitación de fronteras con lo que respecta al mundo cristiano peninsular, lo que posibilitará a éstos alcanzar la línea del Duero y, poco a poco, ir construyendo castillos de piedra que van sustituyendo a las antiguas edificaciones de madera y tapial.

A la muerte de Al-Hakam II, en el 976, llega al poder Almanzor, en el año 981. Almanzor es un dictador usurpador que reduce el poder del califa al plano puramente espiritual, recluyendo al califa Hisham II en las dependencias del palacio de Córdoba. Él se traslada, con todo el poder político, al palacio de Madina-al-Zahira, desde el cual ejerce todo el poder basado en un total fortalecimiento del ejército a base de la contratación de ingentes cantidades de mercenarios, fundamentalmente bereberes. El elevado número de victorias obtenidas contra los cristianos ocultarán, durante un tiempo, la falta de justificación ideológica de su régimen.

Como sucede en estas situaciones, con la desaparición de la personalidad desaparece el régimen que ésta sustenta. Almanzor resiste y en el 1002 su hijo, Abd-al-Malik, recibe sus poderes. Muerto éste, en el año 1008, su sucesor, y hermano, Abd-al-Rahman Sanchuelo sólo consigue mantenerse en el poder seis meses, tras lo cual se asiste a una atomización del espacio político de Al-Andalus que anunciará, de manera casi definitiva, la desaparición del Estado andalusí.

La ira con que en los años que van del 1008 al 1013 son destruídos los palacios de la aristocracia árabe (comenzando por los de Almanzor y Abd-al-Rahman III) demuestra la fragilidad de las bases sociales sobre las que se intentó construir el Estado de Al-Andalus.

 
Primer Estado español: los visigodos
La España Visigoda - Estado

En el espacio de tiempo comprendido entre los años 409 al 507 tiene lugar la entrada de una serie de pueblos germánicos, entre los cuales se encuentran el de los visigodos. No es esto una novedad, ya antes, en el s II, habían hecho su aparición los moros en la Península, a mediados del s III lo hacen los francos y alamanes y, más tarde (s VIII) lo harán los árabes y bereberes. Los normandos nos frecuentarán durante el s X.

Visigodos: división territorial a finales s VII
                                España a finales del s VII

La llegada de los visigodos tiene una importante diferencia con las invasiones que han tenido lugar hasta ahora, consistente en que, este pueblo, es el creador del primer Estado español. Un primer Estado que se iba a caracterizar, en lo demográfico, por una aplastante mayoría de población hispanorromana, lo que provocará el desarraigo de los invasores, y, en lo político, por la gran inexperiencia de los visigodos en la organización de entidades de este tipo.

En el año 409 penetran los suevos, vándalos y alanos. Roma firma con ellos un foedus (411) mediante el cual se establecen, a su voluntad, por toda la Península pero dejando libre la provincia de la Tarraconense. Poco después, en el año 415, entra una pequeña población de visigodos, estableciéndose en la región Tarraconense, que había quedado libre. Eligen este territorio ya que ello les permitirá seguir en contacto con el grueso de su pueblo, afincado en las Galias. Es en el año 418 cuando firman un foedus con Roma, siendo utilizados contra los otros pueblos germánicos establecidos, de casi nula romanización, y, por tanto, considerados un mayor peligro.

Vándalos, alanos y, en cierta medida, también los suevos, se asemejan a cuadrillas de bandoleros. Pero no es este el caso de los visigodos. Desde su primera aparición en el año 415 hasta el 507 tienen frecuentes contactos con la Península pero su centro político está ubicado en Tolosa. Los menudeos son debido a la colaboración con Roma en la tarea de ir eliminando las amenazas de otros pueblos germánicos. Fruto de estas acciones es la presencia de sólo el poder suevo que, tras su derrota ante los visigodos en Astorga (456), quedan arrinconados en el NO peninsular.

A partir de este año las sucesivas penetraciones visigodas son pacíficas, trasladándose desde el Mediodía de Francia hacia la Península. Ya con la caída, en el 476, del Imperio de occidente es evidente, de derecho, lo que ya era un realidad de hecho: la existencia de un Estado visigodo independiente.

