El sistema defensivo de la Castilla primitiva va directamente unido a la ocupación del territorio y dentro del marco de la monarquía asturiana que, en tiempos del monarca Alfonso II, abandona la tradicional política pactista, conservadora, para dar comienzo a otra, más agresiva con el poder islámico. El traslado de la corte asturiana a la ciudad de Oviedo es algo que tiene que ver con lo dicho.
Reino de Asturias en el año 800
La región alavesa, núcleo de la primitiva castilla, se convierte en la avanzadilla oriental del reino asturiano y es zona sometida un mayor castigo por parte del poder islámico. Entre los años 792 y 795 sufre severas devastaciones con la intención principal de poder capturar al propio monarca Alfonso II. Los problemas, de orden interno, por los que atraviesa Córdoba, tras la muerte de Hisham, hacen que en el año 796 cesen de manera notable estas operaciones de castigo, lo que es aprovechado por Alfonso II para contraatacar, sometiendo a la ciudad de Lisboa.
Con Abderramán II en el trono, ya en el año 823, se recrudecen los ataques sobre la región alavesa, pero nuevas tensiones en Al Andalus hacen que el monarca tenga que dejar este objetivo en un segundo plano. Posteriormente, en los años 838 y 850, se tiene constancia de que la primitiva Castilla sufrió serias devastaciones, seguramente, la del año 850, como consecuencia de la participación de Ordoño I en la ayuda prestada a la sublevada Toledo.
Las constantes acometidas por el flanco oriental alavés hacen que el monarca asturiano, Ordoño I, tome conciencia plena de la necesidad de establecer un eficiente sistema defensivo. Tras la importante victoria sobre las tropas musulmanas de Albelda, en el año 859, Ordoño consigue frenar el poder de los Banu Qasi y, establecido un cierto control militar en la zona, se
procede a la repoblación de la comarca de Amaya, extendiendo hacia el sur el territorio de la Castilla primitiva.
Valle de Losa
Valle de Mena
Paso de Pancorbo
Fortaleza de Astúlez
Estas zonas de poblamiento, alejadas del núcleo de poder asturiano, desarrollan un sistema defensivo basado en fortalezas o torres de vigilancia. Del año 800 ya tenemos noticias de una primera línea defensiva que responde a una primera línea repobladora de cierta estabilidad, formada por los puntos correspondientes a Taranco, Aguera y Burceña. Estos núcleos de poblamiento eran protegidos por la fortalezas de Castrobarto y Castrogande y la cadena constituida por los montes de La Peña. Las dos fortalezas ejercen funciones complementarias, garantizando la vigilancia de los territorios situados al Sur y al Este, respectivamente.
Al poco de repoblar la linea de Taranco, Aguera y Burceña, tiene lugar la repoblación de Valpuesta y su contorno, esto en la zona del valle de Valdegovia, hoy en área alavesa. Aquí la vigilancia y control militar de la zona quedaría en manos de las fortalezas de Astúlez y Pontecerci, con funciones similares a las de Castrobarto y Castrogrande.
Sin embargo, la clave para garantizar un control militar, que garantice la repoblación en toda la zona, está en el dominio de la fortaleza de Pancorbo, Extremadura de Castilla tal como se menciona en un documento del año 893. Es recuperada hacia el año 822 pero no será hasta el año 870 hasta que no esté de forma más o menos estable en poder castellano. Es a partir de la segunda mitad del siglo IX cuando tiene lugar un auténtico movimiento repoblador en la zona castellana, y asturiana en general. Se levantan nuevas fortalezas que garantizan una defensa de las colonizaciones efectuadas en la Sierra de Tesla, avanzadilla de una zona, ya consolidada, formada por Losa y Valdegobia.
La consolidación de la repoblación de Amaya hace que en la práctica se alcance la línea de Burgos y, por los años en que se consigue definitivamente el control de Pancorbo (y con ello de los Montes Obarenes), se ocupan las fortalezas de Urbel, Moradillo, Poza de la Sal, Castil de Peones y Oca. En estos momentos la red defensiva parece controlar ya el paso de La Bureba. Si bien este avance hacia el sur no pasa desapercibido en Al Andalus, los emires cordobeses tuvieron que prestar más atención a las sublevaciones internas ocasionadas por los hijos de Musa, en Tudela y Zaragoza.
