La tumba de Santiago
Románico y Camino de Santiago - Camino de Santiago
Sabemos por medio del Nuevo Testamento que Santiago, el Mayor, es hijo de Salomé y Zedebeo, que fue pescador en las costas del mar de Galilea (también llamado mar de Tiberíades o lago Genesaret). Santiago pertenece a la tribu de Judá y, junto con su hermano Juan, son reclutados por Jesús al mismo tiempo que los hermanos Simón y Andrés, todos ellos pescadores, formando el grupo inicial de escogidos. Por su carácter impetuoso y explosivo, Santiago es apodado por el Maestro como Boanerges, que significa “hijo del trueno”. Entre los años 42 y 44 Santiago es mandado degollar por Herodes. Muere en la ciudad de Jerusalén, convirtiéndose en uno de los primeros mártires del primitivo cristianismo.

Más de mil años después, en el año 1070, la Crónica de Antealtares nos ofrece la noticia del descubrimiento de la tumba del Apóstol en Santiago de Compostela, descubrimiento que debió de tener lugar entre los años 820 y 830. La fecha dada por parte de la historiografía francesa del 814 es motivada por el interés de hacer coincidir el descubrimiento con el año en que muere Carlomagno, se trata de un arreglo para publicitar su figura.

El cómo Santiago va a parar de Jerusalén a Santiago de Compostela nos lo explica la tradición. De tal manera que, una vez ajusticiado, sus discípulos, Atanasio y Teodoro, trasladan sus restos, en barco, a las costas gallegas, desembarcando en Iria Flavia (actual Padrón). Aquí, sus restos fueron enterrado en un edificio sepulcral preexistente, en donde luego también descansarían los de sus dos discípulos.

Sí parece estar fuera de dudas que esta construcción fue realizada por una reina local indígena, una matrona no cristianizada, llamada Atia Moeta (citada también como reina Lupa o Loba). Se trata de un edificio sepulcral, destinado a ella misma y a algunos familiares, formado por dos plantas, de tal manera que a la cámara se accede por medio de la segunda planta, a través de una escalera interior. Sobre este núcleo inicial fueron construidas más tarde un total de tres iglesias, la última de las cuales, románica, es la que, tras sucesivas modificaciones, ha llegado hasta nuestros días (catedral de Santiago).

Lo cierto es que, a partir del siglo X, comienzan las peregrinaciones a este lugar santo. Hacia el año 1120 Santiago de Compostela alcanza su máximo apogeo, su obispo Gelmírez consigue, en 1124, que el Papa Calixto II otorgue el jubileo y en el año 1126 finaliza la construcción de la catedral románica, tras cincuenta años de duros trabajos. El parentesco de Calixto II con la realeza asturiana-leonesa (es hermano de Raimundo de Borgoña -conde de Galicia- y tío del rey Alfonso VII) facilita mucho los éxitos de gestión del poderoso Gelmírez.

Las sucesivas edificaciones que se van realizando, encima de la cámara sepulcral, van dejando cada vez más inaccesible el lugar. Ya en el año 1105, Gelmírez, decide levantar el altar mayor de la catedral, todavía sin terminar, sobre los restos y esto, parece ser, que con el pretexto de dotar a los mismos de una mayor privacidad y seguridad. Luego, en el siglo XVII, los nuevos gustos hacen que sean vistos como excesivamente pobres los elementos románicos del antiguo altar, construyendo sobre éste otro de distinta fábrica, quedando, desde este momento, los restos allí inhumados del todo inaccesibles.