La hostilidad de los galorromanos para con los visigodos es uno de los elementos que facilita la victoria del franco Clodoveo I sobre éstos. Tras la batalla de Vouillé se pone fin al reino visigodo de Tolosa y, a partir de ahora asistimos a su decidida penetración hacia la Península.

La cifra de visigodos que entran en nuestro territorio oscila entre los 80.000 ó 100.000. Cantidad ínfima comparada con la actual población de hispanorromanos, que andaría por los 4.000.000. Se trata de un 2% sobre la población total asentada de un modo muy poco uniforme, eligiendo -fundamentalmente- la actual provincia de Segovia y territorios al N y S del Sistema Central, es decir, la Meseta. Unos niveles similares, de intensidad de poblamiento, alcanza la región de la Narbonense ya que fue utilizada como "marca" frente a la amenaza franca. En el resto del territorio sólo existen destacamentos militares y una serie de funcionarios en las ciudades más importantes.

El motivo de haber elegido un posicionamiento interior fue debido a varias causas. Una de ellas fue el deseo de mantenerse alejados de las grandes concentraciones de hispanorromanas, muy romanizadas y donde el catolicismo era fuerte; por otro lado, no debemos de olvidar que, en estos momentos, el peso económico de Hispania se ha desplazado de la periferia al interior y que, además, es éste un punto favorable de cara a una estrategia que permite mantener a raya a suevos, vascones y francos, alejados también del mar que es otro punto de posibles agresiones.

Desde el punto de vista demográfico, se trata de una población con una cortísima esperanza de vida, muy afectada por el hambre y las pestes (combinación de malas cosechas y periodo de lluvias e inundaciones) y que no desarrolla una actividad generadora de nuevas ciudades. Ello nos conduce a que, en los 200 años de permanencia de los visigodos, la población, siendo optimistas, permanecerá estancada en la misma cifra que la existente en el momento de su entrada, es decir, en los 4.000.000 de habitantes.

En economía, la tendencia es seguir la situación de finales del Bajo imperio, pero a peor. Las minas dejan de trabajarse, incluso pierden su nombre latino; la base económica es la gran propiedad rural que centraliza la producción agrícola, ganadera y la escasa industria del momento. Es una economía de autoconsumo en la que los mínimos excedentes son utilizados para el intercambio. Pese a la excelente red viaria peninsular, dejada por los romanos, el comercio interior queda prácticamente desaparecido. El exterior lo hará, definitivamente, cuando en el año 628 sean expulsados los bizantinos. Ni que decir tiene que la circulación de moneda es escasa, lo ilustra el hecho de que los impuestos, frecuentemente, son pagados en especie.

La forma de agrupación humana será ahora la aldea, en la que una mayoría debilitada de población trabajará con la condición de siervo para el señor. A la dinámica del Bajo Imperio se une ahora la ausencia de poder central y, por tanto, una mayor inseguridad. El antiguo pequeño propietario prescinde de sus tierras y de su libertad para que, a cambio de ellas, los señores les presten alguna forma de sustento y seguridad.

El desarraigo inicial de los pobladores visigodos es disminuido a partir de los siglos VI y VII gracias a la práctica de una política de apertura que favorezca la fusión de los godos e hispanorromanos. Sirva de ejemplo citar la supresión de la prohibición de los matrimonios mixtos, la conversión al catolicismo, con Recaredo, o la unificación del derecho con el Liber iudiciorum de Recesvinto.

Pero estas medidas no afectaron gran cosa a la enorme masa humilde de población, nos encontramos con una sociedad que camina en dirección de una completa feudalización en la que la nobleza desempeña un protagonismo esencial. Hablar del clero es hablar, por un lado, de una nobleza eclesiástica y, por otro, de una gran cantidad de eclesiásticos pobres, en una condición muy próxima a la de los siervos. Por debajo de la nobleza, laica o eclesiástica, todos los demás. Citar, por último, a una minoría judía que no es asimilada y que sufre un fuerte acoso sobre todo desde la conversión de Recaredo en el 589, alcanzando el punto álgido en tiempos de Sisebuto.

La sociedad visigoda se halla fundamentada en la familia patriarcal pero sin llegar, la autoridad del padre, a alcanzar los niveles que se dieron con los romanos.