Las especiales circunstancias por las que atravesaba el reino astur-leonés, más acrecentadas en la región castellana, obligaron a la población a participar de forma muy activa en las tareas militares, debiendo ocuparse en muchísimas ocasiones de la vigilancia y mantenimiento de las torres y fortalezas que se levantaban. Esto se da fundamentalmente en Castilla, en donde la ausencia casi permanente de un ejército asturiano va a ser clave en la aparición de la figura institucional de los jueces que será clave en la futura independencia del condado.
Tres son las convocatorias más frecuentes para un acto de guerra. El apellido como forma de acudir a la defensa de una población específica y el bellum, menos frecuente, como una llamada de guerra abierta frente al Islam. Pero la más frecuente será la anubda o vigilancia desde las torres o fortalezas, el elemento más rentable a la hora de conocer con antelación la marcha o presencia de destacamentos musulmanes sobre la zona.
El equipamiento militar de estas gentes era básico y pobre, dirigido a las necesidades elementales de un soldado de infantería. Parece claro que, en estos momentos, llegado el momento de un combate cuerpo a cuerpo la superioridad de las armas musulmanas era total. Por este motivo era muy frecuente la utilización de estrategias de emboscadas y la excavación de trincheras en la tierra.
Las armas ofensivas más utilizadas fueron el arco, la lanza y la espada. Para la defensa se utilizaba un pequeño escudo circular fabricada a base de cueros y, para proteger la cabeza, en algunas ocasiones, fueron utilizados unos cascos semiesféricos; del mismo modo que, para protección del resto del cuerpo, a veces se utilizaron mallas. Pero esto representaba un coste demasiado elevado, por lo que lo más frecuente eran armas muy primitivas como mazas, hachas, guadañas e, incluso, simples piedras. En estos primeros tiempos la precariedad era tal que no se da uniformidad alguna entre los ejércitos.
El problema de la intendencia quedó resuelto ofreciendo la posibilidad de convalidar la obligación de prestar servicio militar activo mediante la donación de una mula, elemento vital para el transporte de todo el material logístico.
Sabemos por medio del Nuevo Testamento que Santiago, el Mayor, es hijo de Salomé y Zedebeo, que fue pescador en las costas del mar de Galilea (también llamado mar de Tiberíades o lago Genesaret). Santiago pertenece a la tribu de Judá y, junto con su hermano Juan, son reclutados por Jesús al mismo tiempo que los hermanos Simón y Andrés, todos ellos pescadores, formando el grupo inicial de escogidos. Por su carácter impetuoso y explosivo, Santiago es apodado por el Maestro como Boanerges, que significa “hijo del trueno”. Entre los años 42 y 44 Santiago es mandado degollar por Herodes. Muere en la ciudad de Jerusalén, convirtiéndose en uno de los primeros mártires del primitivo cristianismo.
Más de mil años después, en el año 1070, la Crónica de Antealtares nos ofrece la noticia del descubrimiento de la tumba del Apóstol en Santiago de Compostela, descubrimiento que debió de tener lugar entre los años 820 y 830. La fecha dada por parte de la historiografía francesa del 814 es motivada por el interés de hacer coincidir el descubrimiento con el año en que muere Carlomagno, se trata de un arreglo para publicitar su figura.
El cómo Santiago va a parar de Jerusalén a Santiago de Compostela nos lo explica la tradición. De tal manera que, una vez ajusticiado, sus discípulos, Atanasio y Teodoro, trasladan sus restos, en barco, a las costas gallegas, desembarcando en Iria Flavia (actual Padrón). Aquí, sus restos fueron enterrado en un edificio sepulcral preexistente, en donde luego también descansarían los de sus dos discípulos.
Sí parece estar fuera de dudas que esta construcción fue realizada por una reina local indígena, una matrona no cristianizada, llamada Atia Moeta (citada también como reina Lupa o Loba). Se trata de un edificio sepulcral, destinado a ella misma y a algunos familiares, formado por dos plantas, de tal manera que a la cámara se accede por medio de la segunda planta, a través de una escalera interior. Sobre este núcleo inicial fueron construidas más tarde un total de tres iglesias, la última de las cuales, románica, es la que, tras sucesivas modificaciones, ha llegado hasta nuestros días (catedral de Santiago).