 Hacia el siglo XVI, la peregrinación a Santiago ya había entrado en una profunda crisis, pero en el año 1589 va a ocurrir un hecho que casi consigue que quede olvidada. El 4 de mayo de este mismo año, un año tras el desastre de la Armada Invencible, un fuerte contingente inglés desembarca en el puerto de La Coruña al mando del pirata Drake. La intención es realizar una expedición de castigo que comprende la devastación de la zona, la destrucción de las reliquias de Santiago y atacar Portugal, que entonces forma parte de España bajo la corona de Felipe II. Esta alarmante situación lleva al arzobispo de Santiago, Juan San Clemente, a desenterrar los restos y esconderlos en una zona situada en el ábside de la basílica. La operación fue un total éxito pero el secretismo con que fue realizada ocasiona que, tras la muerte de Juan San Clemente, los restos del Apóstol no estuvieran localizados por nadie. Hay que recordar que San Clemente no sólo temía las ansias destructoras de Drake, la intención de Felipe II de trasladar los restos del Apóstol a El Escorial eran temidos casi igualmente.

Hay que esperar casi 300 años, en 1878, para que, el entonces arzobispo Miguel Payá, encargue unos trabajos de exploración arqueológica al reconocido Antonio López Ferreiro. Tras varias prospecciones sin resultado decide excavar en la zona del ábside, encontrando una urna funeraria, con apariencias de haber sido construida con mucha prisa y con material proveniente del antiguo sepulcro. En el interior de la urna se encuentran restos, en forma de huesos, pertenecientes a los esqueletos de tres personas en distintas fases de la vida y de los tiempos del cristianismo primitivo. Dos de ellos se encontraban en una fase de edad media y uno de ellos en el final biológico de la vida y con síntomas de degollamiento. Una muela atribuida a Santiago, que se encontraba en el relicario de la Catedral, encaja perfectamente en la mandíbula de este esqueleto, al que se observa faltar la apófisis mastoidea, que puede pertenecer a aquella que regaló Gelmírez a la catedral de Pistoya como reliquia del santo. Tras esto, en 1884, la bula Deus Omnipotens, anuncia el hallazgo de los restos del Apóstol y anima a los cristianos a reemprender las peregrinaciones.

Algunos años más tarde, entre 1946 y 1959, Chamoso Lamas, Pons Sorolla y Monseñor Guerra Campos, proceden a dirigir una serie de nuevas excavaciones. Fruto de ellas es el hallazgo de una civitas de época imperial, con una necrópolis paleocristiana y otra sueva. Ahora aparecen los restos de dos tumbas, una de ellas perteneciente a un prohombre llamado Vidramirus, la otra pertenece a Teodomiro, aquel obispo que confirmó el hallazgo tras la revelación del mismo al eremita Pelayo, tal como la tradición había contado. La tumba de Teodomiro presenta una losa granítica de 220 cms de largo por 88 cms en su ancho máximo y 72 cms en el ancho mínimo. Sobre ella está grabada la cruz asturiana junto con el siguiente texto:

IN HOC TUMULUS REQUIESCIT FAMULUS DEI THEODOMIRUS HIRIENSE SEDIS EPS QUI OBIIT XIII KLDS NBRS ERA DCCCLXXXVA

Traducción: “En esta tumba reposa el siervo de Dios Teodomiro Obispo de la sede de Iria que murió el 20 de octubre del 847”

Teodomiro era obispo de la sede de Iria, pero trasladó la sede episcopal a Compostela y ello en beneficio de la nueva iglesia santiaguista, mucho más cerca de los postulados de Roma que la antigua sede toledana. Por otro lado, el que la cruz asturiana (ideada por Alfonso II -791-842-), figure inscrita en la lápida muestra el alto grado de identificación que la monarquía astur tuvo con la nueva iglesia de Santiago y es la primera vez que se encuentra este símbolo fuera del entorno astur. Lo que se dio fue una coincidencia de intereses mútuos y entre varias partes.

Por un lado, el interés de los monarcas astures de mantener un signos de identidad claros y que pasaban por el considerarse herederos de la monarquía visigoda, acentuando el papel de Oviedo como la nueva Toledo. Esto obliga a decantarse por el culto santiaguista frente al culto mozárabe de Toledo. Esto interesa a Roma, que apoya la idea, empeñada como estaba en la eliminación del rito hispano en beneficio del romano. Tras 250 años de los hechos del descubrimiento, tanto la Crónica de Antealtares, como el Iriense, la Historia Compostelana o el Tumbo A, anuncian el inicio del culto jacobeo en tiempos de Teodomiro y Alfonso II, dejando claro que existe una hilo de continuidad entre los monarcas astures y la antigua nobleza visigoda.