En la evolución política del Estado visigodo debemos de distinguir tres periodos:

- El de los años que van del 507 al 585. En ellos tiene lugar su asentamiento en el espacio territorial y queda delimitado por dos acontecimientos: la derrota de Vouillé y la victoria de Leovigildo frente a los suevos.

Es evidente el interés de los visigodos por identificar el territorio de su Estado con los límites geográficos de la Península dejando, como ya ocurriera con Roma, delimitada la zona de excepción cántabro – vasca.

Es Leovigildo el que más avanza en la independencia del Estado frente a las fuerzas disgregadoras de la nobleza: refuerza el contenido germánico del Estado (revisión del Código de Eurico), intenta fortalecer el sentimiento nacional arriano y de su propia condición real (adopta atributos de los emperadores y transmite a su hijo el trono, rompiendo el principio electivo germano). Procede a suprimir la prohibición de los matrimonios mixtos (visigodos e hispanorromanos) y crea, como órgano consultivo, el Officium Palatinum que sustituye al antiguo consejo de ancianos guerreros de los godos. En el terreno de la administración del territorio, crea una serie de circunscripciones basadas en las antiguas provincias romanas y, al frente de cada una de ellas, coloca a un duque (equivalente al antiguo gobernador romano)

- El periodo comprendido entre los años 586 y 681 viene caracterizado por un auge de la nobleza territorial junto con el hecho, desde la conversión de Recaredo (589), de que la Iglesia se convierte en legitimadora de las pretensiones nobiliarias. Esto último se ve con claridad cuando Sisenando se impone con su revuelta a Suintila, no siendo refrendado completamente hasta el reconocimiento pleno en el IV Concilio de Toledo (633).

La llegada de Chidasvinto (642) significa una reacción de la monarquía frente a la nobleza. Chindasvinto procede a recuperar el erario, confisca gran cantidad de bienes a los nobles contestatarios y da un serio aviso a la Iglesia. En definitiva, procede a robustecer la autoridad real dentro del marco del nacionalismo germánico. Pero la reacción nobiliaria no se haría esperar con la llegada al poder de Recesvinto, recuperando la nobleza su status pasado en el VIII Concilio de Toledo.

Nuevamente asistimos durante el reinado de Wamba (672-680) a una reacción del poder de la monarquía frente a la nobleza laica y eclesiástica. Tras la derrota del rebelde Paulo, inicia una fortísima represión.

Pero la batalla de la monarquía estaba perdida de antemano. La carencia de fuentes directas de financiación le impedirá disponer, entre otras cosas, de un ejército propio y suficiente, con lo que el monarca tendrá que depender de los ejércitos privados de los nobles. Tras una conjura, en la que participa el metropolitano de Toledo don Julián, llega al poder Ervigio siendo apartado Wamba.

- Los años que transcurren del 681 al 711 vienen marcados por una ausencia de poder real y por continuos enfrentamientos de las distintas facciones de los nobles. La llegada al poder de Ervigio tiene lugar por una conjura en la que participa el obispo de Toledo y, en correspondencia, el monarca favorecerá los intereses de los nobles y de la Iglesia que le han apoyado.

En estos años se acelera la ruina del Estado. Es una época, además, de hambres y pestes en la que los continuos enfrentamientos de una minoría nobiliaria son vistos, por una inmensa mayoría (sin protagonismo alguno), con total indiferencia.

En este estado de cosas, el primer Estado español, el Reino Visigodo de Toledo, no puede hacer frente a la invasión árabe del 711.

 
Administración de la Hispania romana
Hispania Romana - Romanización

La conquista de la Península por los romanos trae consigo la forma que estos tienen de organizar los territorios y las gentes que en ellos vivían. En general, los grupos de poder indígenas se sintieron muy atraídos por las formas políticas romanas y, con el transcurso del tiempo, no es que se integraran en las formas romanas sino que consideraban Roma como de su pertenencia.

Hispania Citerior y Ulterior
                     Hispania Citerior y Ulterior

En el año 197 a. C. los romanos dividen la Península en dos unidades administrativas: la Citerior y la Ulterior. Cada una de ellas es gobernada por un pretor, siendo la Ulterior, con el Valle del Guadalquivir, más rica que la Citerior, en donde destacaban las zonas del Valle del Ebro y la costa SE.