Lo cierto es que, a partir del siglo X, comienzan las peregrinaciones a este lugar santo. Hacia el año 1120 Santiago de Compostela alcanza su máximo apogeo, su obispo Gelmírez consigue, en 1124, que el Papa Calixto II otorgue el jubileo y en el año 1126 finaliza la construcción de la catedral románica, tras cincuenta años de duros trabajos. El parentesco de Calixto II con la realeza asturiana-leonesa (es hermano de Raimundo de Borgoña -conde de Galicia- y tío del rey Alfonso VII) facilita mucho los éxitos de gestión del poderoso Gelmírez.
Las sucesivas edificaciones que se van realizando, encima de la cámara sepulcral, van dejando cada vez más inaccesible el lugar. Ya en el año 1105, Gelmírez, decide levantar el altar mayor de la catedral, todavía sin terminar, sobre los restos y esto, parece ser, que con el pretexto de dotar a los mismos de una mayor privacidad y seguridad. Luego, en el siglo XVII, los nuevos gustos hacen que sean vistos como excesivamente pobres los elementos románicos del antiguo altar, construyendo sobre éste otro de distinta fábrica, quedando, desde este momento, los restos allí inhumados del todo inaccesibles.
Hacia el siglo XVI, la peregrinación a Santiago ya había entrado en una profunda crisis, pero en el año 1589 va a ocurrir un hecho que casi consigue que quede olvidada. El 4 de mayo de este mismo año, un año tras el desastre de la Armada Invencible, un fuerte contingente inglés desembarca en el puerto de La Coruña al mando del pirata Drake. La intención es realizar una expedición de castigo que comprende la devastación de la zona, la destrucción de las reliquias de Santiago y atacar Portugal, que entonces forma parte de España bajo la corona de Felipe II. Esta alarmante situación lleva al arzobispo de Santiago, Juan San Clemente, a desenterrar los restos y esconderlos en una zona situada en el ábside de la basílica. La operación fue un total éxito pero el secretismo con que fue realizada ocasiona que, tras la muerte de Juan San Clemente, los restos del Apóstol no estuvieran localizados por nadie. Hay que recordar que San Clemente no sólo temía las ansias destructoras de Drake, la intención de Felipe II de trasladar los restos del Apóstol a El Escorial eran temidos casi igualmente.
Hay que esperar casi 300 años, en 1878, para que, el entonces arzobispo Miguel Payá, encargue unos trabajos de exploración arqueológica al reconocido Antonio López Ferreiro. Tras varias prospecciones sin resultado decide excavar en la zona del ábside, encontrando una urna funeraria, con apariencias de haber sido construida con mucha prisa y con material proveniente del antiguo sepulcro. En el interior de la urna se encuentran restos, en forma de huesos, pertenecientes a los esqueletos de tres personas en distintas fases de la vida y de los tiempos del cristianismo primitivo. Dos de ellos se encontraban en una fase de edad media y uno de ellos en el final biológico de la vida y con síntomas de degollamiento. Una muela atribuida a Santiago, que se encontraba en el relicario de la Catedral, encaja perfectamente en la mandíbula de este esqueleto, al que se observa faltar la apófisis mastoidea, que puede pertenecer a aquella que regaló Gelmírez a la catedral de Pistoya como reliquia del santo. Tras esto, en 1884, la bula Deus Omnipotens, anuncia el hallazgo de los restos del Apóstol y anima a los cristianos a reemprender las peregrinaciones.