Conseguido el mutuo reconocimiento, monárquico y religioso, de unos para con otros, había ahora que fabricar un símbolo con la fuerza suficiente para poder enfrentarlo, con garantías, de éxito a su opuesto musulmán, en el que Alá y Mahoma desempañaban un papel de primerísimo orden. Es ahora, a finales del siglo XII y XII, cuando surge la figura de Santiago Matamoros.

La Alta Edad Media española se explica, en buena parte, por la influencia que tuvo el libro del Apocalipsis, último libro de la Biblia escrito por San Juan, de estilo dramático y simbólico. Todo ello ha sido magistralmente explicado por Claudio Sánchez Albornoz.

El Apocalipsis proclama la segunda venida de Cristo para proclamar el triunfo de los cristianos y castigar a sus enemigos. Se trata de unos textos orientados a fomentar la resistencia de los primeros cristianos que sufren las persecuciones del Imperio, pero su contenido se extrapoló a la situación por la que estaban pasando aquellos cristianos españoles de los siglos VIII y IX, en la que el mal (en forma de vendaval musulmán) eran lógica consecuencia de los pecados de los herejes en tiempos de la dominación visigoda.

En este escenario, Beato de Liébana (fallecido en el año 798), recupera una vieja noticia: la predicación de Santiago en España. Esta noticia es tomada del Breviarium Apostolorum, documento latino de finales del siglo VII y que es una traducción de una serie de textos griegos que figuran en los Catálogos bizantinos. En los Catálogos nada se dice de la presencia de Santiago en España, por lo que su inclusión en los latinos debe de entenderse como una interpolación. Como fuere, lo cierto es que Beato hace suya la idea del Breviarium y la potencia mediante la composición (a él se le atribuye) del himno O Dei verbum patris, destinado al monarca asturiano Mauregato (783-788). En él nombra al Apóstol patrón de España.

En España, en estos momentos de la Alta Edad Media, no se cuenta con fuentes documentadas que den noticias sobre la evangelización de sus habitantes. Tampoco se tienen noticias de que a Santiago, pese a formar parte del grupo inicial de elegidos, Jesús le encargase evangelizar territorio conocido. Todo cuadraba: Hispania estaba necesitada de un gran evangelizador y, Santiago, necesitaba evangelizar una gran tierra.

Esta simbiosis había que popularizarla, pues el pueblo no entiende de sutilezas. La figura de Santiago, montado sobre un gran caballo blanco, impartiendo justicia, sí llegaba al pueblo. Es el jinete celestial del Apocalipsis:

Vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que le montaba es llamado Fiel, Verídico, y con justicia juzga y hace la guerra. Sus ojos son como llamas de fuego, lleva en su cabeza muchas diademas y tiene un nombre escrito que nadie conoce sino El mismo, y viste un manto empapado en sangre, y tiene por nombre Verbo de Dios. Le siguen los ejércitos celestiales sobre caballos blancos, vestidos de lino blanco, puro. De su boca sale una espada aguda para herir con ella a las naciones, y El las regirá con vara de hierro y El pisa el lagar del vino del furor de la cólera de Dios todopoderoso. Tiene sobre su manto y sobre su muslo escrito su nombre: Rey de reyes, Señor de señores" (Apocalipsis 19, 11-16).

A mediados del siglo XIII, los soldados cristianos se lanzan contra el enemigo musulmán al grito de “Santiago y cierra España”, tal como ocurre en las Navas de Tolosa (1212); al grito de “Sancti Yagüe”, como lo hizo el Cid o al grito de “Santiago, Santiago”, en la toma de Granada (1492).

El culto a Santiago se convirtió en una enorme fuerza de cohesión frente al peligro musulmán.