En los años que van del 27 al 14 a.C., en tiempos de Augusto, la provincia del Ulterior es subdividida en dos: la Bética y la Lusitania. De tal manera que ahora conforman la Península tres provincias, éstas más la Citerior o Tarraconense. La Bética es administrada por el Senado; la Lusitania y la Tarraconense, directamente por Augusto. Entre otras aspectos, esto supone que los impuestos recaudados se ingresen en cajas distintas; los recaudados en la provincia senatorial van a parar al erario y, los de las imperiales, al fisco. Los motivos de la clasificación en provincias senatoriales e imperiales debe de verse como una forma de contentar a la influyente clase senatorial y al deseo de controlar directamente el emperador aquellas provincias con una fuerte implantación militar debido a no estar, todavía, razonablemente pacificadas. Luego, los emperadores, fueron ampliando el

Hispania en tiempos de Augusto
                Hispania en tiempos de Augusto

territorio de las provincias controladas directamente por ellos, anexionando territorios de las senatoriales ricos en yacimientos mineros.

Al frente de cada una de estas provincias figuraba un gobernador. Fijaron su residencia en las capitales de las mismas; así, el gobernador de la Tarraconense residía en Tarraco, el de la Bética en Corduba y el de la Lusitania en Emerita Augusta. Para poder impartir la justicia de una forma más efectiva se crearon los conventus en cada una de ellas. En la Citerior o Tarraconense se crearon siete conventos, ubicados en Tarraco (Tarragona), Cartago Nova (Cartagena), Caesaraugusta(Zaragoza) , Clunia (Peñalba de Castro), Asturica Augusta (Astorga), Lucus Augusti (Lugo) y Bracara Augusta (Braga). Tres fueron los que se crearon en la Lusitania, en Emerita Augusta (Mérida), Scallabis (Santarem) y Pax Iulia (Beja). Por último, por lo que respecta a la Bética, se crearon cuatro, en Corduba (Córdoba), Gades (Cádiz), Hispalis (Sevilla) y Astigi (Écija).

El progresivo desarrollo de las ciudades hizo que, llegado el Bajo Imperio, hubiesen desaparecido la mayoría de los conventus, ya que la justicia fue administrada desde las mismas. Quedan como excepción los de las zonas más septentrionales, menos romanizadas. Aquí se mantienen como una necesidad para posibilitar el agrupamiento de las gentes en sus correspondientes circunscripciones administrativas.

Hispania: división de Diocleciano
               Hispania: División de Diocleciano

La implantación del modelo administrativo romano no impide que sigan existiendo, muy influenciadas, las circunscripciones indígenas allí donde no es posible que el modelo romano sea plenamente asimilado. Un ejemplo de ello lo constituye los territorios pertenecientes a los centros urbanos de Salmantica (Salamanca) y Pallantia (Palencia), los cuales se tenían como una única unidad desde el punto de vista tributario y que responde a un deseo de respetar la propiedad colectiva de unos determinados territorios.

Durante el reinado del emperador Caracalla, 211 al 217 d.C., de la provincia Citerior o Tarraconense, se extrae una nueva provincia, la Gallaecia. Y ya en los comienzos del Bajo Imperio, hacia el año 293 d.C., el emperador Diocleciano procede a una profunda reestructuración territorial de Hispania como respuesta a la crisis del s III. Hispania queda dividida en seis provincias: la Bética, la Lusitana, la Cartaginense, la Gallaecia, la Tarraconense y la Mauritania Tingitana. Ésta última es ubicada dentro de Hispania como respuesta a un problema militar ocasionado por la amenaza de penetración de tribus moras desde el Sur.

Los gobernadores de cada una de estas regiones estaban sujetos a la autoridad del vicarius Hispaniarum el cual, a su vez, lo estaba a la del Pretorio de las Galias, prefectura a la que pertenecía Hispania.