Algunos años más tarde, entre 1946 y 1959, Chamoso Lamas, Pons Sorolla y Monseñor Guerra Campos, proceden a dirigir una serie de nuevas excavaciones. Fruto de ellas es el hallazgo de una civitas de época imperial, con una necrópolis paleocristiana y otra sueva. Ahora aparecen los restos de dos tumbas, una de ellas perteneciente a un prohombre llamado Vidramirus, la otra pertenece a Teodomiro, aquel obispo que confirmó el hallazgo tras la revelación del mismo al eremita Pelayo, tal como la tradición había contado. La tumba de Teodomiro presenta una losa granítica de 220 cms de largo por 88 cms en su ancho máximo y 72 cms en el ancho mínimo. Sobre ella está grabada la cruz asturiana junto con el siguiente texto:
“IN HOC TUMULUS REQUIESCIT FAMULUS DEI THEODOMIRUS HIRIENSE SEDIS EPS QUI OBIIT XIII KLDS NBRS ERA DCCCLXXXVA”
Traducción: “En esta tumba reposa el siervo de Dios Teodomiro Obispo de la sede de Iria que murió el 20 de octubre del 847”
Teodomiro era obispo de la sede de Iria, pero trasladó la sede episcopal a Compostela y ello en beneficio de la nueva iglesia santiaguista, mucho más cerca de los postulados de Roma que la antigua sede toledana. Por otro lado, el que la cruz asturiana (ideada por Alfonso II -791-842-), figure inscrita en la lápida muestra el alto grado de identificación que la monarquía astur tuvo con la nueva iglesia de Santiago y es la primera vez que se encuentra este símbolo fuera del entorno astur. Lo que se dio fue una coincidencia de intereses mútuos y entre varias partes.
Por un lado, el interés de los monarcas astures de mantener un signos de identidad claros y que pasaban por el considerarse herederos de la monarquía visigoda, acentuando el papel de Oviedo como la nueva Toledo. Esto obliga a decantarse por el culto santiaguista frente al culto mozárabe de Toledo. Esto interesa a Roma, que apoya la idea, empeñada como estaba en la eliminación del rito hispano en beneficio del romano. Tras 250 años de los hechos del descubrimiento, tanto la Crónica de Antealtares, como el Iriense, la Historia Compostelana o el Tumbo A, anuncian el inicio del culto jacobeo en tiempos de Teodomiro y Alfonso II, dejando claro que existe una hilo de continuidad entre los monarcas astures y la antigua nobleza visigoda.
Conseguido el mutuo reconocimiento, monárquico y religioso, de unos para con otros, había ahora que fabricar un símbolo con la fuerza suficiente para poder enfrentarlo, con garantías, de éxito a su opuesto musulmán, en el que Alá y Mahoma desempañaban un papel de primerísimo orden. Es ahora, a finales del siglo XII y XII, cuando surge la figura de Santiago Matamoros.
La Alta Edad Media española se explica, en buena parte, por la influencia que tuvo el libro del Apocalipsis, último libro de la Biblia escrito por San Juan, de estilo dramático y simbólico. Todo ello ha sido magistralmente explicado por Claudio Sánchez Albornoz.
El Apocalipsis proclama la segunda venida de Cristo para proclamar el triunfo de los cristianos y castigar a sus enemigos. Se trata de unos textos orientados a fomentar la resistencia de los primeros cristianos que sufren las persecuciones del Imperio, pero su contenido se extrapoló a la situación por la que estaban pasando aquellos cristianos españoles de los siglos VIII y IX, en la que el mal (en forma de vendaval musulmán) eran lógica consecuencia de los pecados de los herejes en tiempos de la dominación visigoda.
En este escenario, Beato de Liébana (fallecido en el año 798), recupera una vieja noticia: la predicación de Santiago en España. Esta noticia es tomada del Breviarium Apostolorum, documento latino de finales del siglo VII y que es una traducción de una serie de textos griegos que figuran en los Catálogos bizantinos. En los Catálogos nada se dice de la presencia de Santiago en España, por lo que su inclusión en los latinos debe de entenderse como una interpolación. Como fuere, lo cierto es que Beato hace suya la idea del Breviarium y la potencia mediante la composición (a él se le atribuye) del himno O Dei verbum patris, destinado al monarca asturiano Mauregato (783-788). En él nombra al Apóstol patrón de España.
En España, en estos momentos de la Alta Edad Media, no se cuenta con fuentes documentadas que den noticias sobre la evangelización de sus habitantes. Tampoco se tienen noticias de que a Santiago, pese a formar parte del grupo inicial de elegidos, Jesús le encargase evangelizar territorio conocido. Todo cuadraba: Hispania estaba necesitada de un gran evangelizador y, Santiago, necesitaba evangelizar una gran tierra.