Así pues, la unidad político-administrativa de la Hispania romana la constituían las provincias y los conventus jurídicos pero, en mayor medida, lo fueron las ciudades. La ciudades hispanas tenían sus leyes propias, dentro del marco del Imperio, y eran gobernadas por dos magistrados generalmente y un consejo. Al consejo se le denominaba curia y estaba compuesto por los decuriones, los auténticos miembros de la oligarquía municipal. Para poner freno a posibles abusos de esta oligarquía se creó la figura del defensor plebis.

La cada vez más deteriorada situación económica de las ciudades dio lugar a que algunos decuriones intentaran abandonar sus puestos para no tener que responder, ante el emperador, de la situación generada por la falta de recaudación, ello da lugar, como respuesta del Emperador, a que en el s IV se haga hereditario el cargo, lo que llevaría la ruina a gran parte de ellos.

La dominación romana en las regiones menos influenciadas tendió a transformar (pese a la menor romanización) las organizaciones indígenas. Roma recurrió con frecuencia a la fórmula del hospitium, o pacto de hospitalidad, como medio para conceder la ciudadanía romana, lo cual, poco a poco, provocó una situación de retroceso de las formas nativas basadas en la gentilitates.

 
La batalla de Vouillé
La España Visigoda - Nación

La batalla de Vouillé tiene lugar en el año 507 entre los visigodos y los francos; consecuencia de la misma es el establecimiento de una frontera, los Pirineos, entre dos naciones, las actuales España y Francia.

Reino de los Visigodos de Tolosa

                                                      El Reino Visigodo de Tolosa

Desde que es liquidado el Imperio Romano de Occidente, en el año 476, es el de los visigodos (con capital en Tolosa) el reino germánico de más extensión. Se extiende desde el Loira, ocupando el Languedoc, hasta la zona más meridional de la Península Ibérica, a lo que hay que sumar los territorios de la costa mediterránea francesa conquistados por Eurico (466-484).

Los francos, al norte, en estos momentos apenas constituyen un poder importante. Se interpone, entre los territorios de éstos y el de los visigodos, el reino de Siagrio, último reducto del Imperio en Occidente, con capital en Soissons.

Childerico I (463-481), rey de los francos, goza de un reinado aceptablemente exitoso, debido a una política de protección de los intereses de la sociedad galorromana. Derrota a Odoacro, rey de los hérulos. Luego firma un tratado de paz con éste y, juntos, proceden a exterminar a los alamanos, que se habían establecido en parte de Italia. Fue el padre de Clodoveo I.

Alarico II, rey de los visigodos, gobierna entre los años 484 al 507, siendo condicionado el final de su mandato por la catástrofe de Vouillé. Mantuvo un política de extensión territorial por la Península Ibérica, sin excesiva resistencia por los poderes locales hispanorromanos. La lentitud del avance tiene que ver con la escasez de recursos de los visigodos a la hora de tomar posesión de los territorios conquistados de tal manera que, conforme avanzaba en Hispania, iba debilitándose en la Galia.

Página del Breviario de Alarico

                Página del Breviario de Alarico

Los hechos positivos más importantes del reinado de Alarico II se producen en el año 506. Por un lado, elabora un código de leyes dirigido a sus súbditos romanos denominado el Breviario de Alarico; por otro lado, permite que se reúnan los obispos católicos de la Galia en un concilio. En política exterior mantuva una relaciones de clara inferioridad ante los francos, hecho que ya se detecta claramente cuando Siagrio, siendo derrotado por los francos, busca refugio ante los visigodos y Alarico II lo entrega a Clodoveo I.

En el año 502, Alarico II busca el entendimiento con Clodoveo I, con el que se reúne y acuerdan una promesa de amistad. Pero su propia percepción de debilidad le obliga a buscar aliados para defenderse de Clodoveo I recurriendo a Teodorico I el Grande, rey ostrogodo, al que antes había ayudado en las conquistas efectuadas en Italia. Lamentablemente para Alarico II, en los momentos inmediatos a la guerra contra Clodoveo I, Teodorico no puede ayudarle al estar, él mismo, amenazado por el Imperio Bizantino.

Por lo que respecta al gran Clodoveo I, decir que es el fundador del que será el reino germánico más importante, dando lugar al inicio de la dinastía de los merovingios. Su poderío lo fragua durante 30 años de reinado (481-511) Por un lado, mediante una serie de conquistas militares con las que ocupará la mayor parte del territorio francés en poder de los visigodos; por otra parte, pone en marcha un oscuro y cruel proceso de eliminación de posibles candidatos a ocupar el trono, sin ningún tipo de miramiento. Es el creador de la monarquía franca y sus descendientes se sucederán hasta el año 751. Clodoveo I es el primer rey germánico que se convierte al catolicismo, hecho que realiza, de forma solemne, el 25 de diciembre no estando totalmente claro el año pero se piensa que fue entre los del 496 al 506.

Son éstos unos tiempos en los que no existe otra diplomacia que el invadir o el ser invadido. No existe término medio. Clodoveo I ve, en el año 507, el momento oportuno para atacar a los visigodos ya que, tras un pacto con los bizantinos, imposibilita a Teodorico I en la labor de ayudar a Alarico II. La batalla tiene lugar en el 507 en Vouillé, a unos 15 kilómetros de Poitiers, siendo total la derrota visigoda. Parece ser que el propio Alarico es muerto por Clodoveo en combate.

Vouillé: Clodeoveo da muerte a Alarico

            Vouillé: Clodoveo da muerte a Alarico

Sólo el hecho de que Teodorico se deshace, antes de lo previsto, de la amenaza bizantina permite conservar a los visigodos los territorios de las costa mediterránea francesa.

Las causas de la derrota visigoda son varias, pero podemos destacar algunas importantes. En primer lugar es clara la superioridad militar franca, tanto desde el punto de vista de la calidad del metal de las armas como del, en estos momentos, más agresivo carácter guerrero de sus gentes. Por otro lado, la estrategia franca fue superior: Teodorico no pudo acudir en ayuda de Alarico hasta no desembarazarse de los bizantinos y, por otra parte, Alarico no pudo concentrar la totalidad de su ejército, ya que los burgundios (aliados de los francos) amenazaron Hispania en los momentos de la batalla.

Clodoveo estuvo listo. Se da cuenta de que necesita el apoyo católico para dejar en desventaja a los visigodos, de fé arriana. De tal manera, rompiendo la tradición germana del saqueo, publica un edicto mediante el cual se compromete a respetar y poner bajo su protección a las personas y bienes de la Iglesia católica del Reino Visigodo, una vez consiga deshacerse de Alarico. Es claro que el apoyo de la Iglesia fue total, dando lugar a una especie de cruzada mucho antes de que éstas tuviesen lugar.

Otros factores explicativos de la derrota visigoda fueron la debilidad demográfica frente a un extenso territorio que cubrir y la siempre debilidad de su estructura política que origina, sucesivamente, el que tras una gran batalla perdida casi nunca fueran capaces, los visigodos, de recuperarse. No hace falta comentar, en este caso, lo que pudo suceder si, además, el propio rey cae en combate…

La consecuencia de la batalla es el establecimiento, en los Pirineos, de una frontera entre dos potencias que darán lugar, en el futuro, a España y Francia. El Reino Visigodo de Tolosa dará lugar al Reino Visigodo de Toledo pero, durante un tiempo (de los años 511 al 549), el rey ostrogodo, Teodorico I el Grande, salvaguardará de alguna manera el territorio visigodo. Destituye al usurpador Gesaleico, nombrando heredero al hijo de Alarico II, Amalarico, a quien puso un tutor para su educación. Mientras tanto Teodorico gobernó todo el territorio y, tras su muerte (526), Amalarico fue el nuevo monarca que gobernó libremente a su pueblo.

Para los francos Vouillé supuso el principio de una hegemonía que duró siglos en Occidente. La expansión territorial culminó con la conquista de la Septimanía a los árabes por Pipino el Breve (751-768). Clodoveo, después de la victoria obtenida, establece la capital del reino en París.

 
La Sociedad Hispanorromana
Hispania Romana - Sociedad

Con la llegada de Roma a Hispania el modelo de sociedad traído por ellos es asimilado de acuerdo con los diferentes grados de romanización que alcanzaron los pueblos de la península perviviendo, en mayor o menor grado, los rasgos primigenios de cada uno de ellos.