Esta simbiosis había que popularizarla, pues el pueblo no entiende de sutilezas. La figura de Santiago, montado sobre un gran caballo blanco, impartiendo justicia, sí llegaba al pueblo. Es el jinete celestial del Apocalipsis:
“Vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que le montaba es llamado Fiel, Verídico, y con justicia juzga y hace la guerra. Sus ojos son como llamas de fuego, lleva en su cabeza muchas diademas y tiene un nombre escrito que nadie conoce sino El mismo, y viste un manto empapado en sangre, y tiene por nombre Verbo de Dios. Le siguen los ejércitos celestiales sobre caballos blancos, vestidos de lino blanco, puro. De su boca sale una espada aguda para herir con ella a las naciones, y El las regirá con vara de hierro y El pisa el lagar del vino del furor de la cólera de Dios todopoderoso. Tiene sobre su manto y sobre su muslo escrito su nombre: Rey de reyes, Señor de señores" (Apocalipsis 19, 11-16).
A mediados del siglo XIII, los soldados cristianos se lanzan contra el enemigo musulmán al grito de “Santiago y cierra España”, tal como ocurre en las Navas de Tolosa (1212); al grito de “Sancti Yagüe”, como lo hizo el Cid o al grito de “Santiago, Santiago”, en la toma de Granada (1492).
El culto a Santiago se convirtió en una enorme fuerza de cohesión frente al peligro musulmán.
Conviene detenerse, aunque sea de forma superficial, en una serie de elementos fundamentales en la gran ruta jacobea.
Los peregrinos.
Los caminos.
Los hospederos.
Los hospitales.
La tumba de Santiago el Apóstol.
Los peregrinos.
Peregrino debe de entenderse, en términos generales, como aquella persona que viaja por tierras extrañas. En el caso concreto de la peregrinación a Santiago debe de añadirse, además, un componente ascético -de purificación- mediante el cual una persona inicia un viaje con destino a un lugar santo. Este concepto es recogido en Las Partidas de Alfonso X el Sabio “...peregrino tanto quiere decir como hombre extraño, el que va andando a otros lugares de lengua y de extraña tierra...”,
Sin embargo, con ser esto cierto, desde muy pronto la palabra peregrino quedó reservada para aquellas personas que iniciaban el desplazamiento a Santiago de Compostela, para los que acudían a Roma se utilizaba el término de romeros y de palmeros para los que iban a Jerusalén. De este modo quedaron prontamente tipificados los participantes de las tres grandes peregrinaciones de la cristiandad.
De la conveniencia de aplicar apropiadamente el término de peregrino al fenómeno del Camino de Santiago durante la Edad Media lo demuestra el hecho de que Dante, en la Vita Nuova, acota el concepto de la siguiente manera :”...solo se puede entender por peregrino aquel que va o viene de la tumba del Apóstol...”.
Los motivos de la peregrinación entonces, como hoy, fueron de distinta índole:
Búsqueda de la perfección personal, proceso de ascesis en el cual es importante estar en contacto con las reliquias y santos lugares pero lo principal es hallar la paz consigo mismo. Esto es posible tras un Camino de dificultades a lo largo del cual una persona abandona su casa enfrentándose a multitud de problemas (nutrición, salud, hospedaje, seguridad, inclemencias...). Todo ello tendrá sentido con la llegada a la meta establecida.
Búsqueda del milagro que posibilite la curación de una enfermedad o solución de algún problema. Esta peregrinación es al estilo de las que se efectúan hoy días a Lourdes o Fátima.
Búsqueda de objetivos estratégicos de tipo político o militar. Se aprovecha el tirón de una religiosidad efectista, de tal manera que la peregrinación de un rey, obispo o noble era un buen modo de animar a un contingente elevado de población para realizar el viaje.
Búsqueda de aventuras. Tiene mucho que ver con el sentido que hoy día mueve a mucha gente a realizar el Camino. Motivos de aventura y de conocer nuevas tierras y culturas distintas. En la Edad Media, señores de la nobleza y del clero, geógrafos y escritores realizaron la ruta. Fruto de este tipo de peregrinación es el Codex Calixtinus.
Forzadas, con el objetivo de redimir una pena impuesta por la autoridad civil o eclesiástica. Este tipo se da con cierta frecuencia a partir del siglo XII.
Las realizadas por otro, como consecuencia -por ejemplo- del fallecimiento de la persona que debía de realizarla.
Las falsas peregrinaciones. Un nada desdeñable número de individuos poblaban los caminos con la intención de obtener sustento y alojamiento haciéndose pasar por peregrinos. Los caminos eran el medio de su sustento.
Hasta comienzos del siglo XI las tierras más al norte de Castilla-León carecen de una red urbana como tal ya que sólo podemos encontrar algunas ciudades con funciones meramente episcopales. A partir de estos momentos, y en poco más de 100 años, esta situación va a cambiar, dando lugar una serie de ciudades en las que la función militar, o episcopal, no va a ser la consecuencia de su origen o desarrollo. Estas ciudades van a surgir como consecuencia de la vía de peregrinación y se alinean, por tanto, alrededor del Camino, teniendo como foco inicial un monasterio, residencia real o una villa anterior que, ahora, se desarrolla. Es muy frecuente que hagan su aparición al paso de algún rio.
Una de las condiciones que posibilitan la existencia del Camino de Santiago es la del control territorial de esta zona por los poderes cristianos. El avance de la reconquista obliga a una repoblación de extensos territorios y, en este sentido, Alfonso VI de León convierte el Camino en un espacio privilegiado para canalizar el aporte demográfico que proviene, sobre todo, de más allá de las fronteras del reino. La llegada de pobladores francos ocasionará una reactivación de la economía y de la vida urbana. Alfonso VI, en 1072, suprime el impuesto denominado portazgo en Autares, en las mismas puertas de Galicia; crea buena cantidad de puentes entre Logroño y Santiago, mejora la seguridad de los viajeros, crea una tupida red de hospitales y dota de fueros a las poblaciones.
Desde la segunda mitad del siglo XI peregrinos de toda la Europa cristiana vienen hacia estas tierras. Los reyes, la Iglesia y los nobles se esmeran en hacer posible este fenómeno. Se cuidan los caminos, se construyen puentes, se disponen hostales y albergues. Llegado el caso de que el Camino no ofrezca ciudades en que dar acogida al peregrino, se crean. Esta multitud de peregrinos necesita realizar operaciones de cambio de moneda, adquirir ropas, útiles necesarios para continuar el camino y, de esta forma, el comercio es activado. Estas posibilidades de negocio hacen de imán que atrae gentes dedicadas al comercio y estas provienen, fundamentalmente, de más allá de los Pirineos.
Se les denominada genéricamente francos pero, en realidad, su origen es muy variado: lombardos, flamencos, ingleses, borgoñeses, catalanes, provenzales, gascones… Suelen establecerse a las afueras de las poblaciones formando burgos y los monarcas, desde Alfonso VI hasta Alfonso IX, siguen una línea de apoyo a estas comunidades mediante la concesión de las denominadas franquicias, exenciones que en un principio ocasionan desavenencias entre los francos y los antiguos pobladores (muchos de ellos como consecuencia de las migraciones de corto radio), aunque, rápidamente, fueron generalizadas para todos. Los fueros, otorgados a las poblaciones por los monarcas o señores, fueron otro elemento que promovió la repoblación de extensos territorios.
Los francos traen consigo tambien sus devociones: San Martín, San Nicolás, San Saturnino, Santa Catalina, Santa Marina, Santa María Magdalena o San Lázaro. Su presencia contribuye a la aparición y consolidación de la burguesía en las poblaciones del Camino, que acabarán nutriendo lo que será el patriciado urbano.
Puede decirse que, a mediados del siglo XIII, se encuentra finalizado el proceso repoblador en el Camino de Santiago, comenzándose un proceso de pérdida de importancia del mismo a todos los niveles. Entre otras causas que expliquen la decadencia deben de citarse la apertura de la fachada marítima al comercio atlántico, la repoblación sistemática de las zonas costeras atlánticas llevada a cabo por los monarcas o la recuperación de plazas en la Andalucía Bética.
Antes de los siglos IX y X fue imposible intentar siquiera un proyecto de abrir una gran vía de comunicación en el territorio de la Península Ibérica. Razones de tipo militar y político, así como la gran fragmentación del territorio, lo impedían. Hay que tener presente que sólo una gran potencia, como Roma, fue capaz de acometer con éxito tal tipo de empresa.
Así pues, para la apertura del Camino de Santiago fueron necesarias, al menos, estas condiciones:
-El control político y militar de la sub-meseta Norte.
-La difusión de la devoción al Apóstol Santiago por toda la Europa Occidental.
-La preexistencia de cierto número de aldeas y la consiguiente red de caminos locales.