El mundo clásico grecorromano siempre hizo una radical distinción entre el mundo de la materia y el del espíritu lo que, aplicado a la organización social, equivale a la división de la sociedad en dos grupos diferenciados claramente: el de los hombres libres y el de los esclavos. El hombre libre presume con orgullo de no rebajarse a una actividad, la del trabajo físico, que queda para una categoría inferior. Esta categoría de seres inferiores, los esclavos, es la que tiene la obligación de producir, de trabajar. Aunque es claro que muchos de los hombres libres, integrados en la plebe, también tuvieron que realizar esta práctica para poder subsistir.

Es una sociedad basada en la familia patriarcal en la que el hombre, en matrimonio con una sola mujer, tiene autoridad sobre su esposa, sus hijos, las mujeres de sus hijos y los esclavos a su cargo. Los dioses del padre serán los dioses de la familia, siendo así que la religión representa, de esta forma, un lazo de unión para todo el conjunto familiar.

Cada uno de los dos grupos en que queda dividida la sociedad romana presenta una serie de diferencias, más acusadas en el que conforma a los hombres libres. El grupo de hombres libres se divide en ciudadanos (cives) y extranjeros (peregrini). Estos últimos pueden residir en las ciudades pero carecen de derechos políticos. No es éste el caso de los ciudadanos, a los cuales se les otorga la ciudadanía (civitas) y con ella acceso pleno a los derechos políticos y civiles.

Los poseedores de la civitas quedan divididos en cuatro categorías: los senadores, los caballeros o clase ecuestre, los decuriones y la plebe. Veamos la situación en Hispania.

La clase senatorial es la más elevada de todas ellas. Sus componentes se encuentran ligados íntimamente a la ciudad de Roma de tal manera que, de muy jóvenes, viajan a ella para no volver, normalmente, a su ciudad de origen en el momento en que se encuentran formados para el ejercicio de su cargo. Ocupan los más elevados puestos dentro de la administración civil y del ejército, siendo poseedores de inmensas fortunas. Debían de justificar una fortuna de 1.000.000 de sestercios (un cuarto de denario) para la pertenencia a esta clase, siendo que, a título ilustrativo, el salario de un jornalero se situaba en una media de 1.400 sestercios al año.

La clase ecuestre también se encuentra muy ligada a la metrópoli. Ocupa altísimos puestos de responsabilidad, justo por debajo de la clase senatorial. Para ingresar en ella se debe de justificar una fortuna de 400.000 sestercios y, aunque como la senatorial, son poseedores de grandes extensiones de tierra, sus fortunas tienen más que ver con la acumulación de moneda.

Por debajo de ellos se encuentran los decuriones, unidos a sus ciudades de origen y, por este motivo, son los que en realidad constituyeron las oligarquías municipales en las ciudades hispanorromanas.

Todo el resto de los habitantes, que tenían la ciudadanía, formaban la plebe. Vivían en aldeas rústicas, situadas en los territorios de las ciudades, o en las ciudades mismas, dando lugar a una ingente masa generalmente desocupada. Solían, con mucha frecuencia, ingresar en el ejército, del cual obtenían un salario y la posibilidad de hacerse con la propiedad de algunas tierras una vez terminado el servicio.

Los esclavos, pues, fueron la clase social auténticamente generadora de riqueza. Trabajaban en el campo, en las ciudades, en las minas y, aunque no fue lo general, en puestos de la administración.

Esta estratificación social no impedía el que se pudiera pasar de una clase a otra, sea cual fuere, por decisión del Emperador.

Hispania, pues, se ve afectada por esta organización social en la medida de los niveles de su romanización. En general puede decirse que las clases dirigentes, proclives a aceptar los principios culturales romanos, consiguieron fácilmente la ciudadanía y, muy pronto, se integraron en los grupos sociales dominantes en el Imperio. Son ejemplo de ello Séneca, Lucano, Trajano o Adriano.

La procedencia geográfica de los senadores a mediados del s II era, mayoritariamente, de la Bética (sobre todo ciudades del Valle del Guadalquivir), de la costa NE peninsular (Barcino, Tarraco) y de la costa levantina (Sagunto, Valencia). No se encuentra caso alguno de las zonas de la Meseta o más septentrionales.

Los altos cargos militares, una vez terminada su carrera, formaron la clase ecuestre o de los caballeros. No era infrecuente que, tras su formación en Roma, volvieran a sus ciudades de origen a desempeñar funciones de control. Su procedencia peninsular hay que buscarla en los mismos lugares que la de los senadores pero, a diferencia de ellos, sí nos encontramos con casos de procedencia de zonas del interior, incluso del N de la península, lo que demuestra la enorme facilidad de la aristocracia indígena en integrarse dentro de la sociedad romana.

La crisis del s III originó la ruina de una gran parte de oligarcas municipales (en mayor medida decuriones), lo que originó una serie de revueltas ya que la plebe, generalmente improductiva, no tenía quien la sustentase por medio de donaciones. A lo largo del s IV sigue avanzándose en este proceso de descomposición y surge una nueva clase de señores, la de los patronos, que se erigen en grandes propietarios de fincas rurales autosuficientes y que no tienen las obligaciones fiscales de las clásicas ciudades para con la plebe.

La primitiva gran división social, entre libres y esclavos, va siendo superada y cada vez sus límites son un poco más difusos. En tiempo de los Severos, dentro de la categoría de hombres libres, surgen los honestiores y los humillares. A los honestiores pertenecen los senadores, los caballeros y los decuriones; a los humillares, la plebe (tanto rural como urbana).

La tendencia a lo largo de todo el Bajo Imperio es que los humillares se acerquen a la situación de los esclavos que, paralelamente, ven como sube algo su condición jurídica acercándose a los humillares (aparecen leyes que limitaban el derecho de vida o muerte por parte del señor sobre ellos).

La plebe rural fue cayendo con el paso de los años en la situación de colonos, con lo que quedaron unidos a la tierra sin poder abandonarla. Es ésta una nueva condición social a la que se ven abocados también libertos, elementos de la plebe urbana que migra al campo para poder sobrevivir y algunos decuriones en ruina. En la ciudad, algo parecido ocurre con los artesanos, que quedaron unidos a sus oficios. Es una sociedad más rígidamente estratificada en la que las oligarquías municipales y los esclavos (como medio de producción) perdieron importancia en beneficio de los grandes propietarios rurales y los campesinos (en régimen de colonato).

Las relaciones entre los señores, propietarios de las tierras, y los colonos se institucionaliza dentro del marco del patrocinio. Antigua institución romana que permite al señor una relación personal con los colonos y trabajadores de sus fincas, a los que llega incluso a sustraer de las obligaciones que tienen con el Estado , tanto en materia fiscal como de colaboración en el sostenimiento del ejército. El Estado imperial trató de poner freno a esta situación pero ya era demasiado tarde y se originó una forma pre-feudal en la que, si no cabe de hablar de feudal propiamente dicha, es debido a que todavía se mueve todo dentro de las normas de un Estado centralizado basado en las instituciones del Imperio.

Añadir, por último, la importancia creciente que toma el Cristianismo como fuerza social que se establecerá definitivamente en el s IV. El Cristianismo contribuye al derrumbe de los fundamentos ideológicos de la sociedad romana: no desprecia el trabajo manual, exalta la pobreza, se opone a la esclavitud y se niega a aceptar el culto al Emperador (principal causa de las persecuciones que sufrió).

Las primeras comunidades cristianas de las que tenemos noticias aparecen en los núcleos de las grandes ciudades: Mérida, Zaragoza, Tarragona, Barcelona, Valencia, Sevilla, Córdoba.. Es evidente la correspondencia entre los centros de aparición y las regiones que más claramente asimilaron los componentes de la cultura romana. La presencia de núcleos cristianos en ciudades como Astorga ó León se explica por la presencia en ellas de sectores de población de los cuales se nutrió inicialmente el cristianismo como fueron los esclavos (trabajando en las minas de oro) y el ejército.

Una vez finalizado el momento de las persecuciones, y llegado el punto en que Constantino la declara religión oficial del Imperio, los obispos sustituyen, de alguna manera en las ciudades, a las antiguas oligarquías, estableciendo tal nivel de relaciones con el poder central que casi puede hablarse de funcionarios municipales.

 
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