Estos requisitos fueron los que posibilitaron que el Camino de Santiago estuviese abierto entorno al año 1000 y siguiese en crecimiento hasta bien entrado el siglo XIV. Durante este tiempo se generan una serie de ciudades que no tienen su origen en fortificaciones militares, sino que su génesis y/o desarrollo radica en las etapas del peregrinar a Santiago. Este aspecto se manifiesta con más prontitud en la parte oriental del recorrido, desde Roncesvalles hasta Sahagún.
Admitiendo, sin lugar a dudas, un cierto grado de aldeanización del territorio por donde el Camino debía de pasar, lo cierto es que, a lo largo del Camino de Santiago, se originan una serie de iglesias y monasterios junto a los cuales se desarrollan, o surgen de la nada, tres tipos de agrupaciones humanas:
a)Las aldeas o pueblos. Son los núcleos medievales más simples y surgen a lo largo del recorrido, cerca de una iglesia, un hospital o un albergue de peregrinos. Son núcleos con una extensión entre 100 o 200 metros de longitud, en donde se agrupan una serie de casas; constituyen un ejemplo de lo dicho los pueblos de Lebodeiro o Furelos.
Estos pueblos podían tener una serie de parcelas, colindantes al camino, y alineadas al mismo, como es el caso de Rabanal del Camino. Otro tipo sería el formado por parcelas linderas, en franjas perpendiculares al camino. Las casas, que ocupaban una pequeña extensión de la parcela, se levantaban al borde mismo del Camino de Santiago, a lo largo de unos 200 metros.
b)Los burgos o barrios. Estos darán lugar, posteriormente, a las ciudades y son de origen eclesiástico, monástico, señorial o real. Bien de pequeño tamaño, como es el caso de Arzúa, Cacabelos o Molinaseca, en los que se extiende a lo largo de 200 ó 350 metros, con una superficie entorno a las 2,5 hectáreas; o bien de tamaño medio, como consecuencia de la unión de 2 o más burgos (parroquias o barrios), siendo un ejemplo de este tipo Portomarín.
c)Ciudades. Las ya existentes, de origen romano, y que fueron reacondicionadas a partir del siglo IX, como es el caso de León, Astorga o Pamplona, y las desarrolladas sobre la base del sistema defensivo del siglo IX, tal es el caso de Nájera, Los Arcos, Burgos o Castrojeriz.
La ciudad o burgo, casi siempre de plano lineal, acaba siendo separada del campo por medio del cercado o muralla. Las personas, o los distintos productos, pueden transitar a través de las puertas que se abren en ella, siendo su número variable pero, lo más frecuente, es que fuesen de cuatro a siete.
Plano lineal típico de las poblaciones del Camino
Una vez que el Camino penetra dentro de la ciudad, o el burgo, se convierte en la arteria principal, la rúa, a lo largo de la cual se crea el espacio edificado. Este espacio está compuesto principalmente por la iglesia y por una serie de parcelas, de titularidad privada, con una anchura de entre los 3,5 y 6 metros.
Casi todas las ciudades surgidas o desarrolladas como consecuencia del Camino de Santiago, durante los siglos XI y XII, contienen una serie de barrios atribuidos a francos o judíos, pues su presencia fue potenciada por los monarcas cristianos en base a la concesión de privilegios como única manera de atraer o mantener a los pobladores.
En 1095 se concede el fuero a Logroño, pequeña población que se hace importante debido a estar situada en el cruce del río Ebro, estableciéndose en ella una serie de artesanos y comerciantes con el fin de satisfacer las necesidades de los peregrinos. Belorado es fundada en 1116 por Alfonso el Batallador. Castrojeriz recibe en 964 una serie de privilegios y puede ofrecer protección a los peregrinos detrás de sus murallas. Carrión recibe el fuero de Alfonso VI en el año 1086, alcanzando un fuerte desarrollo en el siglo XII y su población tiene un fuerte contingente de extranjeros (francos) y judíos. Sahagún es una de las primeras poblaciones que se desarrollan en torno a un monasterio, Alfonso VI la dota en el año 1085 de fuero con el objeto de fijar a los pobladores que, en gran parte, son de procedencia castellana pero también extranjeros.
Estas ciudades citadas son propias del Camino Francés, otras como Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Burgos, León y Astorga, eran anteriores al Camino pero con él alcanzan un importante desarrollo.